Se dice que dijo

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El gran problema de algunos medios de comunicación y de sus respectivos proveedores de noticias es que se han transformado en fabricantes de rumores; que han pasado de medios de comunicación a medios de entretenimiento y que, en última instancia, siguen el falaz razonamiento de que en el entretenimiento cabe todo y todo es lúdico. Ahora los payasos dicen noticias, los periodistas se hacen los chistosos y los conductores de los medios electrónicos se vuelven científicos sociales.
Los medios de comunicación estrictamente son voceros encargados de transmitir y acercar la realidad que nos afecta; por naturaleza no sólo comunican, sino que enjuician, deliberan, eligen y contribuyen en la construcción mental de aquellos que conforman su audiencia.
Ciertamente los medios han adquirido un gran poder. Se han vuelto los dueños de la información y de la conciencia social y, para algunas personas, la mayor autoridad crítica sobre toda cuestión de orden nacional e internacional. Su participación política indudablemente se ha acrecentado, sobre todo por su influencia en la opinión pública. Y hasta se han vuelto juez y parte de cualquier suceso que sea de su interés, sin importar si implica a cualquiera de los poderes institucionales, a cualquier organización, incluyendo a empresas, o a personas en lo particular. De alguna manera esos medios han convertido a la sociedad en rehén de sus caprichos tendenciosos, mientras que ofrecen imágenes y palabras que se supone muestran la realidad tal cual es.
De tal suerte que igualmente pueden hacer creer a esa sociedad que la justicia puede ser dirimida con base en sondeos de opinión y que el comentario superficial de conductores de radio y televisión puede estar mejor fundado que cualquier proceso jurídico. Así, de manera irresponsable, desinforman, no investigan, no se apegan a la legalidad y forman criterios epidérmicos.
Algunos de los responsables de los medios de comunicación, bajo una errónea idea de entretenimiento y escándalo, manipulan la verdad informativa y deforman la realidad de manera por demás irresponsable. Permiten que los llamados profesionales de la comunicación comiencen sus notas diciendo «se dice que dijo», cuando su obligación ética y social les reclama investigar la fuente primaria de la información o, por lo menos, una segunda fuente; y, adicionalmente, bajo el supuesto derecho de los periodistas de no estar obligados a revelar sus fuentes, pueden inventar lo que sea y atribuirle a quien sea responsabilidades de actos nunca cometidos, sin importar los daños irreparables que puedan causar al afectado. Es evidente: se olvidan o no quieren recordar que en una democracia todos se hacen responsables de sus actos, incluso los periodistas.
Pero en este proceso desinformativo existen corresponsabilidades. Desde anunciantes hasta la audiencia misma, pasando por todos los responsables de la comunicación e incluyendo a algunos patrocinadores, quienes fomentan la generación de una cultura por demás pobre y lejana de llevar al hombre al bien común. Sin su patrocinio, la supervivencia de los medios es imposible, sin importar si hablamos de medios impresos o electrónicos. El pago por publicidad es determinante para la vida de los medios. Y así como los empresarios pueden presionar para la salida o entrada de un programa, pueden presionar para la correcta dirección informativa.
La responsabilidad social del empresario no se reduce a los accionistas, los empleados, la comunidad cercana o el medio ambiente. También se extiende a todos los ámbitos donde tiene influencia, y uno de ellos es el de los medios de comunicación. De los empresarios depende que los medios no sólo informen, sino que formen positivamente a la sociedad y que divulguen información cuya única tendencia sea generar una cultura de superación y consenso. Porque también los medios son proveedores de educación y porque, después de todo, también esos medios se encargarán en su momento de someter a juicio el actuar empresarial.

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