Deudas «desaparecidas»

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Soy director financiero de una empresa importante que está en las últimas etapas de su venta a un grupo extranjero. El presidente del Consejo y el director general me ordenaron «desaparecer» de la contabilidad una deuda millonaria de un miembro del Consejo Administrativo y amigo del presidente. Sé que esto es incorrecto desde muchos puntos de vista, sin embargo tuve que acatar la orden, ya que mi empleo peligra y no me puedo dar el lujo de perderlo. ¿Debería comentar este asunto a los nuevos dueños?
Los asesores sugieren:
l. Por supuesto, nadie puede darse el lujo de perder un empleo; pero, ¿sí podemos «darnos el lujo» de perder nuestros principios en ese empleo? La acción fue, en efecto, incorrecta. Asumirla no es un acto de lealtad a la empresa, sino una traición a las propias convicciones éticas. Si el director financiero de una empresa acepta esta clase de acciones, a la hora de las responsabilidades, la suya será la mayor. En la medida de lo posible, habría que hablar con el presidente y el director general y plantearles esto: la responsabilidad es en realidad de ellos. Si la venta de la empresa ya terminó, habría que notificar en efecto a los nuevos dueños. En ese caso la responsabilidad es ineludible.

Felipe Jiménez

Filósofo dedicado a docencia

2. «Tanto peca el que mata a la vaca como el que le amarra la pata». Es un error ético invocar como una justificante el hecho hacer una determinada acción inmoral por mandato de un superior, con peligro de perder el trabajo. Estamos ante un caso de cooperación al mal y quien plantea el caso lo reconoce. En este caso, el punto a resolver es si esta acción claramente incorrecta le obliga ahora a decir la verdad. Mentir consiste en decir algo falso con intención de engañar a otro. La verdad es propia del ser inteligente, porque la racionalidad busca espontáneamente la verdad. Aristóteles señala que «todo hombre, por naturaleza, desea conocer la verdad». La verdad protege al hombre contra vicios que desdicen la dignidad de la persona.
El Director General y el Director Financiero, han incurrido en mentira. Suele distinguirse tres tipos de mentira: la «jocosa», para hacer una broma; «oficiosa», para obtener un beneficio propio o a favor de un tercero; y «dañosa», si mintiendo se persigue hacer daño a alguien. En el caso, aplican las dos últimas, siendo la «dañosa» más grave.
La mentira, en este caso, lesiona la justicia y hay una obligación ética de reparar y por tanto, de informar a los nuevos dueños. El modo concreto exige, sin embargo, prudencia. Habrá que actuar de modo tal que no se siga haciendo daño el proceso requiere una consulta detallada, pero con el presupuesto de que hay una obligación ética de decir la verdad y reparar el daño, aún a costa de perder el empleo. Se puede reponer el trabajo y el ingreso perdido. Es más difícil, en cambio, recuperar la dignidad perdida por la falta de honestidad.

Pablo Riba Gargollo

Abogado y consultor de empresas

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