Los golpes del destino y la paz interior (Million Dollar Baby)

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Clint Eastwood. Director
Clint Eastwood, Hilary Swank, Moean Feeman, entre otros. 132 min. Adultos

En el galardonado film de Clint Eastwood, Los golpes del destino (Million Dollar Baby) muy pronto se insinúa el verdadero tema. La narración no es una nueva versión de Rocky, en femenino; tampoco se trata de una historia de logro personal, a pesar de las adversidades. Maggie Fitzgerald (Hilary Swank) quiere ser campeona de boxeo pero, ¡ya tiene 31 años! La determinación y el punch, de esa talentosa peleadora, los golpes y su empeño en sobresalir a pesar también de tener una familia disfuncional, son en realidad sólo el contexto, o mejor la ocasión.

La historia es la de Frankie Dunn (Clint Eastwood), un veterano personaje, coach de boxeo y dueño de un miserable gimnasio. Un fracasado que a pesar de su innegable talento nunca llega a coronar a sus pugilistas. Resentido con el mundo y distanciado de su familia, asiste habitualmente a misa en su parroquia y espera la salida del padre Horvak (Brian O’Byrne) –al que ya tiene un poco harto– para plantearle complicados temas teológicos.

Quizá le gustaría convencerse de que tiene razón: que creer es absurdo, que la vida no tiene sentido y que todo lo que en la religión le han enseñado son patrañas… Aunque, la verdad, escucha las explicaciones que un tanto impacientemente y quizá sólo con superficialidad le da el P. Horvak, en el fondo ambos saben que lo que Frankie busca –y tanto necesita– no son verdades dogmáticas o clases de catecismo, sino reconciliarse con Dios, y quizá antes con su hija a la que hace años no ve y de la que no tiene noticias.

La película nuevamente nos presenta los temas favoritos de East-wood: envejecer con la conciencia atormentada, la culpa y la necesidad de perdón, la improbable posibilidad de la redención, padres e hijos en conflicto, fracasos y amarguras de una vida realmente cruel. Y como siempre, o al menos habitualmente, con un desconocimiento del profundo sentido del dolor y una actitud al menos de sorna y desdén, tan frecuente últimamente en Hollywood, hacia la Iglesia Católica.

Todos los personajes desearían huir de su pasado: Maggie de su familia cruel y muy disfuncional; Scrap (un magnífico Morgan Freeman), quizá el protagonista más centrado de la historia y que hace de narrador, es un boxeador retirado que terminó abruptamente su carrera y es ahora afanador en el gimnasio con lesiones en la vista y cierta sabiduría en el corazón (el sabio-viejo-hombre-negro que aparece frecuentemente en los filmes como conciencia colectiva suprapersonal); y sobre todo, el nunca más eastwoodense, atormentado, renegado, melancólico y taciturno Frankie (¡que también lee a Yeats!).

La película se la lleva Maggie (Swank), con su determinación, afán de logro, su empeño en ganar y su unilateral e inflexible decisión de que Frankie la entrene. De nada le servirá a este su frase: «Yo no entreno niñas». La película presenta frecuentes combates aunque afortunadamente para el espectador –y con el truco de que Maggie resuelve sus combates en el primer encuentro– se nos ahorran las crueldades de peleas largas y sangrientas. ¿A quien la gustaría ver el rostro de la protagonista deformado así? Pero no se piense que se evita la crudeza del ambiente y entorno del box profesional, con mayor motivo ahora por ser femenino. Otros personajes apenas son delineados: Billie (Lucia Rijker), la villana, ex prostituta, peleadora sucia es sólo un bosquejo, casi una caricatura, «la mala de la película»; Danger (Jay Baruchel), un bueno para nada que pretende ser boxeador y ronda por el gimnasio y pocos más.

Como suele suceder, los protagonistas se necesitan unos a otros, sobre todo Maggie para no «ser basura» y Frankie igualmente para no ser «un perdedor», la anhelada redención salvadora de todos está a punto de alcanzarse con los bien logrados triunfos boxísticos de Maggie y la interesante relación paterno-filial que se desarrolla. Pero… todo termina por colapsarse en una tragedia de graves tintes morales.

El director, desde el mismo lado oscuro que ya usara en el western Los imperdonables (1992), y en el eastern barriobajero bostoniano Río místico (2003), complica la historia y la conduce a una grave disyuntiva moral: ni más ni menos que tratará de justificar el suicido asistido.

Y no tanto, pienso, que se haga una apología de al-go tan desgarrador que se describe con fuerza y como algo que se desearía evitar, sino que se manipulan los sentimientos del espectador, su sensibilidad y simpatía hasta presentar como un «acto heroico de desprendimiento» lo que en realidad es simplemente inaceptable. Por más buenas intenciones que se tengan, el fin sigue sin justificar los medios.

Desde el punto de vista meramente antropológico la aparición trágica del dolor es siempre una invitación a la búsqueda del sentido para el que lo padece y una invitación a la solidaridad para los que le rodean. Acompañamiento en el que la celebración de la alegría de vivir se ha de intensificar. El hecho doloroso es en realidad una tarea: ante el acontecimiento he de rehacer la propia vida. Encontrar algo o alguien por quién se sufre y la razón de la esperanza; un sentido al destino y la paz interior.

La insuficiente teología del padre Horvak –que tanta luz podría haber arrojado– le lleva a profetizar amenazante: «si accedes, te perderás… y tan profundamente que jamás te volverás a encontrar». Pero pedir otro enfoque era quizá, pedir demasiado al autor de esta historia, por otro lado tan bien narrada, que lamentablemente viene a ser un sentimental, emotivo y peligroso instrumento al servicio de la cultura de la muerte. Esperemos que no sea instrumento letal.

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