Triunfador o perdedor, educar para el éxito

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Los hombres de todas las épocas buscan, en mayor o menor medida, con mayor o menor claridad, llevar a buen puerto su existencia: «triunfar en la vida». Dos obstáculos pueden dificultar este objetivo: el fracaso y la frustración. Por eso, el camino hacia la plenitud está sembrado de dolor.
El éxito y el fracaso son siempre relativos. El hombre maduro sabrá dar jerarquía a las cosas y, sobre todo, aceptarse, independientemente de si realizó o no aquello que ha perseguido, porque conoce que la vida es, también, apertura flexible -y sonriente- ante los ideales y ante la vía que nos encamina a ellos.
La plenitud existencial exige también sabiduría: el sendero humano está repleto de limitaciones personales y ajenas; los fracasos y el dolor son vías alternas para edificar el proyecto vital, en ocasiones, las más exigentes y sólidas.

TRI-UMPHUS: OVACIÓN, DESFILE Y CORONACIÓN

¡Qué extraño resultaría que, de pronto, alguno de nuestros lectores un winner ciñera su cabeza con una diadema de hierbas simbólicas: olivo, laurel y, portando una oveja entre sus brazos, se lanzara a recorrer las calles, tratando de suscitar, entre los desconcertados transeúntes, aplausos y vítores de admiración hacia su persona, mientras avanza, con paso solemne, hacia algún templo, dispuesto a descuartizar e incinerar al inocente animalito!
Nadie actúa así en la actualidad, por un mínimo de sentido de la realidad y del ridículo. Sin embargo, en la Roma pagana era habitual que ciertos personajes se sometieran o fueran sometidos a rituales semejantes, llenos de boato y esplendor.
Por ejemplo, la ovatio u ovación, antes que ruidosos aplausos, como la entendemos ahora, consistió en un «rito menor» con el que se honraba a algún ciudadano conspicuo o a un militar, atleta o poeta victorioso con el alto honor de sacrificar, de acuerdo con una antigua tradición, una oveja tierna, inmaculada y sin defecto, como agradecimiento por haber logrado una hazaña exitosa.
Otra ceremonia honorífica era la processio: el desfile glorioso del «ganador» para celebrar su nobleza y sus hazañas. Este prohombre, vestido con toga púrpura esmaltada de estrellas, sobre un carruaje de oro tirado por cuatro caballos blancos enjaezados, recorría las principales calles de la ciudad recibiendo loas, vítores y la admiración de la masa humana. El solemne día era festivo para todo el pueblo, con su asueto correspondiente.
Existía también la coronatio o coronación del «ganador» alma selecta nimbada de gloria con una guirnalda de olivo y laurel, simbolizando el honor y la fama. Estas celebraciones podían llegar a más. Cuando un «ganador» mostraba de manera preeminente sus cualidades y proezas, merecía el «triple reconocimiento» (ovatio, processio y coronatio) que constituía el tri-umphus o triunfo: triple homenaje o «rito mayor».
El Senado y el pueblo romano le otorgaban diversos títulos: héroe, patricio, feliz, hijo de los dioses, ciudadano de prez y pro… Al fin, todo el fastuoso aparato triunfal, ebrio de gloria, vino y cerveza, reposaba en los atrios del templo de Jano Quirino mientras coreaba: ¡Io triumphe! ¡Io triumphe! (Esto es: ¡Hurrah the winner!: ¡Hurra al triunfador!).
Para el homenajeado, las mieles del triunfo significaban gloria, genio, riqueza e influencia, además de medallas, trofeos y monumentos. Su esclarecido nombre era inscrito en el elenco de viris illustribus y quedaba esculpido en innumerables mármoles, columnas, frontispicios y monedas.
La solemnidad, pompa y circunstancia que rodeaban al recorrido triunfal tenía mucho de carnavalesco y más aún de inhumano. Los rivales vencidos (propiamente los losers) formando parte del cortejo como rehenes y cautivos, desfilaban encadenados de pies y manos al cuello; el populacho los insultaba y apedreaba mientras los conducían, a rastras, a la cárcel Mamertina, donde eran ejecutados.
El triunfo era la apoteosis (del griego apo: volver, transformar en; y theos: dios) que concedía al héroe la categoría de dios. Era el éxito (de exitus: acción de salir; salir de lo común, sobresalir;el endiosamiento que convertía al hombre en egregio (de ex: fuera, y grex, gregis: grey, rebaño, reunión) y añadía su nombre al amplio elenco de dioses.
No era raro que la «autoestima» del ilustre se disparara hasta instalarlo fuera y por encima de los simples mortales y así, ubicado entre o por encima de los dioses, el triunfador, harto de saludar, sonreír y soportar las quejas, demandas y miserias de súbditos y aduladores, terminara por odiar a la plebe que lo había encumbrado y vitoreado.
En nuestros días tenemos pruebas abundantes de este paradójico fenómeno. Muchos líderes, artistas, gobernantes, atletas o profesionales «triunfadores», a pesar de su facha sonriente y dulce, y no obstante sus vehementes protestas de amor al «respetable público», al «amado pueblo» o al «cliente que es lo primero y siempre tiene la razón», lo desprecian secretamente.
Ello explica el éxito de programas de radio y televisión, de publicaciones sobre «chismes de famosos» o de reality shows que exhiben, junto a glamorosos éxitos y sofisticados estilos de vida, la intimidad más amarga: secretos vergonzosos, penas dolorosas y escándalos ruinosos de los «triunfadores». Triunfos fincados, con frecuencia, sobre el lema: «¡Que hablen de mí, bien o mal, pero que hablen!» ¡Todo sea por la fama, que es dinero! (Que conste que no juzgo, sólo describo).

