La culpa la tiene Gaudí

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La actitud que suele adoptarse hoy en día

hacia la práctica de quedarse

en la cama es tan hipócrita como poco saludable.

Gilbert Keith Chesterton

Usted bien sabe que la lentitud es hoy el pecado por excelencia. Pasaron los días gloriosos para la gula, la avaricia, la envidia, la ira, la vanidad o la lujuria; hoy, los atentados contra la prisa y la eficacia son el enemigo a vencer y deben ser impedidos en aras de una sociedad mejor.
Piense en un día cualquiera en la oficina: si usted no contesta ese «correo» en menos de 12 horas, malo; la desgracia más funesta es que su computadora o la «red» estén lentas y, si por alguna razón extraña, usted invirtió más de media hora para comer, malo también.
Con la rapidez como señera certeza, los gurús del mundo moderno nos han facilitado las cosas mediante la provisión de los instrumentos adecuados para no perder el tiempo en tonterías. No hablo sólo del microondas, que ya de suyo es una maravilla, sino del sinnúmero de aparatos y plataformas que dejarían boquiabierto al mismo Asimov.
Gracias a los teléfonos inteligentes, por ejemplo, hemos alcanzado el don de la ubicuidad: entre usted y la oficina ya no hay obstáculos y puede resolver el lío de marras desde su cama aunque sean las 2 am. Imagine que la solución a ese problema del trabajo llega a su cabeza a mitad de la madrugada. ¿Qué hacer? Estire su mano a la mesa de noche y ordene.
Otro elocuente ejemplo son el Twitter y el Facebook. A ellos usted debe la posibilidad de informarse e informar en un santiamén, de ver y ser visto; se acabó la época del reposo y la oscuridad. La eficacia es la medida de todas las cosas. Ande, admítalo: nada como la rapidez.
¿Lo duda? Mire el caso desastroso de la iglesia dedicada a la Sagrada Familia en Barcelona. El templo aún sigue en construcción y empezaron a levantarlo ¡en 1882! ¡Hace 128 años! ¡Ciento-veinti-ocho-a-ños! ¡Siglo y medio! ¡Por Dios! Y, claro, a Gaudí no le pueden pedir cuentas, porque el señor ya murió.

DÉME TRES AÑOS, NO MÁS
Hoy las cosas son distintas y no hay tiempo que perder. ¿Quiere usted una catedral? En un año acabamos. ¿Quiere usted cinco estadios para la copa del mundo de futbol que está organizando? Déme tres años, no más.
Competencia y libre mercado y que los rezagados se pongan la pila. Erradiquemos de una buena vez y para siempre los largos plazos. El triunfo del conejo blanco y Henry Ford ha llegado y lo importante es correr, lo de menos es a dónde. El futuro está ahí, delante de nosotros, y no podemos dejarlo ir. ¿La paciencia todo lo alcanza? ¡Pamplinas!
Sin embargo, a pesar de las denodadas empresas a favor de la rapidez, hoy sobreviven los insensatos defensores de la pausa. Este tipo de rebeldes se refugian en las bibliotecas, a cuyo amparo, dicen, piensan. Se pasan horas enteras leyendo y cavilando, sin producir absolutamente nada, como si las ideas y no el tiempo, fueran oro.
Mire la recomendación de Alejandro Llano, uno de estos desatinados. «La mayor proporción de educación cívica posible para un adolescente se encuentra en la sosegada lectura de la Antígona de Sófocles, de la Ética a Nicómaco de Aristóteles, de las Confesiones de san Agustín, del Quijote…». ¿Sabrá este señor que el Quijote es un libro viejo cuyas ediciones actuales constan de más de mil páginas? ¿Quién querría dedicarle tiempo a un mamotreto de hace 500 años cuando podría estar vendiendo algo o trabajando en lo que sea? Consígase un resumen, caballero.
Usted y yo debemos encabezar la cruzada en contra del ocio, que es la madre de todos los vicios, y allanarle el camino al negocio –no ocio– que es el padre del éxito y el dinero. El impresentable Carl Honoré encabeza un movimiento a favor de la lentitud (hágame usted el favor) y afirma sin empachos que «la lentitud nos permite ser más creativos y más felices». ¿No le parece todo esto un vulgar descaro?
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* Estudió Filosofía en la Universidad Panamericana; actualmente coordina la oficina de Comunicación institucional de la misma institución.

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