Amistad vs. amor

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LA FRÁGIL OBJETIVIDAD DEL AMOR

Durante siglos la gente no elegía oficio ni cónyuge. Habrá que ver si ahora que cada quien escoge con quién casarse y a qué dedicarse, somos más felices. A juzgar por el número de personas que se divorcian y que se declaran insatisfechas con su trabajo, lo dudo. Pareciera que soy reaccionario y que pretendo restaurar aquella época en que los padres podían escogerle novio a la hija y trabajo al hijo. Y la verdad es que sí lo soy, sí soy un conservador empedernido, por más aspavientos que hago jugando al progresista. Aunque no soy tan reaccionario como para restaurar los usos y costumbres de antaño. Por más gordo que nos caiga el novio de la hija, me temo que hemos de respetar su libertad.
Estas ideas me vinieron a la cabeza hace unas semanas cuando un amigo me pidió consejo sobre su eventual matrimonio con una chica -guapa y distinguida- a la que conoce hace menos de un año. (Todos los veranos es lo mismo, me hacen la misma pregunta: ¡ah, el amor!) Por supuesto no quise contestarle directamente. Como bien saben mis colegas, soy poco entendido en cuestión de amores. No por casualidad corren rumores sobre mi persona que van desde los desengaños hasta la viudez.
A pesar de mi ignorancia, el paso de los años tratando con universitarios me ha dado cierta experiencia. Los procesos del amor son mucho más estandarizados de lo que piensan los Romeos y Julietas. Por eso, lo primero que le pregunté a mi joven amigo fue: ¿Ya te has peleado con ella?
Así es: uno no debe casarse estando enamorado. El enamoramiento nos impide decidir con un mínimo de frialdad. El enamorado piensa que ella es perfecta, la más hermosa de las mujeres, la del carácter más dulce, la más ingeniosa e inteligente de las hijas de Eva. En Un tranvía llamado deseo, Stella exclama: «¡Oh!, no se puede describir al que se ama». Resulta muy difícil objetivar a la persona amada, pero si no intentamos aproximarnos racionalmente a ella, si no somos capaces de conocerla con verdad, nos sucederá lo que decía Grocuho Marx: «Lo malo del amor es que muchos lo confunden con la gastritis y, cuando se han curado de la indisposición, se encuentran con que se han casado».
El resultado del matrimonio por enamoramiento suele ser el desengaño. Me lo platicaba una señora: «Ay, doctor Zagal, me casé creyendo que él era mi príncipe azul y resultó que era el charro negro».

LA AMISTAD: LA MENOS BIOLÓGICA DE LAS RELACIONES

El amor entre el varón y la mujer es un tipo peculiar de amistad. Un error muy difundido consiste en olvidar que amor, amistad y justicia están emparentados. Para que a largo plazo funcione tanto un matrimonio como una amistad, hace falta la reciprocidad: el quid pro quo. Ciertamente el amor matrimonial no se reduce a un contrato, pero tampoco está exento de cierto carácter contractual.
Cuando la amistad no se constituye sobre la base de la reciprocidad se convierte en otro tipo de amor, amor de benevolencia, amor desinteresado, como el de las madres hacia los hijos, pero no un amor de amistad. Cuando nos entregamos a alguien a través de la amistad, esperamos correspondencia. La justicia se cuela en el amor bajo la exigencia de reciprocidad.
En varias ocasiones me he referido a la teoría aristotélica de la amistad. Pero me gusta insistir, pues me parece que da pistas para evitar que destrocemos nuestra vida en relaciones tortuosas. El éxito de Aristóteles radicó en su minuciosa observación de la condición humana. Lo propio de la amistad es tener algo en común. El filósofo distinguió tres tipos de amistad (philia). Las dos primeras apenas merecen tal nombre: amistad por placer y amistad por utilidad. En la primera los amigos se proporcionan un placer recíproco (sin que tenga necesariamente connotaciones eróticas). Un par de amigos pasan un buen rato juntos, los unen los ratos agradables que comparten, las cervezas, el futbol, el X-Box. La segunda se construye sobre el provecho mutuo, digamos que el amigo le ayuda con la tarea a su compañero, y este lo defiende de los mafiosos del salón. La primera es más propia de los jóvenes; la segunda, de los viejos.
La tercera, «amistad por virtud» suele ser malentendida, se le confunde con relación espiritual, en la que no hay lugar para el placer ni la utilidad. En realidad lo que significa es que se quiere a la otra persona por sus hábitos, por aquellas virtudes morales e intelectuales que configuran su personalidad. Los hábitos definen el carácter sobre la base del temperamento. Ambos se quieren no por sus posesiones, no por lo que les adviene desde fuera -propiedades, salud, belleza- sino por lo que han decidido ser. Mi amigo piensa casarse con su novia porque es alegre, culta, ingeniosa, paciente. Estas cualidades configuran su personalidad y hacen que él se sienta atraído.
Para que esta relación funcione y no se convierta en unilateral, mi amigo ha de estar en condiciones de corresponderle. Su personalidad también debe contar con cualidades que lo hagan atractivo para su novia: trabajador, puntual, fiel, ocurrente. La relación se quebrará en el momento que ella descubra que es un poco haragán, infiel y, para colmo, aburrido. Es decir, en el momento en que la reciprocidad se quiebre.
Hannah Arendt notó que la amistad es tan selectiva como la compasión es igualitaria. Nadie puede obligarnos a ser amigos del otro. Se nos puede exigir compadecernos, incluso hacer algún sacrificio por los demás -el cristianismo va más allá y exige querer al otro como a uno mismo-, pero caridad no equivale a amistad, pues la caridad es un amor gratuito, mientras que la amistad es uno correspondido. El amor de benevolencia es la donación, la entrega al otro sin la esperanza de reciprocidad. Sin duda, una de las expresiones más grandes del corazón humano. No obstante, las relaciones humanas no se pueden construir exclusivamente sobre este tipo de amor. Los seres humanos necesitamos que nos correspondan.
La adolescencia suele ser el momento en el que los seres humanos descubren la hondura de la amistad y el amor de pareja. Es la época del penoso aprendizaje, donde los desengaños forman parte de esa dolorosa didáctica del amor.
Un riesgo de la adolescencia es que el amor de pareja desplace al amor de amistad, como aquellos que viven tan comprometidos con su pareja que descuidan las relaciones de amistad. Al fin y al cabo, como escribió C. S. Lewis, «He dicho que la amistad es el menos biológico de los amores. Tanto el individuo como la comunidad pueden sobrevivir sin ella; pero hay alguna otra cosa, que se confunde a menudo con la amistad, y que la comunidad sí necesita, una cosa que, no siendo amistad, es la matriz de la amistad». El compañerismo es necesario para que funcione la sociedad, pero la amistad, en cambio, es un poco superflua, por así decirlo.
Es decir, los pivotes fisiológicos garantizan que los mecanismos del amor de pareja se pongan en marcha. En cambio, el arte de hacer amigos exige un esfuerzo más profundo. De ordinario nos quedamos con el compañerismo como sucedáneo de la amistad.

