La economía mexicana. Nadando de muertito de Arturo Damm Arnal

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Ameno y lleno de sentido del humor con tintes económicos, Damm no deja de lado el rigor de la ciencia económica y añade un análisis filosófico de las causas últimas de la economía, con lo que logra una visión amplia y de conjunto tanto de lo político como de lo social.
Escrito para quienes carecen de la habilidad para interpretar gráficas económicas y complejos análisis políticos y sociológicos, el texto constituye un verdadero deleite intelectual y nos ayuda a evitar una depresión emocional sobre el destino fatídico de la economía mexicana. Pues a pesar de crítico, es optimista y propone soluciones sencillas y viables a problemas que podrían parecer un vía crucis económico.
Temas como las reformas estructurales, política industrial, educación, reforma fiscal y capitalismo son tratados con singular facilidad y soltura dada la formación académica del autor, una extraña aleación de filósofo y economista.

1. Reformas estructurales

Según Damm, «El que no se lleven a cabo las reformas estructurales pendientes implica no sólo limitar las posibilidades del progreso económico del país, sino mantener la violación de los derechos fundamentales de los agentes económicos a la libertad de emprender y consumir, y a la propiedad privada sobre los medios de producción, los ingresos y el patrimonio».
Conviene recordar qué reformas estructurales necesita México: energética, fiscal, laboral, educativa y ―tal vez la más importante, pues de ella dependen todas las demás―, la reforma del Estado. El principal problema para llevarlas a cabo es que la Constitución otorga al Estado funciones que legítimamente no le corresponden, por ejemplo ser empresario o educador.
En cuanto al Estado empresario, en el artículo 27 constitucional, párrafo sexto ―en materia de generación, conducción, transformación, distribución y abastecimiento de energía eléctrica―, se prohíbe la concesión a particulares.
Sin embargo, en 1992 se permitió a los particulares participar en la generación de electricidad por medio de esquemas de autoabastecimiento, cogeneración y producción independiente. Por tanto, la reforma eléctrica propuesta por el gobierno federal no busca tanto la apertura del sector eléctrico al capital privado (aunque las inversiones que necesita ese sector constituyen recursos que el gobierno federal no tiene ni tendrá), sino la seguridad jurídica de quienes hoy operan en esos esquemas y han arriesgado su capital en aventuras empresariales.
En cuanto al Estado educador, hay que distinguir entre el hecho de que garantice la educación a que se convierta en educador. Componen el rubro dos sectores principales: la educación básica y la superior. Ambos subsidiados por el gobierno, y según la Constitución, se imparten de manera gratuita (aunque en realidad no lo sea porque siempre acabaremos pagándola los contribuyentes).
Así pues, conviene una reforma que elimine al Estado como educador y garantice la educación básica (preescolar, primaria y secundaria) con subsidios según la demanda, y cambie el subsidio a la educación superior por un esquema de financiamiento que permita al estudiante que carece de recursos estudiar licenciatura, maestría y doctorado. Lo más importante es que la estructura para el control de dicho financiamiento ya existe a través del FIDERH (fideicomiso denominado Fondo para el Desarrollo de Recursos Humanos).

2. Política industrial

Los empresarios mexicanos suelen quejarse de que el gobierno federal carece de una política industrial. Pero hay que distinguir entre la política industrial tradicional y la necesaria. La primera se caracteriza por privilegios, protecciones, subsidios y concesiones monopólicas. La segunda, por una libre empresa sin privilegios, pero también libre para emprender, sin ataduras burocráticas ni muchos y elevados impuestos. Parecería que los empresarios quieren una política industrial tradicional, libre de ataduras burocráticas pero conservando privilegios y subsidios.