EL ENFOQUE INDUSTRIAL DE LA EDUCACIÓN

Las nociones de «éxito», «triunfo» y conceptos afines se han convertido, explícita o implícitamente, en principio, fin y modelo paradigmático de lo que, en amplios sectores, se considera una «buena educación»: «formación para el éxito», «pedagogía del éxito», «cantera de triunfadores»… La humanidad entera parece dividida en dos grupos asimétricos: el pequeño y selecto racimo de los «triunfadores» y la extensa masa de los «perdedores». División maniquea que exige de cada individuo una definición radical: winner or loser; y de las instituciones educativas, transformaciones profundas en sus objetivos, contenidos y métodos.
Abundan textos, cursos y programas que ofrecen una educación que garantiza el éxito en la vida. Sus propuestas entusiasman, motivan y ayudan porque a veces contienen interesantes reflexiones, ingeniosos consejos, técnicas y orientaciones. En muchos casos intentan despertar el afán de superación, inyectar seguridad, abrir horizontes, ampliar la visión… Se multiplican, incluso, nuevas profesiones a este respecto: agente de superación, promotor de triunfadores, convencedor profesional, alentador del éxito, diseñador de imagen, asesor para el éxito, formador de ganadores, expert on couching…
Ofrecen, como en bandeja, «el camino, la clave, la fórmula, los 7 pasos… del éxito». Impelen a «reprogramarse, autosuperarse, autoayudarse, llegar a la cumbre, lograr el triunfo, cambiar de actitud, vivir en lo alto…». Ilustran acerca de cómo «pensar, comer, vestir, caminar, hablar… como un ganador». Motivan «a salir de la mediocridad de una vez y para siempre, a pronunciarse por el triunfo, a no improvisar el éxito, a no temer a ser feliz…».
En este contexto, también llamado «enfoque industrial de la educación», el principio de la eficacia dicta cómo los sistemas educativos deben ordenarse a garantizar avances técnicos. El éxito educativo consiste en obtener del mejor modo, los mejores resultados prácticos, lo más pronto posible. Para evitar tensiones entre los intereses individuales y la exigencia de educar una persona económicamente activa, se ofrecen las mejores oportunidades para que adquiera las «competencias» que le permitan ser considerada un buen trabajador hecho a la medida, favorezcan su éxito profesional y aseguren su felicidad terrena y ¿por qué no? la eterna.
Se trata, en suma, del dominio de la técnica: desarrollo unidireccional del área de los medios y abandono del área de los fines. Es la industria del conocimiento técnico que, por la celeridad de sus procesos, no puede reconocer lo que ha recibido del pasado; impotencia que le impide aprender de él y le tienta a autoerigirse en artífice único del progreso. Lo que irónicamente se ha llamado la «barbarie de la tecnocracia», el «lado sombrío de la técnica» que funciona, se mantiene y avanza gracias al vacío ético que provoca.

