La responsabilidad social apuesta a una nueva solución

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NOTICIA DE UN VACÍO

En la ciudad de México existen grupos de personas que han hecho de su participación en manifestaciones un modus vivendi. Inicialmente se movilizaron para reivindicar alguna causa propia y en el camino fueron descubriendo las secretas compensaciones de las marchas, y terminaron rentándose para protestar en las calles por casi cualquier causa de tipo social, laboral o política. Literalmente, se dedican a marchar.
Héroes anónimos o plañideras contemporáneas, en la estructura y contenido de sus manifestaciones, que ya forman parte del paisaje urbano, reflejan el gran déficit moral de nuestro tiempo. Las denuncias, exigencias y reivindicaciones (conciencia de los derechos propios) se multiplica exponencialmente, mientras el universo de las propuestas, deberes y responsabilidades más bien brilla por su ausencia.
Este perfil moral deficitario –apuntalado en lo intelectual por las ideologías, en lo psicológico por la fijación tiránica en la infancia1 y en lo moral por el individualismo posesivo– se muestra cada día más como insostenible, al tiempo que cuestiona a un momento histórico cuyos retos rebasan las soluciones tradicionales y a sus actores.
Los retos son globales e inéditos, las soluciones parciales y típicas; los problemas vitales, los remedios racionales e ideológicos.2 Ante problemas complejos, que apelan como nunca antes a la visión interdisciplinaria, respondemos desde la miopía simplista de la sobreespecialización.3
Por primera vez en la historia sabemos que la depredación de nuestro capital social, moral y ecológico puede ser fatal e irreversible. Aunque también sospechamos de nuestra capacidad para trascender la crisis. Intuimos en nuestro tiempo la paradójica posibilidad de fortalecernos desde la fragilidad global.
Esta paradoja a la que Ortega y Gasset identificó con la altura vital de nuestro momento histórico4 apela con urgencia al desarrollo de soluciones creativas y a la conformación de nuevos actores sociales, capaces de implantarlas.
Frente a un gran teatro del mundo en busca de actores y un pobre casting, la sociedad civil se asoma como una joven promesa. Constituye, a decir de pensadores como Habermas5 y Barber,6 una alternativa vigorosa y esperanzadora de muy alto potencial.

NUEVA VOCACIÓN HISTÓRICA DE LA EMPRESA

Pero, ¿tiene la sociedad civil los atributos de compromiso, interconexión y creatividad para estar a la altura de su vocación histórica?
Al tiempo que parece llamada a representar roles tan importantes como la opinión pública, el arte, la creatividad, la vida familiar y a generar capital social (condición de la vida económica y política), la sociedad civil parece atrapada en la paradoja de su propia libertad: en la medida en que se articula para actuar, traiciona la espontaneidad que la constituye. En la libertad encuentra su grandeza y su desgracia.
En la medida en que se conforma una arquitectura mundial inédita, compleja y sorprendente, las empresas –por el rol que juegan en la economía, por su influencia en la vida cotidiana de miles de millones de personas, por la forma en que influyen en la mentalidad y la cultura– se convierten en protagonistas indiscutibles de nuestro tiempo. Debemos preguntarnos sobre el rol que están llamadas a jugar, incluida su posición con relación a la sociedad civil y a la ciudadanía.
¿Está en la vocación empresarial participar de una nueva manera en la construcción de soluciones para los problemas sociales y ecológicos de nuestro tiempo? ¿Debe la empresa asumirse como ciudadana? ¿Debemos considerarla parte de la sociedad civil? Son preguntas que no deben contestarse automática e irreflexivamente.
Más allá de un maniqueísmo que canonice a las empresas o las enjaule en el universo económico tradicional cerrándoles a priori las puertas de lo social, ecológico y lo moral, se antoja reflexionar sobre las nuevas funciones que están llamadas a asumir. Es necesario vacunarnos contra la ingenuidad y alertarnos ante trampas como el uso estratégico de la ética y la filantropía mal entendida, que pueden desviar a las organizaciones de su nueva vocación histórica y en las que pueden caer inconsciente o mañosamente.
Este artículo busca indagar sobre las nuevas expectativas que nuestro tiempo tiene puestas en sus empresas y profundizar en el concepto de ciudadanía corporativa, su desarrollo, pertinencia, características y posibles limitaciones.
Antes, pretendo alertar sobre los límites de dos estrategias clásicas para afrontar los problemas sociales construidas desde paradigmas previos al surgimiento de los conflictos mismos y cuestionadas hoy en su eficacia: la tentación de engrosar el Estado y la de resolver todos los problemas por la vía legislativa.

