Carlos Montemayor. Su legado para la conciencia mexicana

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Hasta hace dos años, nunca lo había leído. En una conferencia sobre Historia Contemporánea de México, hablando sobre los movimientos de guerrillas en el país, la doctora Aspe recomendó la novela Guerra en el paraíso de Carlos Montemayor.
Su lectura me atrapó por completo. Se barajan personajes reales, con sus nombres auténticos, más alguno que otro de ficción; muchos destacaron en el panorama político, no siempre de feliz memoria; otros eran miembros de esa población importante y numerosa de la que poco se ocupa un gran segmento de nuestra sociedad: campesinos, maestros rurales, indígenas, federales, militares, soldados, policías, judiciales, agentes de seguridad.
Algunos llevan en sí sus propias luces, otros, sus propias sombras; son personajes, no sólo individuos de una masa anónima, que luchan, mueren y sobreviven, unos, por la esperanza de vivir algún día en una sociedad donde se pueda hablar positivamente de esa libertad, potencia del alma que alberga todo ser humano y de justicia tan mancillada por algunos; otros, que por abuso de poder caen en la degradación humana que no se rige más que por la fuerza del instinto carente de humanidad.
A la lectura de ese libro de Montemayor siguieron: Los informes secretos, La fuga, Chiapas: la rebelión indígena de México, y en semanas recientes, La violencia de Estado en México: antes y después de 1968.
Sus páginas, su impresionante acopio de datos e investigación, el conocimiento del complicado ambiente político, su profundo conocimiento del ser humano, su comprensión a errores sin justificarlos y el reconocimiento a sus virtudes, la maestría de su prosa tan limpia y expresiva, envuelta tantas veces en la poesía y belleza de sus descripciones de gente y paisaje, me hicieron admirarlo como escritor.
La lectura de Guerra en el paraíso me llevó a un horizonte aparentemente lejano y que, sin embargo, está a nuestro lado, no en el sentido físico, sino en el de la conciencia con halo de tiempo presente.
El personaje central es Lucio Cabañas. Un maestro rural respetado por los campesinos, convertido en guerrillero, que combate por los derechos de su gente y se convierte en una pesadilla para el gobierno. Su persecución provoca guerra abierta contra las autoridades. Y como en toda guerra, hay muerte, injusticia de ambos lados y además la intromisión de teorías ajenas que confunden a la gente sencilla. Siete años de huída constante, de enfrentamientos, bajas, todo sembrado de ruina, injusticias de uno y otro bando, traiciones, emboscadas alevosas.
La trama sigue la línea histórica y fue prolija y rigurosamente investigada por el autor, que saca un partido extraordinario a los diálogos internos y externos de todos.
El lector se pone fácilmente del lado de Lucio Cabañas y quisiera preguntarle: ¿Por qué esa cruenta lucha que sabes que no se va a ganar, que tienes perdida de antemano y en la que arriesgas la vida de tantos inocentes? Quizá, también pensamos, habrá sido para concientizar a comunidades enteras, para darles un ideal, una promesa de justicia, un futuro de paz. Sí, ¡pero a costa de tanta muerte, vejación, de traiciones!, de tanto exhibir constantemente esa –como diría F. Van del Meer– «la antinomia de la grandeza y la bajeza del hombre».
El telón de fondo son la sierra, los bosques, la naturaleza envolvente de esos parajes guerrerenses, maravillosamente descritos por su pluma, que impregna de poesía el drama de la condición humana tan creada hacia el bien y la belleza, tan inclinada al odio y al mal en las naturalezas que pierden la noción de la misericordia.
Cuando asolan la destrucción y la muerte, tan la sufren los guerrilleros como los soldados. El escenario es una región de México, aunque podría extenderse sin límite de espacio y de tiempo, su tierra, sus hombres, esas luces y sombras que dan lección y abren conciencia sobre el variante corazón del hombre, que siendo tan falible aún alienta esperanza de conversión.
La mayoría de su obra es página abierta a la reflexión. Por lo mismo, sentí la reciente desaparición de un escritor que, como él, supo hablar con la lengua y el alma de esa población sencilla, indígena muchas veces, esencia y raíz de nuestro pueblo.

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