EL «PARADIGMA DEL ÉXITO»

La efervescencia por el paradigma del éxito comenzó en ambientes no pedagógicos, pero muy pronto se vieron involucrados en este movimiento casi universal. Paulatinamente la educación se redujo a la enseñanza eficaz de un conjunto de materias que margina la preocupación por los problemas fundamentales del hombre y considera a las humanidades incapaces de responder a las necesidades de nuestra época técnica e industrial. Con ello se cierra el acceso a lo propiamente humano.
Es verdad que las humanidades se relacionan más con los fines de la empresa humana que con los medios, aunque no los desprecian. La técnica, como tal, no habla de los fines del hombre, por lo que puede volverse indiferente a los valores.
En muchos ambientes académicos se intentó desarrollar la llamada pedagogía del éxito, representada por innumerables películas, programas de televisión y artículos de revistas norteamericanas. Actitud que recuerda el paralogismo emblemático de la modernidad: «Quiero ser un triunfador; pienso que soy un triunfador; luego: soy un triunfador». Desde luego, una actitud anhelante y una filosofía entusiasta importan mucho cuando de lograr el éxito se trata, pero no son suficientes para convertir decía Píndaro bellos sueños en palpables realidades.
Para unos, el éxito es como una obsesión, una idolatría, su fin último. Otros lo ven como una tentación frívola, propia de gente ambiciosa y pícara. Mientras tanto, el éxito la figura del triunfador, la imagen del ganador es el modelo paradigmático de cierta pedagogía, porque reproduce lo que reclaman la sociedad tecnocratizada, la industria de la educación y la política economizada.

