Moby Dick deslumbrante

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2020

Hay escritos que deslumbran. Son los mejores ejemplos de la literatura. A ellos el lector regresa una y otra vez, en busca de consuelo, deleite o ánimo. Pueden ser unas cuantas palabras; dos, tres o cuatro oraciones; algunos párrafos; un capítulo, tal y como es el caso del que Melville enumeró con los dígitos CXIII, bautizándolo con el nombre de La fragua.
Moby Dick, la historia de una venganza, la del capitán Ahab («tenía el aire del hombre rescatado de la hoguera cuando el fuego ha corrido por todos sus miembros…») contra la ballena blanca («con el flanco cubierto de arpones retorcidos…»), venganza cuya historia, síntesis de libertad y destino, tiene lugar en el microcosmos del ballenero Pequod y como escenario el macrocosmos del océano, venganza que reclama la fabricación de su propio instrumento, el arpón cuyo destino, ¡no hay libre albedrío que valga en este caso!, es el alma de la ballena albina. Para tal venganza no cualquier arpón califica, ¡no, de ninguna manera!
Esto es lo que nos cuenta Melville en el capítulo CXIII. Mediodía, Perth, el herrero del Pequod, trabaja entre la fragua y el yunque, rodeado de «sus crías»: las chispas que vuelan, revoloteando, en torno suyo. Entonces aparece Ahab, «llevando en la mano un bolso pequeño, de cuero enmohecido», quien, parándose frente al herrero, le revela su deseo: «También yo necesito un arpón, uno que no pueda romper un tiro de mil demonios, Perth. Algo que se plante en el cuerpo de la ballena como su propia aleta. Aquí tienes el metal –agregó arrojándole el saco sobre el yunque–. Son clavos de las herraduras de acero de los caballos de carrera». Lo dicho: la venganza de Ahab reclama la fabricación de su propio instrumento, con la mejor materia prima disponible que, como todo herrero sabe, tratándose de arpones es el metal de las herraduras. «¡Rápido! Fórjame el arpón», ordena Ahab.
Perth trabaja, con el fuego y el viento, entre la fragua y el yunque, golpe a golpe de aquel martillo que se convierte en la prolongación natural de su brazo, transformando las herraduras en la cabeza del arpón. Entonces, «a punto de someter la punta al último calor, antes de templarla, gritó a Ahab que le acercara la cuba de agua», a lo que el capitán respondió: «No, no usaremos agua para esto. ¡Quiero que tenga el temple de la muerte! ¡Eh, Tashtego, Queequeq, Dagoo! ¿Qué dicen paganos? ¿Me darán la sangre necesaria para cubrir esta punta?».
No agua, sino sangre, para templar la punta del arpón que será el instrumento de la venganza, sangre de los tres arponeros que acompañan a Ahab hacia su destino. Entonces el capitán «levantó el arma, y tres foscos ceños respondieron que sí. Entonces se hicieron tres incisiones en la carne de los paganos y con su sangre se templó la hoja de la Ballena Blanca». Se forjó el arpón y con él el destino de Ahab.
«“¡Ego non baptizo te in nomine patris, sed in nomine diaboli!”, –gritó Ahab, presa del delirio, mientras el hierro perverso devoraba ardiendo la sangre bautismal».
Hay escritos que me deslumbran. Son, de todos los que he leído, los mejores ejemplos de la literatura, la mejor muestra de su poder para consolar, deleitar, animar y, ¡siempre!, admirar. A ellos regreso una y otra vez, tal y como es el caso del capítulo CXIII de Moby Dick, en el cual encuentro, sobre todo, deleite, sin olvidar cierta inquietud, como la que surge al escuchar a Ahab confesarle a Perth lo siguiente: «La desdicha ajena me impacienta cuando no lleva a la locura».

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