EL AMOR: ESE TIRANO, ESE JUEGO DE ESPECIALISTAS

Muy frecuentemente los adolescentes, embebidos en el noviazgo, no aprenden a hacer amigos. Esto tiene un costo más temprano que tarde. Cualquier desarrollo unilateral de afectividad es enfermizo. La ausencia de amigos, paradójicamente, hace el matrimonio vulnerable. Cuando ella o él no tienen más vida que la del hogar y la del trabajo, la pareja se queda sin aire, sin unos espacios de expansión individual. No critico el noviazgo, ¡Dios me libre! Mi punto es que sin amistad, la afectividad queda trunca.
Puedo sonar provocativo, incluso se me podrá acusar de cierto «resentimiento afectivo» («Claro, como Zagal sabe muy poco de amores?»), a pesar del riesgo insistiré en el asunto: el amor de pareja no sustituye a la amistad. Aristóteles, filósofo políticamente incorrecto entre las feministas, pensaba que el «matrimonio» no se elegía plenamente, pues es parte de la condición animal del ser humano. Nuestra condición sexual nos facilita el amor de pareja. En cambio, la amistad posee una complejidad más grande porque su sustento biológico es menor.
De verdad no sé por qué los divorcios se han disparado en los últimos años. Quizá porque ahora es más fácil hacerlo y porque la sociedad lo acepta. Yo aventuro una hipótesis, no excluye las anteriores: nuestros adolescentes no saben hacer amigos y llegan a la vida en pareja con unas relaciones afectivas muy precarias.
Aristóteles, quien si viviera ahora dejaría sin trabajo a muchos psicólogos, se dio cuenta de que el amor conyugal no es la amistad típica, porque varón y mujer no son iguales, sino complementarios, mientras que la amistad es una relación entre iguales. El amor conyugal es, ante todo, donación. En la amistad, en cambio, tenemos «más derecho» a exigir reciprocidad, aún cuando la donación sigue siendo algo importante. El amigo es el otro yo, porque siente como yo, piensa como yo, vive como yo. La paradoja salta a la vista, la pareja es «carne de mi carne, sangre de mi sangre», pero no puede ser otro yo, sino un complemento del yo. El problema es que una persona sin amigos termina sintiéndose insatisfecha, aún cuando tenga una pareja increíble.
Esto se presenta, curiosamente, con más frecuencia en los varones, quienes sólo se relacionan con sus iguales en términos profesionales, que de ordinario son de competencia, y quedan con una vida afectiva reducida a la pareja y a los hijos. Los compañeros de trabajo se perciben como competidores y no como otros yo con quienes compartir.
En suma, vivimos una reacción pendular. Si durante siglos se soslayó el aspecto afectivo en el matrimonio, hasta el punto de que la afectividad se dejó al ámbito de la amistad y de las relaciones paralelas, ahora presenciamos, pienso, una relegación de la amistad a favor de la vida en pareja. Los muchachos comienzan a vivir una vida en pareja desde la adolescencia en detrimento de otras facetas de la afectividad.
La verdad, no soy una persona objetiva en estos asuntos. Probablemente traigo un gen traicionero y calculador en mi sangre. ¿Nunca he hablado de la historia de mi familia? Mis abuelos maternos no tuvieron un noviazgo como hoy se estila. Él, teniente coronel de caballería, llegó con su tropa a Torreón, donde vivía ella. Un día paseaba por la calle en coche, vio a mi abuela, se bajó del carro, la siguió y se presentó. Anduvieron dos meses de novios.
Cuando mi abuelo dejó la ciudad, le dijo a mi abuela María Amelia:
–Te casas conmigo o te llevo a la fuerza y no vuelves ver a tu familia. Ahí está mi tropa. Tú dices…
Mi abuela se lo contó al hermano con quien vivía que hacía las veces de padre. Mi tío abuelo preguntó:
–¿Te gusta?
— Pues, sí…
Y se casaron. En el cuarto de mi abuelo estaba la foto de la boda. Él vestido de militar, muy serio. Ella muy guapa y elegante.

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