«El poder tiene un sabor desagradable». Joachim Gauck, activista por los derechos humanos.

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Precedido por el éxito de un pequeño libro autobiográfico, donde expone con vigor su defensa de la libertad y la responsabilidad ciudadanas, Joachim Gauck, antiguo activista por los derechos humanos en la extinta RDA, fue electo Presidente de la República Federal de Alemania. Bien valdría la pena que muchos políticos en el mundo adoptaran sus ideas.
El 18 de marzo de 2012, Joachim Gauck fue electo undécimo Presidente federal alemán. Primer alemán oriental que ocupa este cargo, tras más de 20 años de la unificación alemana. Ya era hora. Como el día de la elección, gozábamos de un sol radiante que anunciaba a la primavera, el flamante Presidente comenzó su discurso ante la Asamblea federal con la frase: «Qué domingo tan hermoso», que inmediatamente se transformó en trend en Twitter.
En las semanas previas, su último libro Freiheit, ein Plädoyer (Editorial Kösel, München, 2012, en castellano podría ser: «Un alegato en favor de la libertad»), convertido en bestseller, encabezaba las listas de publicaciones más vendidas en Alemania.
Freiheit es un libro inusualmente corto: 62 páginas. Sigue una tendencia mundial: el manifiesto de Stéphane Hessel, Indignez-vous! tiene sólo 30 páginas. Tal vez en nuestro mundo dinámico, sin tiempo, ni paciencia para largos tratados, sea éste el mejor formato para llegar a los lectores.
Sus páginas reproducen el discurso que Gauck, ex-pastor protestante de Rostock, pronunció en la Academia evangélica de Tutzing, Baviera, en enero de 2011. Su lenguaje es cultivado, sincero, sencillo y libre de la innecesaria pero habitual erudición. Se acerca respetuosamente a sus lectores, siembra inquietudes y plantea caminos a seguir; no impone su opinión. Asegura que, más que hablar, le interesa escuchar.
Explica que los pilares de nuestra sociedad son: la libertad, la responsabilidad y la tolerancia. Tres principios, sobre los que se debería cimentar la cultura en nuestro mundo globalizado.
Gauck no es en absoluto cercano al marxismo, al contrario; sin embargo, no podemos dejar de recordar la famosa máxima del economista de Tréveris, grabada en un muro de la Universidad Alexander von Humboldt, en Berlín: «Los filósofos han interpretado el mundo de diversas maneras; de lo que se trata es de cambiarlo».
El autor reconoce que carece del don de profecía, habla sólo como testigo de nuestro tiempo y como amante de la libertad. Su obra no es un frío análisis sociológico de comienzos del siglo XXI, sino un alegato por la libertad. Por algo, la revista Spiegel lo describe como un «apóstol de la libertad».
 