LA TENTACIÓN DEL ESTADO DE BIENESTAR

La crisis del Estado de bienestar europeo se relaciona con la pretensión histórica de institucionalizar la solidaridad, misma que corrompe su naturaleza en la medida en que se busca institucionalizar. Como la esposa que exige a su marido que le regale flores espontáneamente o el padre que exige a su hijo adolescente que haga sus tareas de buena gana, el Estado que aspira a institucionalizar la solidaridad queda atrapado en una paradoja: en la medida en que fuerza la solidaridad, la debilita. Vulnera los mínimos de libertad y espontaneidad que toda solidaridad supone.
De esta paradoja (a mayor protagonismo estatal orientado a ejercer la solidaridad, menor solidaridad real) no se sigue que el Estado deba poner la solidaridad y el bienestar al libre juego del mercado. No, cuando se cuenta con el potencial de una sociedad civil capaz no sólo de asumir la solidaridad vocacionalmente, sino de romper el dualismo mercado-Estado que tanto simplifica y empobrece nuestra comprensión de lo público y nuestro debate político.
Si, como propone Adela Cortina,7 la crisis del Estado de bienestar sugiere un Estado distinto (el de justicia) capaz de crear nuevas sinergias con la sociedad civil, incluida su expresión económica; si los nuevos actores, insospechados, del gran teatro social parecen tener potencial y vocación para asumir nuevas responsabilidades –sociales, ecológicas– podemos al menos sospechar que nuestro tiempo ofrece a esos jóvenes actores una oportunidad.

LEGISLAR, OTRA TENTACIÓN

Ante cualquier problemática social de cierta relevancia, los herederos morales del juspositivismo reaccionan de manera casi instintiva proponiendo o imaginando leyes. Tienen al contrato por metáfora fundamental de la vida social8 comparten la tentación de transformar la sociedad por las vías legislativa o jurídica y, ante cualquier provocación, amenazan con crear una nueva ley o con exigir el cumplimiento de alguna preexistente.
Su estrategia, aunque necesaria, resulta insuficiente por una serie de razones.9
En primer lugar las leyes, que por definición son reactivas (se legisla necesariamente a toro pasado), muestran hoy más que nunca serios problemas de velocidad. El procedimiento para promulgar leyes que de suyo es lento, se manifiesta más torpe cuando se le contrasta con la dinámica, exponencialmente acelerada, en que en la globalización los problemas sociales nacen, crecen, mutan y se multiplican.
Por otro lado, generar leyes, además de que presupone un costoso aparato legislativo, requiere crear o ampliar las instituciones estatales destinadas a vigilar su cumplimiento o castigar su incumplimiento. Todo esto constituye burocracias onerosas y hasta contraproducentes.10
Además, las leyes sufren de los problemas de abstracción que se derivan de su carácter universal. Su enfoque, forzosamente genérico, las lleva a obviar los matices y particularidades de cada caso, la riqueza y consideraciones específicas de cada dilema, la historia de cada caso, sus circunstancias y por supuesto, el drama personal, el nombre y apellido de sus actores.
Con excepción del derecho y las cortes internacionales, cuyo peso es muy inferior al de las legislaciones nacionales, las leyes se constriñen a territorios delimitados por fronteras geopolíticas (jurisdicciones) a los que los actores del mundo global son insensibles.
De los problemas de las legislaciones locales en un mundo global, de sus vacíos e inconsistencias, se alimentan muchas veces quienes transgreden normas y principios: no sólo las mafias internacionales y el crimen organizado, también corporaciones que construyen en países rezagados o corruptos paraísos ecológicos, fiscales o laborales donde se permiten prácticas que no tolerarían países del primer mundo.
Finalmente, la siempre debatida y conflictiva relación entre lo legal y lo justo –instancias que sólo se confunden en determinadas fases del desarrollo de nuestra conciencia moral–11 reafirma la sospecha de que para resolver exitosamente dilemas de carácter ético, el esfuerzo legislativo, aun en caso de ser necesario, es insuficiente.
Si en otros tiempos se apostó por una solución jurídica a los problemas sociales, la clave que nos permitirá afrontar los actuales es de naturaleza ética, más que jurídica.
Si nuestro momento histórico habla de lo que carece, podemos pensar que revitalizar la ética constituye, a la vez, un síntoma de un tiempo que se sabe enfermo moralmente y una señal de esperanza que intuye que en la moral se encuentran también las soluciones a los dilemas históricos inéditos que nos corresponde resolver.