3. Sindicalismo correcto

En los años setenta, Peter Drucker profetizaba la caída del sindicalismo, por lo menos como lo conocemos. En México, este ha sido de corte socialista y corporativista y se ha basado en tres creencias principales:
 La empresa es esencialmente enemiga de los trabajadores.
 Los recursos de la empresa son ilimitados.
 Ante los reclamos de la justicia social, la productividad es lo de menos.
El sentido común responde a estas tres creencias: la empresa no es por naturaleza enemiga de los trabajadores, aunque haya casos específicos donde así suceda; dado que la mayor parte de los recursos en la vida son escasos, lo son más aún los de la empresa; y por último, la justicia social no está por encima de la productividad, esta es condición necesaria para la supervivencia de la empresa.
Se necesita un nuevo sindicalismo que reconozca los derechos esenciales de los trabajadores: derecho a un trabajo productivo y a una remuneración justa, pues esta última no es responsabilidad del sindicato, sino del patrón.

4. Reforma fiscal

El principal problema de la política fiscal mexicana no reside exclusivamente en el engendro tributario que año tras año se hace más deforme y complejo. Debemos recordar que las finanzas públicas se componen de recaudación y gasto.
Cuando una entidad presupuesta un déficit, está haciendo una crónica de una muerte anunciada. Una vez que el gobierno se endeuda tiene cuatro opciones: no pagar, renegociar la deuda, rollover de la deuda (por ejemplo, sacar dinero a una tarjeta de crédito para pagar otra), o pagarla mediante los impuestos de los contribuyentes.
Por el lado del gasto, habría que prohibir constitucionalmente el presupuesto de déficit fiscal; y, por el lado de los ingresos, la mayor parte de los países transitan hacia los impuestos al consumo, que son de más fácil recaudación y cálculo.
Si bien afectan más a quienes menos tienen, los impuestos al consumo son mas fáciles de tratar en cuanto a subsidios y exenciones localizadas. Es decir, si consumes pagas.
La reforma fiscal debe tener ocho objetivos: garantizar jurídicamente la propiedad sobre ingresos y patrimonio de los contribuyentes; garantizar un superávit en las finanzas publicas y su utilización íntegra en el pago de la deuda; crear un candado constitucional que prohíba el déficit fiscal; lograr que el gobierno se limite a sus legítimas funciones; crear un impuesto único, homogéneo y universal al consumo; simplificar el cálculo y pago de impuestos; multiplicar el número de contribuyentes; y, por último, eliminar las exenciones fiscales.

5. Libre comercio

El libre comercio constituye una oportunidad para que los mexicanos mejoren y multipliquen sus opciones de consumo. Por ejemplo, los productores nacionales acceden a mejores precios y materias primas que elevan su productividad y competitividad, y exportan sus productos.
Sin embargo, el reto es alcanzar la trilogía de la competitividad: menores costos, mayor calidad y mejor servicio. Pues de manera inmediata se afecta a los consumidores y a los productores, quienes no pudiendo alcanzar la competitividad, ahora reniegan del TLC.

6. Legalidad

Arturo Damm acierta al afirmar que nuestra economía se encuentra en una situación alarmante. En palabras del Secretario de Hacienda, en una entrevista reciente, una gran cantidad de países del mundo han iniciado su recuperación económica… menos México.
Damm cita a Hernando de Soto: «Imagine un país donde nadie puede identificar quién es dueño de qué; las direcciones domiciliarias no pueden ser fácilmente identificadas, la gente no puede ser obligada a pagar sus deudas, los recursos no pueden ser cómodamente convertidos en dinero, la propiedad no puede ser dividida en participaciones, las descripciones de los activos no están estandarizadas y estos no son fáciles de comparar, y donde las reglas que rigen la propiedad varían de barrio en barrio, o incluso de calle en calle» ¿Le suena?
Este párrafo nos invita a una reflexión profunda. ¿No será que por eso estamos como estamos? Porque somos como somos. Las leyes y las instituciones constituyen el entramado estructural que permite que la economía funcione.
El libro de Damm Arnal es una lectura obligada y gratificante para quienes están pendientes del desarrollo de México. En pocas páginas, hace un análisis económico-filosófico digno de seguirse a detalle y, ante todo, de manera amena y con un sentido del humor fino pero incisivo.

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