QUÉ CARACTERIZA AL ÉXITO

El éxito es, como otros conceptos análogos (en parte iguales y en parte distintos: felicidad, triunfo, bienestar, realización, etcétera), sumamente complejo, protéico, fácilmente confundible. Describirlo es como querer armar un rompecabezas del que siempre faltan o sobran piezas, dejando sólo un cierto olor a fracaso.
Produce, también, la sensación de aludir a una trivialidad. El éxito es una realidad prosaica… toda persona lo quiere alcanzar, a nadie le gusta fracasar en lo que intenta. Además, quien más quien menos, tiene en su haber pequeños, medianos o grandes éxitos en lo personal, familiar, académico, profesional, social…, aunque no los divulguen los medios.
A pesar de, o precisamente por ello, una fenomenología del éxito deberá poner de relieve las notas necesarias, si no para definirlo, al menos para caracterizarlo. Oteando la cultura que nos rodea, podemos señalar del éxito:
1. Su universalidad… al menos como deseo. Así como todos los hombres quieren ser felices, igualmente quieren ser triunfadores, exitosos, «ganadores». No parece haber excepción. También, en su acción, busca el éxito el que miente, el que roba, el traficante, el suicida…
Sólo son dignos los deseos que dan lugar a acciones dignas: «¡dime qué deseas y te diré cómo eres!» Parafraseando a Kant, podemos decir que es propio y original del hombre buscar el éxito, sólo que debe también buscar ser digno del éxito.
2. Su practicidad. Desear, ordinariamente, conduce a proyectar: proyecto personal, familiar, académico, profesional, de vida… Pero proyectar no es realizar, falta pasar de la teoría a la práctica. Del éxito podemos afirmar lo que Aristóteles dijo de la felicidad: el éxito, el auténtico, no se debe a un golpe de suerte. Es, más bien, el fruto de ideas ingeniosas, fecundadas por el trabajo, el esfuerzo, el orden, la precisión y la constancia. Buscarlo conmina a no conformarse con lo que se halla casi sin esfuerzo y a no pactar con la mediocridad.
3. Su efectividad. Dicen los que de esto entienden que lo que comunica razón de ser y efectividad a la lucha por lograr el triunfo es, sobre todo, la claridad de los objetivos, la intensidad del esfuerzo y la fortaleza con que se acomete y se resiste. Por esto ha de evaluarse el éxito no sólo por su fin (cualidad de los resultados), también por su principio (eficacia del deseo), por la elección de los medios (acierto en la decisión y en la elección) y por la efectividad de las acciones que lo hicieron posible. Esto querría decir que el propósito de la educación debe ser, primordialmente, que el educando aprenda, más que a tener éxito, a elegir y realizar de la mejor manera sus acciones. Más que ser el objetivo, el éxito es el resultado del bien desear, del bien elegir y del bien actuar.
La madurez humana, en gran parte, depende de la capacidad de asimilar los propios éxitos y fracasos. Bien manejado, el fracaso aceptado, comprendido y superado es fuente de nuevas, más enérgicas, optimistas y efectivas motivaciones.
4. Su positividad. Hasta el «proyecto ético» más light, con la precaria moral que permea la cultura actual, admite que los actos humanos en este caso, los que aspiran al éxito pueden ser, desde el punto de vista moral, positivos o negativos. Distinción importante porque así como hay acciones pequeñas o grandes, duraderas o efímeras, las hay buenas o malas según su rectitud moral.
Oscilaciones posibles porque, aunque el hombre siempre elige un bien, no siempre elige bien. Los actos humanos (en los que intervienen inteligencia y voluntad libre) pueden ser reputados moralmente como buenos o malos. Por lo tanto, el éxito debe medirse por la bondad de la elección, de la acción y de los resultados. El triunfo, más que una conquista técnica, es un mérito ético. De otra forma, más que triunfo, es una traición a la cultura y a la libertad. El bien no se desarrolla en el mal, y el mal no se desarrolla en el bien.
5. Su consistencia. Lo ganado, con el éxito, debe ser, comparativamente hablando, mayor y mejor que lo invertido. Si no, el éxito es sólo aparente, inconsistente, una modalidad del fracaso.
Ateniéndonos a la «cultura» que nos llega a través de los medios, es evidente que existen, también, «éxitos» repentinos, pasajeros y, por ello, inconsistentes: «triunfos» tan efímeros que, al esfumarse, sólo dejan una profunda sensación de fracaso y… una fuerte adicción.
6. Su jerarquización. Tender al éxito es, en definitiva, tender a que la voluntad se satisfaga. Solamente una voluntad libre es capaz de éxito. Querer el éxito es querer un bien; querer los bienes que el éxito trae consigo es querer un conjunto de bienes, todos valiosos y jerarquizables.
Los bienes sensibles o materiales, sin duda importantes y valiosos, crean un cierto «bien estar» que puede y debe ordenarse al «bien ser», de otro modo se vuelven excluyentes.
