El pentagrama del loco

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Un ateo de poca monta, un pobre diablo. Nietzsche no tiene buena prensa y brilla en el horizonte por su ateísmo, su exacerbada fascinación por el hombre y su locura. El asesino de Dios, el exaltador del ser humano, el basilisco muerto por una enfermedad maldita lleva un estigma bajo el abundante mostacho, su propia boca, infamante para a muchos oídos y conciencias.
Pero más allá de diatribas o textos moralmente objetables, Friedrich Nietzsche ha dejado un puñado de más de 70 piezas musicales, compuestas bajo el influjo de una noble pasión que lo llevó a buscar la belleza por todas partes.
Luego de escuchar El Mesías de Händel, recuerda, «me sentí embriagado por completo, comprendí que así debía ser el canto jubiloso de los ángeles… inmediatamente tomé la determinación de componer algo parecido». Nietzsche tenía 10 años.
Antes de adentrarse en el escabroso mundo de la filosofía, recorrió las sendas del pentagrama. De hecho, su obra filosófica sirve para entender su trabajo como compositor. Incluso, por la vía musical nació su amistad más entrañable, la de Richard Wagner, y por el mismo camino se colapsó.
Aunque la música siempre ha rondado los linderos de la filosofía (de Pitágoras a Wittgenstein, pasando por Schopenhauer), Nietzsche es quizá el único que dedicó toda su energía a la primera y no a la segunda.
Se sabe que su padre, el pastor Karl Ludwig -muerto cuando Nietzsche iba a cumplir cinco años- era dueño de una especial habilidad para tocar piano y de otros dones musicales. Definitivamente, el influjo de su recuerdo, la carga genética y la orfandad conjuraron a favor de la música en Nietzsche.
(A pesar de la cortísima convivencia, siempre habló de su padre con un amor vehemente. «Murió a los 36 años -escribe-, era delicado, amable y enfermizo, como un ser destinado a pasar de largo, más una bondadosa evocación de la vida que la vida misma»).
A diferencia de sus escritos, sus composiciones musicales se dejan oír tranquilamente, sin arrebatos. Nietzsche está seguro de que la escritura es imprecisa o que, al menos, su modo de comunicar es lejano. La música no, la música es inmediata, es un lenguaje de los afectos, «un lenguaje capaz de una precisión infinita».
Una anécdota recuperada por George Steiner en Presencias reales, ejemplifica con elocuencia el rigor que Nietzsche sólo encuentra en la música. Luego de un concierto, alguien le pidió a Robert Schumann que explicara qué había querido decir con su interpretación. Schumann, sentado de nuevo al piano, contestó «quise decir esto» y empezó a tocar la misma pieza.
Para el joven profesor de filología en la Universidad de Basilea, la música es el único modo de transmitir, acabadamente, lo humano. «Aquello que en el lenguaje se comprende mejor no es la palabra misma -explica-, sino el tono, la intensidad, la modulación, el ritmo con el cual una serie de palabras son pronunciadas; en suma la música que está detrás de las palabras, las pasiones detrás de la música, la personalidad detrás de esa pasión: o sea todo lo que no puede ser escrito. Por esta razón el escribir tiene tan poca importancia».
Thomas Mann entendió muy bien la calidez que Nietzsche exigió del lenguaje humano. «Que la filosofía -niega el Nobel alemán- no es una fría abstracción, sino una experiencia vital, un sufrimiento, y un sacrificio en aras de la humanidad, eso lo sabía Nietzsche, y de ello dio ejemplo».
A los 13 años, el filósofo escribió, «la música nos habla a menudo más profundamente que las palabras de la poesía, en cuanto que se aferra a las grietas más recónditas del corazón».
Postrado en una villa en Weimar, Nietzsche muere dejando una polémica obra filosófica. Sin embargo, para él, que inspiró a compositores como Orff, Mahler o Strauss, la música era el único idioma verdaderamente humano. Tal vez tenga razón.

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