Charles Dickens. Un bestseller que se volvió clásico

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Se cumplen 200 años del nacimiento de Charles Dickens: 7 de febrero de 1812. Este novelista inglés escribió para entretener a los lectores, pero también para conmoverlos. Denunció sin tapujos la injusticia social y, a su modo, fue un provocador. Desde su trinchera disparó contra la hipocresía y codicia de la alta sociedad británica. Lamentablemente, el tiempo ha desdibujado ese carácter combativo de sus escritos. Hoy lo vemos como literatura infantil o, si acaso, como picaresca.
Como para muchos de mi edad, Charles Dickens, Julio Verne y Emilio Salgari son autores entrañables. Nos remiten, ciertamente, a la infancia y adolescencia. En mi caso, comencé leyendo versiones simplificadas, profusamente ilustradas. Recuerdo a La pequeña Dorrit y a Oliver Twist. También vi en la TV la película Historia de dos ciudades (Ralph Thomas, 1958) basada en la novela del mismo nombre.
Dickens alcanzó el éxito en vida. Muchas de sus novelas fueron escritas por entregas. En Nueva York, los lectores aguardaban ansiosamente el barco de Inglaterra que traía el nuevo capítulo de la novela en turno (algo similar a como ahora aguardamos los episodios de Lo que callamos las mujeres y La rosa de Guadalupe).
Sus tramas facilitan la puesta en escena; como que Dickens coqueteó con el teatro. El dibujo de los paisajes y los delineados caracteres tientan constantemente a los guionistas de Hollywood y a los coreógrafos de Broadway.
Dickens logró el sueño dorado de un escritor. Alcanzó el éxito comercial sin perder calidad. Escribió bestsellers que han merecido el reconocimiento los críticos. Harold Bloom, por ejemplo, lo incluyó en el canon occidental, donde no cupieron algunos conspicuos escritores latinoamericanos.
¿Cómo explicar el éxito de Dickens? Ante todo, por la agilidad y excelente factura de sus relatos. La lectura de Dickens es un ejercicio agradable. Los mortales buscamos en los libros un placercillo, una satisfacción, un entretenimiento formativo. ¿No?
 
La careta de la decencia
Pero su éxito no se explica si prescindimos de su tono de crítica social. Dickens denunció las aberraciones sociales de su país. Sus novelas retratan el contraste entre la aristocracia glamorosa y «cristiana» con los suburbios proletarios, donde la tuberculosis se enseñoreaba azuzada por el hambre.
La reina Victoria (1819-1901) encarna –una opinión que pongo a la discusión de los lectores– la perversión de los ideales cristianos de Europa. Durante su reinado, la rapiña británica en África y Asia no tuvo más límite que la rapacidad de otras potencias coloniales. Basta citar la Guerra Anglo-China, desatada porque el emperador Yongzheng prohibió el comercio de opio con el que los británicos envenenaban a China.
El bandolerismo colonial británico tuvo un correlato interno: las atroces desigualdades en la isla. Dickens puso ante los ojos de los ricos la realidad de los huérfanos, los enfermos, los obreros raquíticos, los empleados tuberculosos. Detrás de la City de Londres y de los jardines de Oxford, el proletariado se hacinaba en las inhumanas ciudades carbón. Algo de esta indignante desigualdad se alcanza a percibir, incluso, en películas tan rosas como Mary Poppins. Lo trágico de la cursilísima canción de Las migajas de pan no son los pajaritos hambrientos, sino que una anciana se vea obligada a vender esos mendrugos para sobrevivir.
La moral victoriana enmascaraba tales contrastes bajo la careta de decencia. La llamada moral victoriana era la preocupación por «la decencia» y la despreocupación por la justicia social. Los caballeros y damas victorianas estaban pendientes por la pureza de las costumbres y las buenas maneras, soslayando el incómodo quinto mandamiento, el que prohíbe robar.
 
La pobreza: el peor delito
Las historias que narra Dickens son terroríficas. Oliver Twist es un huérfano hambriento, maltratado en el orfanatorio; es un niño que deshollina chimeneas, es un aprendiz de enterrador, un niño explotado por una banda criminal. David Copperfield tampoco se queda atrás: trabajo infantil, abuso y discriminación de la mujer, prisión por deudas. La pequeña Dorrit denuncia los abusos de los ricos, la miseria de los trabajadores y la cómplice incompetencia del gobierno. ¿Recuerdan el Departamento de Circunloquios, que aparece en esta novela? Es una oficina dedicada a «no hacer nada». La regla inviolable del Departamento es «nunca dar una respuesta directa». Todo allí son evasivas y formularios. ¿Les suena?
Dickens conoció de primera mano esos tortuosos laberintos. Vivió en «ciudades carbón», que tanto me recuerdan algunos barrios de México. Su padre, como Mr. Dorrit, sufrió la cárcel por deudas. A los 12 años, Charles Dickens se vio obligado a trabajar en una fábrica de betún para zapatos. En jornadas extenuantes de diez horas diarias, convivió con otros miserables. Estas experiencias, que continuaron durante un largo tiempo, marcaron su escritura.
Ni siquiera su almibarada Canción de Navidad está libre de este carácter crítico. Lamentablemente, las adaptaciones a la pantalla oscurecen el verdadero mensaje. La alegría de colocar un arbolito, comer pavo y cantar villancicos son aspectos secundarios del relato. El quid de la historia es que Bob Cratchit, el empleado de Scrooge, carece de los derechos laborales más elementales. Ya no hablemos de médico para sus hijos, sino de un día de asueto en torno a la Navidad.
Charles Dickens sabía que a la gente le gustan los finales felices. Por ello, los personajes de sus relatos acaban recibiendo lo que merecen. A los buenos les va bien y a los malos les va mal. Esta es una tercera razón de su éxito. Cuando murió, el 9 de junio de 1870, Dickens era famoso y gozaba de una holgada posición económica.
 
Y fueron felices para siempre…
No estoy en contra del happy end. Por ese motivo, entre otros, disfruto las novelas de Agatha Christie y de Conan Dolye. En los últimos capítulos, Hércules Poirot y Sherlock Holmes descubren y castigan al asesino.
Pero la vida no es color de rosa. Los finales felices escasean. A diferencia de Charles Dickens, los novelistas franceses Honorato de Balzac, Émile Zola, Gustave Flaubert y Víctor Hugo tuvieron el coraje de contar finales reales, finales donde triunfa la injusticia, el dolor, la miseria.
La debilidad de la obra de Dickens –menuda petulancia la mía– es que los años han mitigado su talante crítico. Las adaptaciones azucaradas de Canción de Navidad y los musicales de Oliver Twist trivializaron el drama. El lector estándar ya no percibe la amargura, pues lee a Dickens en clave de telenovela. Tal actitud es comprensible. A cualquier nos disgusta recordar que, en la mayoría de los casos, los débiles y los pobres pierden la batalla.
Admiro a Dickens. Me encanta su narrativa sencilla, clásica, afable. No obstante, los finales felices han jugado en su contra. Su optimismo banalizó la injusticia que denunciaba. Por eso, admiro más a novelistas como Zola. En la vida real, las historias suelen terminar al modo de Germinal (1885): los poderosos machacan y avasallan a los débiles, a los pobres. Hace falta mucha valentía para contar historias amargas, que las personas no queremos oír.
En estos momentos, el mundo, y en especial México, necesitan novelistas como Dickens, que nos den un respiro. Pero necesitamos sobre todo de novelistas como Zola, escritores que nos recuerden que, si no escondemos la cabeza como avestruces, la injusticia y la violencia tendrán la última palabra.
 
 
 
 
 
 

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