LA SOCIEDAD CIVIL: JOVEN PROMESA

La experiencia muestra que es mejor acercamos a la realidad desde distintos ángulos. Hacerlo desde dos conceptos contrarios y excluyentes, si bien es necesario en un primer momento del proceso,12 lleva el riesgo de sumergirnos en un daltonismo espiritual que pierde la maravillosa gama cromática que la realidad nos regala y podemos quedar atrapados en la ideología y el dogmatismo.
El concepto de sociedad civil surge como un tercer elemento que viene a romper la disección Estado-mercado que recluyó por años la imaginación sociológica. Nos libera también del daltonismo ideológico y permite soñar alternativas para fortalecer la vida social y la democracia.
La sociedad civil aparece inicialmente como una joven promesa llamada a equilibrar a la sociedad protegiéndola de los excesos del poder político y de las fuerzas del mercado.
Tal visión genera un nuevo paradigma, no exento de ideología, que vuelve a esclerotizar la visión del fenómeno social. Ocurre cuando se asocia a cada sector con una función social determinada, al grado de otorgarle el monopolio de la misma y se acentúa en la conciencia colectiva. Cuando se enjaula a cada sector en una connotación moral determinada: al Estado y al mercado negativamente (en el mejor de los casos se les considera un mal necesario;y a la sociedad civil, en la medida en que atiende a los desatendidos por los dos primeros, una positiva. Son finalmente los buenos de la historia.
Para Adela Cortina esta solución es inaceptable: «La distinción entre la esfera privada y pública y la adscripción de la primera al mundo empresarial y de la segunda al Estado es una artimaña ideológica para eludir responsabilidades. Si queremos enfrentarnos a la realidad social tal y como es, sin deformaciones ideológicas, queda patente que la sociedad civil tiene con sus actuaciones también repercusiones públicas y es también capaz de universalidad».13
Considerar que las empresas están llamadas a asumir tareas en lo ecológico y lo social, pensar que pueden enriquecer el capital social del que se nutren e incluso reconocerse como parte de la sociedad civil es una propuesta osada que parte por supuesto de un paradigma posterior a Habermas y a Barber.
Domingo García Marzá define a la sociedad civil como un «ámbito de interacciones estructurado en torno a una red de asociaciones y organizaciones que, dentro del orden jurídico, son posibles gracias al libre acuerdo de todos los participantes, con el fin de alcanzar conjuntamente la satisfacción de determinados intereses y la resolución consensual de posibles conflictos de acción».14
¿UNA MEMBRESÍA EN LA SOCIEDAD CIVIL?
Más que «someter» a la empresa a esta definición para juzgar si «cabe» o no en ella (y si merece la membresía en la sociedad civil), propongo extraer pistas que permitan a las empresas orientar su esfuerzo para atender la llamada de su tiempo. Más que convocar a un juicio, podemos considerar su incursión en la sociedad civil y en la categoría de ciudadanía, como una vocación.
La sociedad civil, más que un sujeto colectivo, es un ámbito de interacciones cuya complejidad crece exponencialmente e invita a sus organizaciones a conectarse con un número creciente de actores sociales.
Por años explicamos la inserción de las empresas a la sociedad desde un modelo de conectividad serial que dispone de una sola salida: sus clientes y una única entrada: sus proveedores. Este paradigma lineal –sobre el que se monta por ejemplo el modelo de Calidad Total– espera que las empresas agreguen valor al insumo que reciben de sus proveedores en función de las necesidades de sus clientes y las invita a conocer y hacer eficientes los procesos.
La conexión con las demás instancias sociales (las comunidades locales, por ejemplo) está mediada por el Gobierno, una tercera instancia con la que se relaciona la organización que en el fondo se concibe como un mal necesario del que se reciben ordenamientos legales y al que se alimenta por la vía fiscal, otro mal necesario.
El llamado a pertenecer a la sociedad civil supone en primer lugar sustituir este modelo de conectividad por el de una red inteligente neuronal que pide a los sujetos sociales (en este caso a las empresas) desarrollar sinapsis (conexión directa) con un mayor número de actores sociales: organizaciones solidarias, competidores, comunidades y todo tipo de agrupaciones sociales.
El reto fundamental que este modelo impone a las empresas es establecer relaciones de mutuo beneficio, comunicación respetuosa y largo plazo con cada nuevo interlocutor, que terminan por sumarse a la lista de «derechohabientes» tradicionales de la empresa: accionistas, personal, clientes y proveedores.15
Un segundo aspecto de nuestra definición de sociedad civil, que destaca el propio García Marzá, se refiere a la libertad de asociación; «la aceptación libre y voluntaria dentro de las limitaciones de cualquier ámbito de la praxis social constituye su esencia».16
Para las empresas, este segundo elemento de análisis deriva en una exigencia especial que adquiere diferentes matices de acuerdo con diversos grupos de interés.
Con relación a los clientes supone en primer lugar un entorno real de competencia que combata las prácticas monopólicas u oligopólicas y procure condiciones competitivas justas que redunden en opciones reales para los clientes. Aunque el Estado juega un papel indispensable en este sentido, tanto en su carácter de legislador como de árbitro, corresponde a las empresas imponerse prácticas claras explícitas de competencia leal. Incluir a sus competidores como stakeholders puede considerarse ya una tendencia que, en la medida en que abre alternativas a los clientes, impacta positivamente en sus intereses.17
Dicho de otra manera, si la dimensión económica puede en términos generales inscribirse en la sociedad civil,18 la manera como la expresa un monopolio frente a sus consumidores es muy diferente a la de una organización que respeta la sana competencia.
Este punto invita además al ejercicio de prácticas de comunicación honestas, incluidas las relativas a la publicidad y al marketing, capaces de «compatibilizar la veracidad respecto a los productos con el arte de respetar y promover el deseo hacia los mismos».19 A mayor información y comunicación honesta sobre los beneficios y limitaciones de un producto, mayor libertad del consumidor y, por consecuencia, mayor expresión de un estilo asociativo cercano al que caracteriza a la sociedad civil.
En lo que se refiere al personal de las empresas, el principio de libertad supone desarrollar y practicar políticas de empleo incluyentes y evitar cualquier práctica discriminatoria. El Pacto Mundial20 ofrece a las organizaciones empresariales no sólo lineamientos claros en este sentido sino, sobre todo, acceso a prácticas aplicadas con éxito en todo el mundo.
La libertad de los proveedores mueve también a las empresas que buscan atender el llamado a ser sociedad civil; las reta a establecer relaciones ganar-ganar con cada uno, a revisar posibles conflictos de interés y eliminar cualquier práctica discrecional, abusiva, discriminatoria o corrupta.
Finalmente, el principio de libre asociación, esencial en la constitución de la sociedad civil, supone con relación a los accionistas, especialmente los minoritarios, aplicar las prácticas de buen gobierno corporativo diseñadas entre otros motivos para proteger sus intereses de posibles abusos por parte de las mayorías en consejos de administración.