LAS PERSONAS DECENTES ¿NO ASUMEN PODER?
El nuevo Presidente se describe a sí mismo, como un hombre común: «no soy un super-hombre, no estoy libre de faltas». Con sinceridad, cuenta en su libro, que, siendo aún estudiante de teología, le inquietaba la frase del Génesis: «Dios creó al hombre a su imagen y semejanza». En el ambiente de postguerra, tras conocer la barbarie en que había caído el pueblo alemán, y por lo que cargaba con una inmensa culpa, Gauck no podía alabar a Dios. Confiesa que le parecía imposible creer en Dios después de Auschwitz.
Una larga reflexión, lo llevó a interpretar la frase del antiguo Testamento de modo totalmente diferente: «Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, con la maravillosa capacidad de asumir (su) responsabilidad».
De todas las criaturas, es el ser humano el único capaz de asumir responsabilidad. Y de hacerlo, no sólo con respecto a sí mismo, sino también con respecto a los demás e incluso a su entorno. Señala que no es un invento de filósofos, políticos o predicadores, pertenece a la esencia de cada humano. Concluye que su propia fe cristiana lo ha llevado a asumir responsabilidad.
No obstante, su pensamiento no es fruto de una reflexión teológica, abstracta; nace de su propia experiencia que explica así: un año después de la «Revolución Pacífica», regresó a la ciudad de Rostock. En esa ocasión, un colega, pastor luterano, se quejaba de que los puestos más importantes de la ciudad, estaban siendo ocupados por servidores del antiguo régimen comunista y por católicos. Contra estos últimos, el amigo no tenía nada en contra; sin embargo, durante el régimen comunista, tampoco los católicos habían hecho nada…
Gauck reprendió a su amigo, por no haber asumido él mismo, alguno de esos puestos. Es muy fácil –advierte– criticar a quienes están en el poder, a «los de arriba». Olvidamos que la libertad exige asumir responsabilidad y que ésta supone ejercer el poder. Es más, desde el poder, se puede dar forma a la libertad, contribuir a su desarrollo, a su florecimiento y a su expansión.
A propósito de este encuentro, Gauck se refiere al poder y a la idea de quienes piensan que el poder tiene un «sabor desagradable». Esta actitud los lleva a incapacitarse para asumirlo, como si fuese algo opuesto a la libertad o incluso, a la decencia. Me parece que hay una idea errada, muy expandida en el mundo, según la cual, las personas «decentes» no asumen poder o, lo que es lo mismo: no asumen responsabilidad. Con demasiada frecuencia, olvidamos lo importante que es la disposición a asumir el poder, en definitiva, para defender y promover la libertad.
CONSUMIMOS, PERO NO PRODUCIMOS LIBERTAD
La idea de libertad del amigo es una libertad inmadura: es la libertad de algo; pero no es la libertad para y por algo. De alguna manera, su colega de Rostock, se había incapacitado a sí mismo para asumir esta segunda fase de la libertad… Fenómeno más extendido de lo que pensamos.
La libertad tiene dos caras, una es anárquica, la que sobreviene tras una revolución –como en Francia en 1789–. Una libertad joven, rebelde y revoltosa, que lleva a levantamientos, provoca disturbios y busca independencia. Comparable a la insolencia que prueban los adolescentes. Un sentirse liberado de algo. Es lo que vivieron los habitantes de la República Democrática Alemana (RDA) cuando pasaron a ser ciudadanos, por propia voluntad.
El filósofo alemán Rüdiger Safranski comenta el libro de Gauck: «somos, generalmente, consumidores de libertad, pero no somos productores de libertad» (ensayo en Die Welt 10/III/2012). Éste es el desafío de nuestro tiempo: convertirnos en personas que promuevan y hagan posible la libertad de todos y para todos. Supone defender la propia libertad –y la de todos los demás– frente a quienes pretenden conculcarla.
Este asumir la responsabilidad es algo que Gauck no ha dejado de hacer, al aceptar diferentes cargos políticos. Para él, la responsabilidad es el nombre de la libertad adulta o madura. No cesa de impulsar a sus conciudadanos a actuar, a mezclarse en política, a superar el tedio, el aburrimiento frente a lo político, que sufre hoy en día mucha gente en Alemania, en Europa y, yo diría, en el mundo entero.
La responsabilidad nos lleva no sólo a pensar en nosotros mismos y en nuestro interés –como parecen sostener algunos liberales clásicos– sino a actuar en favor de toda la sociedad, del bien común. Su pensamiento está lejos de proclamar una suerte de mecanicismo aditivo, en que la suma de las libertades hace posible la libertad de todos. Podemos sostener entonces que la dimensión social de la libertad es la responsabilidad.
Es cierto que aceptar responsabilidad acarrea privaciones; pero las limitaciones por una causa, por un ideal, son una carga suave, que se lleva con la alegría de la entrega; de ninguna manera, un peso aplastante. Gauck recuerda que el amor es lo que lleva a la entrega.
 
