El azul en la flama

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El azul en la flama
David Huerta
Era. México, 2002. 97 págs.

José Gorostiza es uno de esos escritores ensimismados, contemplativos, cuya obra contiene luminosas advertencias e imágenes perfectas. A él va dedicado El azul en la flama. Pero no sólo eso. Huerta no puede negar la cruz de su parroquia. Pareciera que Gorostiza hubiera secuestrado los ejes del libro, sus cimientos, y que desde allí irradiara inspiración inagotable.
El vaso, el agua contenida, el aire y sus esquirlas, la soledad, son lugares a los que Huerta vuelve una y otra vez, con novedad misteriosa. Y si bien es evidente la influencia del poeta tabasqueño, una sangre original y novedosa corre en las páginas del libro.
También aparecen, como nota peculiar de la poesía de Huerta, reflexiones en torno a la gestación de un poema y su proceso.
En una de ellas, el autor confiesa: «El escritor desvía los limos y los dibujos de las palabras. Al fondo del estanque se tejen sílabas de oxígeno húmedo que deberían ser como cristales: burbujas o exclamaciones, lentos signos. El escritor desvía y acumula. Párrafos y períodos, cláusulas que se agitan tenuemente en la encendida intemperie del ojo. El escritor lee. El escritor corrige. En vilo se ha inflamado y ahora se debilita. Vuelve a escribir hasta la extenuación, siempre al borde de abismos diminutos».

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