CIUDADANÍA CORPORATIVA

El concepto de ciudadanía corporativa se enmarca por una parte en el ensanchamiento cualitativo de la acción empresarial descrita y, por otra, constituye un apéndice de uno de los debates más relevantes de nuestro tiempo: el que se libra en torno al concepto de ciudadanía.21
Partiendo de la idea de que la empresa es un grupo humano que se propone satisfacer necesidades humanas con calidad, las empresas que ejercen su ciudadanía no sólo se orientan a generar bienes tangibles e inmediatos, que se reflejan en sus estados financieros, sino también asumen responsabilidades en ámbitos mediatos, como el social y el ecológico, en los que se sustenta su actividad primaria. Si la actividad económica se sostiene en el capital social, ecológico y moral,22 las empresas que ejercen su ciudadanía, lejos de establecer una relación depredadora, se relacionan de manera sustentable con el medio y no excluyen de sus portafolios financieros las inversiones en capital social.
Más que en el orden jurídico, se habla de la ciudadanía corporativa en el marco de una reflexión ética que permite hablar, por analogía, de la empresa como sujeto moral. Las organizaciones que ejercen la ciudadanía corporativa no amplían ni se eximen de sus obligaciones legales, buscan la manera responsable de atender el llamado de su sociedad y de su tiempo.
En palabras de Adela Cortina: «una empresa ciudadana es la que en su actuación asume estas responsabilidades como cosa propia, y no se desentiende del entono social o ecológico, limitándose a buscar el máximo beneficio material posible».23
Esta tesis se opone claramente a una línea de pensamiento, asociada al Nobel neoyorkino Milton Friedman,24 quien sostenía en 1970 que la acción de las empresas, si está bien regulada por los lineamientos de orden jurídico, debe limitarse a lo económico y que es allí (en un óptimo desempeño económico) donde se encuentra su aportación a lo social. La propuesta de Adela Cortina se suma a una corriente de pensamiento creciente que sostiene que para que la organización interactúe sanamente con las nuevas demandas del entorno social cambiante, debe trascender ese marco tradicional.
Paul Capriotti distingue una «evolución paulatina» de esta línea de pensamiento en los últimos cincuenta años en los que el concepto inicial de RSE se va ampliando para dar paso hacia los años 80 y 90 al de Corporate Social Performance (CSP) y finalmente desembocar en el de Ciudadanía Corporativa (CC)25 en años recientes.
Capriotti logra un excelente rastreo de esta corriente en el contexto norteamericano y se puede afirmar que, dado el carácter teórico-práctico en que ocurre dicha evolución, los tres conceptos referidos si bien no son reductibles (no significan lo mismo), tampoco son del todo excluyentes.
No podemos afirmar, por ejemplo, que las empresas que engloban el concepto de RSE y se esfuerzan por responder a su vocación social e histórica se paran en un enfoque obsoleto. A mi juicio es claro que el alcance de dichos conceptos, como una onda que se expande, es cada vez mayor.
Así, por ejemplo, no es raro que empresas que en otro tiempo pensaban que su contribución al medio ambiente se limitaba a cumplir al detalle la normatividad ambiental y a pagar impuestos, hayan desarrollado fórmulas diversas e innovadoras para mejorar el medio ambiente que van más allá de lo estrictamente legal.
Es posible rastrear un proceso análogo del que han surgido paulatinamente conceptos como capital social, capital moral o capital-simpatía.

NO SÓLO RESULTADOS ECONÓMICOS

Las organizaciones empresariales y académicas dan fe de una sociedad creciente y (neuronalmente) conectada en la que consumidores cada vez más conscientes de los dilemas, deficiencias y demandas morales de su tiempo (con un nivel de conciencia ética posconvencional) exigen empresas capaces de asumir su responsabilidad histórica y castigan a las que desgastan los bienes intangibles en los que se cimienta la vida económica.
Finalmente vale la pena dar cuenta de la singular manera en que esta tendencia (RSE, CSP, CC) se encuentra con la ética empresarial en su desarrollo histórico. So pena de simplificar en exceso, podemos afirmar que mientras el desarrollo de la ética empresarial se va dando «de adentro hacia fuera» del círculo empresarial, la ciudadanía corporativa, que inicialmente se plantea como relación de la empresa con su entorno externo, termina descubriendo repercusiones –necesarias, fundamentales– en el interior de la empresa.
Para Adela Cortina, las principales exigencias internas de las empresas ciudadanas26 son: desarrollar una cultura organizacional que transforme el ejercicio del poder (que transite del uso exclusivo de la jerarquía a la corresponsabilidad) y establecer relaciones laborales de mutuo beneficio.
Por su parte José Félix Lozano Aguilar muestra que los códigos de ética empresarial transitan en su evolución de considerar las necesidades y derechos de los accionistas (códigos de primera y segunda generación), a considerar los intereses de colaboradores, clientes y proveedores (códigos de tercera generación), para finalmente atender las necesidades medioambientales y sociales de las comunidades específicas en que operan (cuarta generación) y referir las implicaciones de la globalización en materia ecológica y de derechos humanos (códigos de quinta generación).27
En un esfuerzo paralelo, Ramón Ibarra rastrea el desarrollo de códigos de ética en empresas mexicanas y estadounidenses28 y refleja esta misma tendencia. La empresa poco a poco se asoma y compromete más con instancias sociales que antes pensaba que debía tocar sólo por la mediación del Estado.
Vale la pena referir en un preo- cupante paréntesis que, cuando se mira el estado de la cuestión en México hacia el año 1999, se descubre que los temas que las empresas mexicanas tratan en sus códigos de ética reflejan mucho más sus intereses internos (especialmente de sus accionistas) que aquellos que trascienden al primer círculo empresarial. Así, por ejemplo, 31% de las empresas que cuentan con códigos de ética tratan el tema del manejo de información confidencial y 30% el del cumplimiento de la ley, 10% refieren el tema de discriminación pero sólo un penoso 3% los temas relativos al medio ambiente.29
Volviendo al tema, podemos reconocer que la complementariedad de tendencias (como desarrollar códigos de ética) que van «de adentro hacia fuera», con aquellas que, como la ciudadanía corporativa, evolucionan «centrípetamente» da finalmente cuenta de una misma tendencia: la de organizaciones capaces de dar resultados no sólo desde el punto de vista económico para responder a las expectativas de sus accionistas, sino también desde el punto de vista ecológico, social y ético, con el fin de responder al resto de sus stakeholders: colaboradores, clientes, proveedores, comunidades, competidores, distribuidores, sociedad y medio ambiente.