RECLUSOS, HABITANTES O CIUDADANOS
En su discurso de agradecimiento ante la Asamblea federal, explica que, como consecuencia de la Revolución Pacífica, millones de alemanes orientales pasaron de ser súbditos a ser ciudadanos. A partir de esa primera elección libre en la Alemania del Este, Gauck cuenta que se prometió a sí mismo, nunca dejar de votar en una elección: «La alegría de la liberación trae consigo obligaciones», aclara.
En su libro, explica que nunca llamó ciudadanos a los habitantes de la RDA, eran simples habitantes. «No éramos más que un accesorio del Estado». Hasta que un día, se dio cuenta que incluso éste era un eufemismo, ya que los habitantes de una casa pueden entrar y salir de ella; pero los de Alemania oriental no podían entrar ni salir de su propio país. Estaban encarcelados. Desde ese momento, comenzó a hablar de reclusos o presos.
Ante esa horrible realidad, él y otros muchos, se refugiaron en el mundo de las ideas. Es lo que se denomina, libertad interior (innere Freiheit), leit motiv de la literatura alemana que se ocupa del fenómeno de la opresión y la dictadura.
El autor habla del proceso que denomina Ermächtigung que algunos reemplazan por la voz inglesa: empowerment, (en castellano empoderamiento).
El proceso consiste en que el recluso se autotransforme en ciudadano con derechos (libertad) y deberes (responsabilidad), mediante su propia acción. No se trata de que alguien venga «desde afuera» y le otorgue graciosamente estos derechos. La Revolución Pacífica en la RDA, no se debió a la buena voluntad de Gorbachov, sino a que los ciudadanos –venciendo su miedo– se atrevieron a salir a protestar a las calles de Sajonia. Decidieron ser ciudadanos y dejar de ser súbditos. Se dieron el poder a sí mismos. En esto consiste la Ermächtigung.
El ciudadano tiene derechos políticos y los ejerce, de ahí la promesa de Gauck de no faltar nunca a ninguna elección. Algunos escépticos llaman a la abstención electoral; sin embargo, para Gauck, no votar es una renuncia a los derechos y deberes ciudadanos, claudicar ante los enemigos de los derechos ciudadanos. Si no los ejercemos, no nos quejemos de que, algún día, alguien nos los quite.
A continuación se refiere a la capacidad de comprometerse con algo y con otros; de integrar un grupo, en que se comparte un ideal por el que nos sacrificamos y expresa un deseo de pertenencia, aunque reconoce que no toda pertenencia es buena. Él viene del Este de Alemania, donde lamentablemente, hay demasiados grupos de la extrema derecha neonazi.
Se refiere a la alegría que produce sacrificarse por algo, junto a otros que comparten el mismo proyecto. Pone como ejemplos, a los bomberos voluntarios, a los jóvenes músicos de una orquesta juvenil, a los futbolistas. Explica que somos recompensados cuando desarrollamos nuestras potencias, cuando hacemos de ello, nuestra forma de vida: «aquello que se encuentra, en potencia, en cada persona es algo maravilloso que sobrepasa nuestras limitadas fuerzas».
 
INDIFERENCIA, OTRO MODO DE DECIR IRRESPONSABILIDAD
Después de los capítulos dedicados a la libertad y a la responsabilidad, dedica la tercera y última parte de su libro a la tolerancia (Toleranz), uno de los tres pilares de nuestra sociedad. Advierte que en Alemania, muchos la confunden con la indiferencia. A la persona indiferente, todo le da lo mismo. Pero el indiferentismo no es tolerancia, más bien es otro nombre para la irresponsabilidad.
Algunos se convencen a sí mismos: «si no tengo convicciones, no molesto a nadie». Incluso, muchos políticos piensan que sin convicciones, serían sumamente «liberales». Sin embargo, sabemos que somos más creíbles (glaubwürdig) cuanto más nos demos a conocer, a nosotros mismos y nuestras convicciones. Esta sinceridad intelectual es la mejor expresión de autenticidad.
Sabemos también que, quienes tienen seguridad en su fe y en los propios valores, son más capaces de valorar las convicciones de los extranjeros (Fremden). Vemos en los demás, a hijos de los hombres (hijos de Dios, en lenguaje teológico alemán) que desean vivir, en paz y dignidad junto a nosotros. Gauck explica su posición claramente cristiana de acogida a los inmigrantes, una forma de ver a los extranjeros que recién está delineándose en Europa, ya que han sido países tradicionalmente emigrantes y no de inmigrantes. No crea nadie que con sus ideas, Gauck gana muchos partidarios…
Por esta misma razón, respetamos a los extranjeros, les abrimos las puertas y entendemos nuestro mensaje no como una orden secreta de acuerdo a la cual, «en cierto plazo de tiempo, ustedes tienen que ser igual a nosotros». Con esta frase, contradice a los partidarios de la asimilación y fortalece la llamada «Cultura de la bienvenida» propiciada por su antecesor en la presidencia alemana, Christian Wulff.
Lo puso de nuevo de manifiesto en su primer discurso como Presidente (23/III/2012): «En temas de convivencia, el miedo, el resentimiento y las proyecciones negativas no tienen cabida». La Constitución alemana garantiza a todas las personas la dignidad humana. Hay que dejar muy en claro que no es un premio a la integración. No se puede exigir a los extranjeros que renuncien a su idioma, ni a su fe para reconocer su dignidad, es inherente a su condición de personas. Tampoco se les puede sancionar por una deficiente integración: «no es la identidad nacional, lo que define a Alemania, sino la comunidad de valores, los valores éticos y políticos».
Debemos comprender –continúa– que no contribuimos a la tolerancia si «aguamos» nuestro perfil. Por el contrario, si reflexionamos sobre nuestros valores, si profundizamos en ellos, colaboramos a mejorar, a aumentar la tolerancia en la sociedad.
 
