Hacia un entorno laboral incluyente

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dilema11Soy directora de ventas de una empresa mediana. Hace unas semanas, uno de mis vendedores me especificó que padece disforia de género y que después de un largo proceso de reasignación, por fin se someterá a una cirugía. Su desempeño ha sido favorable y, aunque no es el vendedor estrella, sus clientes lo aprecian por la atención personalizada que les brinda. Por lo mismo, me preocupa un poco que a algunos pueda molestarles o se sientan incómodos con la situación, así como a la dirección de la compañía. Yo no quisiera quitarle la cartera de clientes, pero no sé cómo manejar la situación.

LOS ASESORES SUGIEREN

La ley justa obliga su cumplimiento. Esto es, una ley sólo puede desobedecerse cuando es gravemente injusta y no sin antes haberlo analizado y ponderado detenidamente. Despedir a un empleado o truncar su desarrollo profesional en virtud de un tema sexual va contra la interpretación más ortodoxa de la Declaración de los Derechos Humanos, que es una ley justa. Se debe asumir, pues, que la disforia de género no es motivo suficiente para truncar una carrera profesional. Se trataría de una discriminación salvo que, cuando se contrató a esta persona, se hubiese pactado explícitamente que se deseaba empleados de un género.
Ciertamente, contrario a lo que dicta el liberalismo más exacerbado, la esfera de lo público y la de lo privado no son reinos totalmente ajenos. Si bien no se identifican, existe una intersección entrambos. Lo que debe preguntarse el patrón en cuestión es si la condición sexual del vendedor –asunto privado– interfiere gravemente en su desempeño laboral –público.
Si se trata de un problema que, por decirlo de algún modo, no cae en dicha intersección, el empleador carece de motivos para despedirlo. Pensemos en el caso de un chofer que llega al trabajo con aliento alcohólico. Sus hábitos personales sí que interfieren con su desempeño profesional. ¿Sería este el caso del vendedor? Me parece que no, pero harían falta más elementos para suscribir una posición tajante al respecto.

CÉSAR VALDIVIESO
PROFESOR DE ÉTICA Y FILOSOFÍA

La disforia de género es una grave enfermedad psiquiátrica que se caracteriza por una fuerte insatisfacción con el sexo propio y que, en efecto, después de un largo proceso con médicos y sobre todo con el psiquiatra, les conduce a proponer un proceso de cirugías plásticas que intenta reasignar sexo al paciente.
Este transexualismo es de tan graves consecuencias que, lamentablemente según las estadísticas médicas, la mayoría de los que lo emprenden termina en el suicidio al resultar el estado último más insatisfactorio aún que el anterior y ser el proceso de suyo irreversible.
La actual visión pansexual y hedonista de la existencia pone demasiadas expectativas de felicidad en la vida sexual que ordinariamente no se alcanzan. Además, todo este «tratamiento» es muy costoso y normalmente no se incluye en el seguro social o en seguros médicos personales. Pero sobre todo, es muy largo, lento y lleno de sufrimiento psíquico y físico.
Por todo lo anterior, la conversación con su empleado en realidad significa de parte de él una renuncia a su trabajo que no podrá atender por muchos meses. Está en usted como directora de ventas el considerarle como candidato a ese empleo más adelante, al término del proceso si es exitoso. Pero mi consejo es que si le une a él algún vínculo de amistad o gratitud, le sugiera que desista de esas intenciones y busque un psiquiatra con otra orientación o escuela que le ayude con su disforia para encauzar su vida en una dirección menos riesgosa y más equilibrada. En esta segunda alternativa suele ayudar mucho una sana vida espiritual-religiosa.

ARMANDO REYGADAS
ABOGADO Y ESPECIALISTA EN ÉTICA DE LA EMPRESA

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