NO LA CEREZA, SINO LA HARINA DEL PASTEL

Podemos pensar a la ciudadanía corporativa como un concepto de orden moral, no jurídico, que engloba las prácticas de las empresas al llamado de un entorno moralmente deficitario en el que la sociedad civil está llamada a atender directa y creativamente demandas históricas inéditas, como las ecológicas, sin perder la libertad y espontaneidad que le son esenciales.
El concepto de ciudadanía corporativa, ligado al de ciudadanía económica y al de sociedad civil, ofrece a la preocupación de las empresas por el entorno social una nueva perspectiva. Puede considerarse una cuarta generación de esta tendencia que supera:
1. La propuesta de Friedman para quien el impacto social de las empresas se reduce a obtener ganancias que, en su caso, se revierten a la sociedad por la vía fiscal trianguladas necesariamente por el Estado.
2. La visión tradicional de la filantropía según la cual la apuesta por lo social es algo externo a la dinámica empresarial, que se incrementa en etapas de bonanza económica y se puede fácilmente utilizar de manera estratégica y cosmética.
3. La noción inicial de empresa socialmente responsable (ESR) y la de Corporate Social Performance (CSP) que, aunque apuntan en este mismo sentido, afinan y mejoran día con día (desarrollando tecnología y compartiendo prácticas de éxito) su impacto social y ecológico.
La ciudadanía corporativa puede asociarse con la vocación de las empresas para formar parte de la sociedad civil y resumirse en el establecimiento de vínculos ganar-ganar con todos sus grupos de interés y en el de una relación sustentable con el capital moral, social y ecológico que, finalmente, se reconoce como cimiento de la acción económica (inherente a la misma) y no como un elemento externo.
Cuando reconocemos que la dimensión social no es la cereza, sino la harina del pastel empresarial (o mejor, el molde en que se hornea) reconocemos la necesidad de innovación en la relación empresa, sociedad y medio ambiente.
Si además consideramos el déficit moral de nuestros días, la urgencia y magnitud de nuestros problemas y las posibilidades de aportación de la empresa contemporánea no podemos menos que imaginar formas de conexión y colaboración que, al igual que el pedazo de la historia que nos toca transitar, sean inéditas.

BRUCKNER, PASCAL. La tentación de la inocencia. Anagrama, Barcelona, 1996.