NO DESEABA UNA RDA RENOVADA
Frente al fundamentalismo y al fanatismo, señala que quienes se hacen volar por los aires y queman libros, no están seguros de sí mismos, ni de sus convicciones, ni valores; al contrario, sufren de gran inseguridad y han perdido su equilibrio espiritual. Tal como lo perdió Alemania después de la Ia Guerra y cuyo odioso resentimiento condujo a la «gran catástrofe» de la IIa Guerra. En la Alemania de entonces, surgió una inmensa arrogancia, que la llevó a querer erguirse sobre las demás e imponerse al mundo por la fuerza.
Cuenta en su libro cómo su desarrollo personal, su misma biografía, lo condujo a estas conclusiones. La Teología no era su preferencia de estudio, en realidad quería estudiar lingüística; pero como hijo de un condenado a 25 años en Siberia, que además, no participaba en las organizaciones estudiantiles socialistas, el régimen no se lo permitió. No era poco común que hijos de disidentes terminaran en Teología, ya que los otros estudios estaban cerrados para ellos.
La Iglesia (tanto la católica como la evangélica) era, en Alemania oriental, la única institución a la que el estado no tenía acceso directo (sólo a través de agentes infiltrados e informantes). No se trataba de un movimiento de oposición; pero sí del refugio de los valores y libertades civiles.
Comparte la crítica de Václav Havel a Occidente y la dirige especialmente a la Iglesia evangélica de Alemania occidental. El ex-Presidente checo dice que los líderes occidentales preferían conservar buenas relaciones con los opresores y reducir sus contactos con los oprimidos. Con respecto al pacifismo extremo de los protestantes occidentales, hace ver que, pese a las claras intenciones imperialistas del comunismo, estaban dispuestos al «desarme unilateral», como si no fueran conscientes del peligro que implicaba esta decisión.
Hasta 1990, Gauck pensaba en la posibilidad de un acercamiento entre cristianismo y socialismo. No se consideraba contrario al socialismo; reconoce que «si un futuro socialismo respetara los derechos fundamentales, no tendría nada en su contra». Sin embargo, tras el derrumbe de Alemania oriental, se declaró partidario de la economía de mercado y quedó muy claro que no deseaba una RDA «renovada». No propiciaba un socialismo remozado, se jugó por entero –desde los cargos que ocupó– tras la unificación, ingresar de lleno al sistema occidental de libre mercado.
 
LIBERTAD: ¿ESPOSA, NOVIA O ABUELA?
No oculta su decepción frente a la forma de ver la libertad de los alemanes. No es secreto para nadie que conozca la sociedad alemana (antes o después de la unificación) que se interesa más en la seguridad y en la igualdad que en la libertad. Parece que el miedo paralizara al pueblo y lo inhabilitara para defender la libertad. No profundiza, como plantean algunos historiadores, en si se debe a la terrible experiencia sufrida durante las guerras de religión, especialmente a la Guerra de los 30 años.
Cita a Heinrich Heine (1797-1856), quien ya en el siglo XIX observa que el inglés ama la libertad como a su legítima esposa, el francés, como a su novia y es capaz de todo tipo de locuras por ella; pero, el alemán, la ama como a su abuela (de la obra Englische Fragmente). No significa que los alemanes no amen a sus abuelas; pero…, reconoce que no aman la libertad con la misma pasión que otros pueblos.
Entre 1953 y 1989, el pueblo alemán (del Este) sí se jugó por la libertad y venció el miedo siempre tan presente en su historia. Después de la Revolución Pacífica, Gauck se reconcilió con su propio pueblo, al comprobar que los «reclusos del Este», también eran capaces de hacer locuras por lograr su libertad. Y no sólo un grupo, sino todo el pueblo. «Nosotros somos el pueblo» (Wir sind das Volk) fue la consigna frente a la opresión socialista.
 