Los bienes sensibles son medio, no fin. Se ordenan a los bienes espirituales: al saber y a la virtud que, a su vez, conducen al reconocimiento y estimación que estudiaremos como fama y honor: saberse y sentirse digno y respetable ante sí y ante los demás. Todos los bienes materiales y espirituales deben apuntar a la plenitud de vida. No es, pues, prudente ni justo, impugnar los bienes materiales ni el tener material.
7. Su bipolaridad. Los resultados del éxito son bipolares: se dan fuera del sujeto (polo objetivo) y en el sujeto (polo subjetivo), porque: el hombre es el único ser que no puede actuar sin mejorar o empeorar.
No se puede, entonces, considerar el éxito o la acción exitosa como acto humano, sin considerar en qué estado queda el hombre que lo realiza y disfruta. Si el éxito, en cualquier campo, no hace al «triunfador» mejor persona (no sólo más poderoso, rico, famoso, envidiado, sino mejor persona), ese éxito, en su parte sustancial, se frustra, se malogra. Sería, hipócritamente, pretender que parecer bueno es más importante que serlo.
8. Su «quietividad». Pretender el éxito supone movimiento, y el fin de todo movimiento es el reposo, el sosiego, la quietud. Por lo tanto, el éxito debe aquietar, no con la quietud de la inacción, sino de la paz que propicia eso que se llama contemplación, que es sabiduría. Quietud que conduce a la sabiduría práctica o prudencia, que no es mera cautela para anticipar la práctica inteligente, sino para saborear, de la mejor forma, lo justo y lo bello, el bien y la verdad, el trabajo y el descanso, la soledad y la compañía. Saber significa que tiene sabor, que se puede saborear, que es sabroso.
9. Su deliberación. Un acto, para ser considerado acto humano, debe ser deliberado, proceder de una voluntad libre. La posibilidad de conocer el fin, elegir medios y modos de actuación, y de prever las consecuencias, nos hace responsables de él. Se nos puede imputar porque lo hemos querido; llevamos en ello mérito o culpa. El éxito, en cuanto acto humano, debe ser deliberado y, por lo mismo, implica responsabilidad moral.
El «éxito» indeliberado, el que cae repentinamente, sin deseo ni búsqueda deliberada, en realidad no es tal: ganar la lotería, un negocio ventajoso por causa inexplicable, recibir una herencia… Sea todo ello bienvenido, pero no son éxitos.
10. Su trascendencia. Lo más meritorio del éxito consiste en que el triunfador logre colocarse por encima del éxito, poseerlo, no ser poseído por él. El éxito real produce en la persona del triunfador un efecto perfectivo y liberador; lo vuelve generoso, lo libera del estrecho utilitarismo y empapa de alegría su vida toda. Y la alegría, como todo lo bueno, es contagiosa: el bien es de suyo difusivo. La plenitud de vida se prueba en la capacidad de compartir, de administrar generosamente los bienes obtenidos. Es negarse al ego por hacer una afirmación mayor. Es afirmar el amor que desecha el miedo o la desconfianza. Es el éxito que se vuelve amor porque según la precisa definición aristotélica amor es procurar el bien del otro.
Se comprende que no siempre es fácil aceptar estos planteamientos, dada la fuerza centrípeta que actúa en la naturaleza humana: todo lo de fuera hacia mí, que es el camino del egoísmo. Pero, por fortuna, actúa también, en la naturaleza humana, una fuerza centrífuga: de mí hacia fuera, que es el camino del amor. Existen bienes que no se pueden compartir, sólo se pueden repartir, y hay bienes que se pueden compartir porque pueden ser disfrutados simultáneamente por dos o más personas.
La respuesta generosa vacuna al triunfador contra actitudes patológicas de envidia, resentimiento, odio a la vida, no soportar en los demás el éxito o incluso no poder soportar el propio.

NO SÓLO EMITIR RESPUESTAS, TENER PROPUESTAS

El éxito y el fracaso pueden ser algo muy relativo, ser libre ante ellos presupone una aceptación previa de uno mismo, de la situación que nos ha tocado vivir, de la tarea emprendida y de las limitaciones ajenas a nuestra voluntad en que continuamente nos vemos.
Quien se ríe de su fracaso se libera de él, porque deja de tomárselo en serio e incluso lo convierte en algo cómico, mientras continúa adelante, con mayor ímpetu… Lo específico de la vida humana no es sólo emitir respuestas, sino tener propuestas, proyectos vitales, ideales, que nos rescaten de nuestros propios fracasos y nos impidan quedar anegados en el dolor. En suma: coherencia, libertad y madurez, y no quedarse paralizado por el fracaso ayudan a lograr la felicidad.
Parece ser que, desde el punto de vista formativo, tanto el éxito como el fracaso ayudan al triunfador a mantener la cabeza bien metida en el cielo y los pies bien firmes en la tierra. Es decir: le ayudan a ser humilde y, además, discreto. Confucio le diría: «No te creas tan grande que te parezcan los demás pequeños».

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