ORTEGA Y GASSET, JOSÉ. El tema de nuestro tiempo. Tecnos, Madrid, 2002. p. 232.
MORIN, EDGAR. La mente bien ordenada. Editorial Seix Barral, Barcelona, 2000. p. 14.
ORTEGA Y GASSET, JOSÉ. La rebelión de las masas. Tecnos, Madrid, 2003. p. 145.
Cfr. HABERMAS, JÜRGER. La inclusión del otro. Estudios de teoría política. Paidós, Buenos Aires, 1999.
Cfr. BARBER, BENJAMIN. Un lugar para todos. Paidós, Buenos Aires, 2000.
Idem. p.65.
CORTINA, ADELA. Alianza y contrato. Trotta, Madrid, 2001.
Cuatro de ellas han sido destacadas por ADELA CORTINA en Ética de la empresa, Trotta, Madrid, 2003.
Cfr. FUKUYAMA, FRANCIS. Trust, the Social Virtues and the Creation of Prosperity. Free Press, New York, 1995.
KOHLBERG LAWRENCE. Psicología del desarrollo moral. Desclée, Brouwer Bilbao, 1992
El número dos representa la posibilidad de establecer diferencias y de marcar fronteras, la de distinguir y, por lo tanto, la de razonar. Nuestros maestros nos enseñaron a pensar desde categorías que normalmente constituían pares dicotómicos: sustancia y accidentes, potencia y acto, esencia y existencia, materia y espíritu; el hacer y el actuar, lo temporal y lo eterno, lo bello y lo sublime. Cfr. GARZA CUÉLLAR, EDUARDO. «Uno, dos tres: reflexiones en torno a la recta numérica». Este País, 183, p. 20
CORTINA, ADELA. Ciudadanos del mundo, Alianza Editorial, Madrid, 2003. p. 103. Confrontar de la misma autora. Ética aplicada y democracia radical, Tecnos, Madrid, 2001. cap. 9 y parte III.
GARCÍA MARZÁ, DOMINGO. Ética empresarial del diálogo a la confianza, Trotta, Madrid, 2004.
Cfr. Idem.
Idem. p. 44.
Cfr. LOZANO AGUILAR, JOSÉ FÉLIX. Códigos éticos para el mundo empresarial. Trotta, Madrid, 2004.
Tal es la propuesta que, frente a Habermas, propone Adela Cortina defendida entre otros lugares en el artículo «Sociedad civil en: Diez palabras en filosofía política». Verbo Divino, Navarra, 1998. p. 379.
Tal expresión, plasmada en el documento «Nuestro compromiso ético», de Volkswagen de México es resultado de la reflexión y el diálogo entre diversos actores de la organización (mercadólogos, directores, representantes sindicales, abogados) realizado en 2005.
Pacto Mundial, http://www.unglobalcompact.org/
El estado de la cuestión de dicho debate está referido en sus dimensiones política, social, económica, civil e intercultural en: CORTINA, ADELA. Ciudadanos del mundo. Alianza Editorial, Madrid, 2003.
Este concepto modifica nuestra visión de la economía tradicionalmente concebida como actividad autónoma, ubicada en la base de la pirámide social; hoy sabemos que, aún considerándola el basamento, está necesariamente sostenida en un cimiento de gratuidad, confianza y buena voluntad que es justo el citado capital. Cfr. GARCÍA MARZÁ, DOMINGO. Ética empresarial del diálogo a la confianza, Trotta, Madrid, 2004.
Op. cit., Ciudadanos del mundo, 105
FRIEDMAN, MILTON. «The social responsibility of business is to increase its profits». The New York Times Magazine 33, pp. 122-126.
Cfr. CAPRIOTTI, PAUL. «Concepción e importancia actual de la Ciudadanía Corporativa», Razón y Palabra, N° 53. Octubre-noviembre 2006. www.razonypalabra.org.mx/anteriores/n53/pcapriotti.html#au
Op. Cit., Ciudadanos del mundo. pp. 105-107.
Op. Cit., Códigos éticos para el mundo empresarial, pp. 69-70.
IBARRA RAMOS, RAMÓN. Código de ética, Trillas, México, 2002.
El estudio realizado por el IPADE y la revista Mundo Ejecutivo está referido en el propio Ramón Ibarra en la obra citada.
MEMBRESíA EN LA SOCIEDAD CIVIL
Más que «someter» a la empresa a esta definición para juzgar si «cabe» o no en ella (y si merece la membresía en la sociedad civil), propongo extraer pistas que permitan a las empresas orientar su esfuerzo para atender la llamada de su tiempo. Más que convocar a un juicio, podemos considerar su incursión en la sociedad civil y en la categoría de ciudadanía, como una vocación. La sociedad civil, más que un sujeto colectivo, es un ámbito de interacciones cuya complejidad crece exponencialmente e invita a sus organizaciones a conectarse con un número creciente de actores sociales. Por años explicamos la inserción de las empresas a la sociedad desde un modelo de conectividad serial que dispone de una sola salida: sus clientes y una única entrada: sus proveedores. Este paradigma lineal –sobre el que se monta por ejemplo el modelo de Calidad Total– espera que las empresas agreguen valor al insumo que reciben de sus proveedores en función de las necesidades de sus clientes y las invita a conocer y hacer eficientes los procesos. La conexión con las demás instancias sociales (las comunidades locales, por ejemplo) está mediada por el Gobierno, una tercera instancia con la que se relaciona la organización que en el fondo se concibe como un mal necesario del que se reciben ordenamientos legales y al que se alimenta por la vía fiscal, otro mal necesario.
El llamado a pertenecer a la sociedad civil supone en primer lugar sustituir este modelo de conectividad por el de una red inteligente neuronal que pide a los sujetos sociales (en este caso a las empresas) desarrollar sinapsis (conexión directa) con un mayor número de actores sociales: organizaciones solidarias, competidores, comunidades y todo tipo de agrupaciones sociales. El reto fundamental que este modelo impone a las empresas es establecer relaciones de mutuo beneficio, comunicación respetuosa y largo plazo con cada nuevo interlocutor, que terminan por sumarse a la lista de «derechohabientes» tradicionales de la empresa: accionistas, personal, clientes y proveedores.15 Un segundo aspecto de nuestra definición de sociedad civil, que destaca el propio García Marzá, se refiere a la libertad de asociación; «la aceptación libre y voluntaria dentro de las limitaciones de cualquier ámbito de la praxis social constituye su esencia».16 Para las empresas, este segundo elemento de análisis deriva en una exigencia especial que adquiere diferentes matices de acuerdo con diversos grupos de interés. Con relación a los clientes supone en primer lugar un entorno real de competencia que combata las prácticas monopólicas u oligopólicas y procure condiciones competitivas justas que redunden en opciones reales para los clientes. Aunque el Estado juega un papel indispensable en este sentido, tanto en su carácter de legislador como de árbitro, corresponde a las empresas imponerse prácticas claras explícitas de competencia leal. Incluir a sus competidores como stakeholders puede considerarse ya una tendencia que, en la medida en que abre alternativas a los clientes, impacta positivamente en sus intereses.
