Optimistas e irreales

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Hace unas semanas volví a escuchar un tópico en labios de una amiga, «soy muy realista, por lo tanto, soy escéptica». Desde hace tiempo (en realidad dos siglos) sabemos que es una actitud moderna, de gente pensante, no estar a gusto con este mundo, con nuestra vida, no confiar en la humanidad. Basta mirar alrededor, por todos lados sufrimiento, hambre, guerras, ¿cómo sentirme alegre, optimista? Sería inapropiado, es como faltar a la solidaridad ante tantas necesidades.
En general, el hombre actual no se gusta a sí mismo, por ello se afana en buscar motivos para fundamentar su malestar. Criticar a la civilización es una corriente cultural muy a la alza que los medios de comunicación y la mayoría de los intelectuales cumplen a conciencia. Pero insisten en subrayar esas cargas morales e ideológicas que llevamos a cuestas: que el hombre es un desastre, que acaba con su hábitat, que ahoga cualquier buena intención, que está siempre en busca de nuevas formas de sometimiento y destrucción
La psicología insiste ahora en algo que el sentido común tenía bien claro: no esperar nada de una persona equivale a cuestionar radicalmente su futuro, ayudar a su hundimiento. Si es tan clara la urgencia de fomentar la autoestima en las personas, ¿por qué no fomentarla en la sociedad? ¿Por qué ese afán de contar sólo lo negro? Ser pesimista, no es algo de poca monta, corta alas y esteriliza.
Dice Carlos Díaz en su libro Repensar las virtudes que no importa si no esperamos nada de la vida, sino si la vida espera algo de nosotros. Está llena de posibilidades, pero hay que buscarlas, de brazos cruzados no las encontraremos. El mundo no viene del caos oscuro y sin sentido, viene de la libertad y del amor y en el hombre está la posibilidad de hacerlo más bello.
La alegría sencilla, natural en la vida, en el arte, en la convivencia, escasea cada vez más; el amor duradero, la entrega, la familia unida son ideales bonitos pero se tachan de ingenuos, irrealizables.
El optimismo del que hablan tres colaboradores en este ejemplar de ISTMO es mucho más importante de lo que parece; no se trata de ingenuidad sino de supervivencia. Con optimismo pretendemos determinar nuestro futuro, sólo intentaremos aquello que proyectamos y todo proyecto es una idea, es irreal. Nos manejamos en la realidad mediante irrealidades. El movimiento inteligente se da gracias a irrealidades que buscamos hacer reales.

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