Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer

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Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer
David Foster Wallace
Random House Mondadori. México, 2004. 153 págs.


Hay algo perturbador y sospechoso en toda situación que pretende excluir un mínimo de incomodidad. Embarcarse siete días en un crucero de lujo por el Caribe, con todos los gastos pagados, puede ser una de esas inciertas experiencias que asfixian nuestra propensión natural a la queja. O todo lo contrario.
Las siete noches que pasó David Foster Wallace a bordo del Zenit (por encargo de la revista Harper’s), dan pie a uno de los ejercicios críticos más lúcidos y desesperadamente divertidos que se han ensayado sobre el engañoso concepto de «satisfacción total».
Con este texto el autor de La broma infinita se consagró como cronista de una generación desesperada, precisamente, por encontrar todas sus necesidades satisfechas hasta el empacho antes de haberlas sentido.
A medio camino entre el ensayo, la autobiografía y la crónica de viaje, Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer es una clara muestra de por qué David Foster Wallace se ha convertido en una figura de culto dentro de la actual narrativa norteamericana. Su peculiar, y no pocas veces incómodo, sentido del humor, aunado a la frescura e irreverencia con que transita por las múltiples formas de la narrativa, consiguen retratar con fidelidad el rostro de esta sociedad que sonríe fatigada porque no le queda otro remedio.

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