Dicho de otra manera, si la dimensión económica puede en términos generales inscribirse en la sociedad civil,18 la manera como la expresa un monopolio frente a sus consumidores es muy diferente a la de una organización que respeta la sana competencia. Este punto invita además al ejercicio de prácticas de comunicación honestas, incluidas las relativas a la publicidad y al marketing, capaces de «compatibilizar la veracidad respecto a los productos con el arte de respetar y promover el deseo hacia los mismos».19 A mayor información y comunicación honesta sobre los beneficios y limitaciones de un producto, mayor libertad del consumidor y, por consecuencia, mayor expresión de un estilo asociativo cercano al que caracteriza a la sociedad civil. En lo que se refiere al personal de las empresas, el principio de libertad supone desarrollar y practicar políticas de empleo incluyentes y evitar cualquier práctica discriminatoria. El Pacto Mundial20 ofrece a las organizaciones empresariales no sólo lineamientos claros en este sentido sino, sobre todo, acceso a prácticas aplicadas con éxito en todo el mundo. La libertad de los proveedores mueve también a las empresas que buscan atender el llamado a ser sociedad civil; las reta a establecer relaciones ganar-ganar con cada uno, a revisar posibles conflictos de interés y eliminar cualquier práctica discrecional, abusiva, discriminatoria o corrupta. Finalmente, el principio de libre asociación, esencial en la constitución de la sociedad civil, supone con relación a los accionistas, especialmente los minoritarios, aplicar las prácticas de buen gobierno corporativo diseñadas entre otros motivos para proteger sus intereses de posibles abusos por parte de las mayorías en consejos de administración.
CIUDADANíA CORPORATIVA
El concepto de ciudadanía corporativa se enmarca por una parte en el ensanchamiento cualitativo de la acción empresarial descrita y, por otra, constituye un apéndice de uno de los debates más relevantes de nuestro tiempo: el que se libra en torno al concepto de ciudadanía.21 Partiendo de la idea de que la empresa es un grupo humano que se propone satisfacer necesidades humanas con calidad, las empresas que ejercen su ciudadanía no sólo se orientan a generar bienes tangibles e inmediatos, que se reflejan en sus estados financieros, sino también asumen responsabilidades en ámbitos mediatos, como el social y el ecológico, en los que se sustenta su actividad primaria. Si la actividad económica se sostiene en el capital social, ecológico y moral,22 las empresas que ejercen su ciudadanía, lejos de establecer una relación depredadora, se relacionan de manera sustentable con el medio y no excluyen de sus portafolios financieros las inversiones en capital social. Más que en el orden jurídico, se habla de la ciudadanía corporativa en el marco de una reflexión ética que permite hablar, por analogía, de la empresa como sujeto moral. Las organizaciones que ejercen la ciudadanía corporativa no amplían ni se eximen de sus obligaciones legales, buscan la manera responsable de atender el llamado de su sociedad y de su tiempo. En palabras de Adela Cortina: «una empresa ciudadana es la que en su actuación asume estas responsabilidades como cosa propia, y no se desentiende del entono social o ecológico, limitándose a buscar el máximo beneficio material posible».23
Esta tesis se opone claramente a una línea de pensamiento, asociada al Nobel neoyorkino Milton Friedman,24 quien sostenía en 1970 que la acción de las empresas, si está bien regulada por los lineamientos de orden jurídico, debe limitarse a lo económico y que es allí (en un óptimo desempeño económico) donde se encuentra su aportación a lo social. La propuesta de Adela Cortina se suma a una corriente de pensamiento creciente que sostiene que para que la organización interactúe sanamente con las nuevas demandas del entorno social cambiante, debe trascender ese marco tradicional. Paul Capriotti distingue una «evolución paulatina» de esta línea de pensamiento en los últimos cincuenta años en los que el concepto inicial de RSE se va ampliando para dar paso hacia los años 80 y 90 al de Corporate Social Performance (CSP) y finalmente desembocar en el de Ciudadanía Corporativa (CC)25 en años recientes. Capriotti logra un excelente rastreo de esta corriente en el contexto norteamericano y se puede afirmar que, dado el carácter teórico-práctico en que ocurre dicha evolución, los tres conceptos referidos si bien no son reductibles (no significan lo mismo), tampoco son del todo excluyentes. No podemos afirmar, por ejemplo, que las empresas que engloban el concepto de RSE y se esfuerzan por responder a su vocación social e histórica se paran en un enfoque obsoleto. A mi juicio es claro que el alcance de dichos conceptos, como una onda que se expande, es cada vez mayor.
Así, por ejemplo, no es raro que empresas que en otro tiempo pensaban que su contribución al medio ambiente se limitaba a cumplir al detalle la normatividad ambiental y a pagar impuestos, hayan desarrollado fórmulas diversas e innovadoras para mejorar el medio ambiente que van más allá de lo estrictamente legal. Es posible rastrear un proceso análogo del que han surgido paulatinamente conceptos como capital social, capital moral o capital-simpatía.