POLÍTICOS DE TODAS LAS TENDENCIAS APOYARON SU CANDIDATURA
Interpreta el «milagro alemán» –que sólo favoreció a Alemania occidental­– más como un «milagro democrático» y no sólo económico y llama a ser más ciudadanos que consumidores. No somos sólo agentes económicos, sino personas trascendentes con una dimensión espiritual, un tanto arrinconada en la carrera por los bienes materiales.
Desde la primera página del libro sostiene que muchos se comportan como si el primer artículo de la Constitución alemana dijera que «La propiedad privada es intocable». En realidad, dice: «La dignidad humana es intangible».
No tiene nada en contra de la propiedad privada y la seguridad material, de las que careció su generación en Alemania oriental, pero, no pueden ser lo único que nos interese.
Un país que vive la justicia social, no es un estado paternalista y proveedor, sino un estado social que previene y no quita a sus ciudadanos su libertad, condición necesaria de la justicia. Y la justicia social es necesaria para conservar la paz.
El Presidente es muy claro sobre las propuestas de reinstaurar un sistema político-económico basado en el marxismo: estos ensayos han conducido a menos libertad, menos bienestar, menos seguridad jurídica, menos prosperidad y menos alegría. No hay razón alguna para probar una nueva variante del marxismo. Llama la atención que la candidatura de Gauck recibió el apoyo de todos los partidos políticos alemanes, de todas las tendencias (rara unanimidad), salvo de las dos pequeñas colectividades de extrema izquierda y extrema derecha, que llevaron sendos candidatos propios.
Propone estudiar los valores de lo que llama «nuestra dogmática judeo-cristiana» que no es muestra de intolerancia, sino al contrario, como lo demostraron la Revolución Pacífica en Alemania oriental y las otras revoluciones del Este de Europa.
No es intolerancia defender los derechos fundamentales, ni proteger a los refugiados, ni impedir el genocidio o evitar la discriminación de la mujer.
Reconoce que Occidente ha claudicado, al no defender lo que le es propio. Una suerte de fatalismo que ve sólo los errores y las faltas del propio sistema, al que es muy fácil acusar de todo lo que no funciona. Se le presenta como un anónimo al que se pueden cargar todos los fallos y deficiencias y aclara que no se define a un sistema, ni a un país, ni tampoco a una persona por el conjunto de las faltas cometidas.
Es muy conveniente la crítica constante del sistema capitalista; pero no lo es afirmar que sólo en los países capitalistas, existe alienación.
Una mirada a los no-capitalistas, deja ver que la alienación es aún mayor allí y que es más que un fenómeno puramente económico. Para superarla, es preciso decidir si queremos participar en el poder o simplemente aceptamos nuestra sumisión. Sólo la primera alternativa nos hace o ciudadanos y no reclusos. Si esto es tan claro, preguntamos: ¿por qué existen aún dictaduras en el mundo?
Perduran dictaduras comunistas en Cuba y Corea del Norte o despóticas, en África y Asia Occidental. Gauck responde: porque falta una masa crítica, que salga a la calle y se atreva a decir «Nosotros somos el pueblo». Explica que el miedo es el aliado complaciente y sumiso de todo poder ilegítimo. Gauck reconoce a la generación de los jóvenes del 68 en Alemania, pese a todos los errores que cometieron, que tampoco niega. Este proceso, con respecto al nacional socialismo, es el mismo que se aplica al régimen de Alemania Oriental después de 1989 (Discurso de 23 de marzo). En otras palabras, no deja la menor duda de la condena a los dos totalitarismos: al nacional socialismo y al llamado socialismo real.
 
LA DIMENSIÓN MADURA DE LA LIBERTAD ES LA RESPONSABILIDAD
Se ha criticado en Alemania que, con el nombramiento de nuestro autor como Presidente, el país se mueve más al Este, más al Norte y se hace más protestante.
No creo que se haga más protestante; pero si así fuera, no veo nada de malo en ello: algunas virtudes de los luteranos alemanes –empezando por la austeridad­– no nos vendrían mal en un continente acostumbrado a gastar más de lo que tiene.
Igualmente, la apertura al Este y al Norte es elogiable: la República de Bonn da paso, poco a poco, a la República de Berlín. Es significativo que la primera visita del Presidente a un país extranjero (26/III/2012) fuera a Polonia y no a Francia, como era tradición. Allí habló, en una entrevista para el diario polaco Gazeta Wyborcza, de «usar» la libertad para entregar a nuestros hijos y nietos la herencia de veinte años de paz en Europa.
En suma, Joachim Gauck es un motivador por excelencia, un optimista, que ve el vaso medio lleno y no medio vacío. Aclara que no define a una persona o a un país por la suma de sus fallos o deficiencias; la conciencia de lo que somos capaces de construir, cara al futuro, ha de ponerse en la balanza frente a nuestras faltas y a los gravísimos delitos que nosotros mismos o nuestros antepasados hayan cometido en el pasado.
El suyo es un mensaje de esperanza, que no está anclado en el pretérito y en las culpas propias, de padres o abuelos. Invita a seguir adelante, en una sociedad tolerante, valórica, amante de la libertad y que tiene muy presente que la dimensión adulta o madura de la libertad es la responsabilidad.
Gauck concluye: nuestra capacidad de asumir cualquier  responsabilidad es una característica esencial de nuestra humanidad. En ella, se halla una hermosa promesa. Aquí se unen nuestra libertad y nuestro compromiso por y con los demás.
 
 
 

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