NO SóLO RESULTADOS ECONóMICOS
Las organizaciones empresariales y académicas dan fe de una sociedad creciente y (neuronalmente) conectada en la que consumidores cada vez más conscientes de los dilemas, deficiencias y demandas morales de su tiempo (con un nivel de conciencia ética posconvencional) exigen empresas capaces de asumir su responsabilidad histórica y castigan a las que desgastan los bienes intangibles en los que se cimienta la vida económica. Finalmente vale la pena dar cuenta de la singular manera en que esta tendencia (RSE, CSP, CC) se encuentra con la ética empresarial en su desarrollo histórico. So pena de simplificar en exceso, podemos afirmar que mientras el desarrollo de la ética empresarial se va dando «de adentro hacia fuera» del círculo empresarial, la ciudadanía corporativa, que inicialmente se plantea como relación de la empresa con su entorno externo, termina descubriendo repercusiones –necesarias, fundamentales– en el interior de la empresa.
Para Adela Cortina, las principales exigencias internas de las empresas ciudadanas26 son: desarrollar una cultura organizacional que transforme el ejercicio del poder (que transite del uso exclusivo de la jerarquía a la corresponsabilidad) y establecer relaciones laborales de mutuo beneficio. Por su parte José Félix Lozano Aguilar muestra que los códigos de ética empresarial transitan en su evolución de considerar las necesidades y derechos de los accionistas (códigos de primera y segunda generación), a considerar los intereses de colaboradores, clientes y proveedores (códigos de tercera generación), para finalmente atender las necesidades medioambientales y sociales de las comunidades específicas en que operan (cuarta generación) y referir las implicaciones de la globalización en materia ecológica y de derechos humanos (códigos de quinta generación).
En un esfuerzo paralelo, Ramón Ibarra rastrea el desarrollo de códigos de ética en empresas mexicanas y estadounidenses28 y refleja esta misma tendencia. La empresa poco a poco se asoma y compromete más con instancias sociales que antes pensaba que debía tocar sólo por la mediación del Estado. Vale la pena referir en un preo- cupante paréntesis que, cuando se mira el estado de la cuestión en México hacia el año 1999, se descubre que los temas que las empresas mexicanas tratan en sus códigos de ética reflejan mucho más sus intereses internos (especialmente de sus accionistas) que aquellos que trascienden al primer círculo empresarial. Así, por ejemplo, 31% de las empresas que cuentan con códigos de ética tratan el tema del manejo de información confidencial y 30% el del cumplimiento de la ley, 10% refieren el tema de discriminación pero sólo un penoso 3% los temas relativos al medio ambiente.29 Volviendo al tema, podemos reconocer que la complementariedad de tendencias (como desarrollar códigos de ética) que van «de adentro hacia fuera», con aquellas que, como la ciudadanía corporativa, evolucionan «centrípetamente» da finalmente cuenta de una misma tendencia: la de organizaciones capaces de dar resultados no sólo desde el punto de vista económico para responder a las expectativas de sus accionistas, sino también desde el punto de vista ecológico, social y ético, con el fin de responder al resto de sus stakeholders: colaboradores, clientes, proveedores, comunidades, competidores, distribuidores, sociedad y medio ambiente.
NO LA CEREZA, SINO LA HARINA DEL PAsTEL
Podemos pensar a la ciudadanía corporativa como un concepto de orden moral, no jurídico, que engloba las prácticas de las empresas al llamado de un entorno moralmente deficitario en el que la sociedad civil está llamada a atender directa y creativamente demandas históricas inéditas, como las ecológicas, sin perder la libertad y espontaneidad que le son esenciales. El concepto de ciudadanía corporativa, ligado al de ciudadanía económica y al de sociedad civil, ofrece a la preocupación de las empresas por el entorno social una nueva perspectiva. Puede considerarse una cuarta generación de esta tendencia que supera: 1. La propuesta de Friedman para quien el impacto social de las empresas se reduce a obtener ganancias que, en su caso, se revierten a la sociedad por la vía fiscal trianguladas necesariamente por el Estado. .
La visión tradicional de la filantropía según la cual la apuesta por lo social es algo externo a la dinámica empresarial, que se incrementa en etapas de bonanza económica y se puede fácilmente utilizar de manera estratégica y cosmética. 3. La noción inicial de empresa socialmente responsable (ESR) y la de Corporate Social Performance (CSP) que, aunque apuntan en este mismo sentido, afinan y mejoran día con día (desarrollando tecnología y compartiendo prácticas de éxito) su impacto social y ecológico. La ciudadanía corporativa puede asociarse con la vocación de las empresas para formar parte de la sociedad civil y resumirse en el establecimiento de vínculos ganar-ganar con todos sus grupos de interés y en el de una relación sustentable con el capital moral, social y ecológico que, finalmente, se reconoce como cimiento de la acción económica (inherente a la misma) y no como un elemento externo.
Cuando reconocemos que la dimensión social no es la cereza, sino la harina del pastel empresarial (o mejor, el molde en que se hornea) reconocemos la necesidad de innovación en la relación empresa, sociedad y medio ambiente. Si además consideramos el déficit moral de nuestros días, la urgencia y magnitud de nuestros problemas y las posibilidades de aportación de la empresa contemporánea no podemos menos que imaginar formas de conexión y colaboración que, al igual que el pedazo de la historia que nos toca transitar, sean inéditas.

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