La esperanza de Maximiliano

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Maximiliano de Habsburgo, emperador de México, ejerce una vergonzante fascinación sobre los mexicanos. En el fondo de nuestro corazoncito republicano y juarista, echamos de menos el colorido de las cortes europeas. En México abundan los lectores de clóset de la revista Hola, que siguen mes a mes las aventuras de la familia real inglesa y de los príncipes de Mónaco. Y aquí entre nos, sí, sin duda es más bonita la coronación de un rey que la ceremonia de cambio de banda presidencial.
El Segundo Imperio fue una aventura efímera, pero reveló el desaliento de muchos mexicanos: «La democracia no funciona». ¿Les suena familiar? A la mitad del siglo XIX, una importante parte de la sociedad pensó que la única manera de acabar con la violencia era importar un monarca extranjero, mano dura y firme.
Por momentos, la historia de Maximiliano y Carlota resulta cómica. Con decirles que la primera noche que pasaron en el Palacio Nacional, los emperadores se encontraron con camas llenas de chinches. Más allá de lo anecdótico, hay un absurdo de fondo: los conservadores se trajeron a un Habsburgo liberal que admiraba las Leyes de Reforma.
La administración de Max fue tan desastrosa como la de los gobiernos republicanos. Creo que fue mejor urbanista que emperador. Nuestra capital le debe a Maximiliano su avenida más señorial, el Paseo del Emperador. Claro que como lo fusilamos, hubo que rebautizar la calle; es nuestro Paseo de la Reforma.
En fin, les cuento que me animé a escribir una novela sobre los últimos días de Maximiliano en Querétaro. ¿Qué pensaba cuando lo iban a fusilar? La novela se llama Imperio y quiero compartir con ustedes un extracto del capítulo 11.
 
Si recibo el indulto, ¿quién podrá recriminarme mi retor­no a Miramar? Mi madre reconocerá mi coraje; resistí hasta el último instante. «Los emperadores no abdican». No fui un debilucho como mi padre. Podré presentarme en Viena y en Bruselas con la frente en alto. En París no, jamás regresaré a París mientras reine en él un Bonaparte.
Mira, Padre mío, si me indultan, correré de inmediato a Veracruz. Imagino que Juárez me custodiará con una escol­ta imponente, no vaya a ser que a alguien se le ocurra «res­catarme» y utilizarme como su bandera. Sé que Santa Anna acaricia esa descabellada idea. ¡Ah!, estos mexicanos. Pero llegaré al puerto. El barco estará listo. Juárez me querrá lo más pronto posible fuera de su territorio. Lo comprendo: soy un peligro para él.
Me embarcaré aunque sea junio, la estación de las tor­mentas. Nunca he estado a la mitad de un huracán; dicen que los barcos vuelan por los aires como si fuesen cometas de pa­pel. No importa. Como marinero de profesión, sé enfrentar el mar. Preferible ahogarse en el golfo de México que morir fusilado en Querétaro.
Me llevaré al joven Blasio, a los esposos Mejía, a los es­posos Miramón, a los príncipes Salm Salm, al padre Fischer, al doctor Basch, al coronel Guzmán, a Pradillo, a mis fieles sirvientes. También me llevaré a Bebello. Los animales no piensan, pero sí sufren. ¡Pobre Bebello! Ha padecido hambre durante el sitio. ¿Cómo iba a darle un trozo de carne a mi pe­rro cuando mis soldados no tenían ni una tortilla dura?
Evidentemente no haré escala alguna en posesiones fran­cesas. Cuba queda tan sólo a un paso. Me detendré una se­mana en La Habana; la reina de España es mi prima y deseo visitar su isla. Quiero fumar puros y beber café cargado. Pa­searemos por La Habana a nuestras anchas. El Morro es un castillo espectacular, único en América; ya lo juzgaré con mis propios ojos. Apretará el calor. Mejor, el clima será un pre­texto estupendo para confeccionarme media docena de trajes de lino; muy útiles para los veranos en Lacroma.
Después, de un tirón, navegaremos hasta las islas Azores. No son bonitas, pero podremos descansar y reponer­nos. Estos meses de guerra nos han dejado exhaustos. Cabal­garemos en sus montañas y respiraremos aire fresco. Bebello, hastiado del encierro marinero, correrá como loco.
Y luego, desviando un poco el rumbo, iremos a Madeira. Visitaré la tumba de María Amelia. ¡Pobre princesita mía! Si la tuberculosis no te hubiese arrebatado de mi lado, habría­mos sido muy felices, yendo y viniendo de Bahía a Trieste. Queridísima María Amelia de Braganza, ¡princesa del Bra­sil! Aún te extraño. ¡El Imperio del Brasil! Aquello es un país hermoso, impresionante. Qué pena que haya esclavos. Por eso abolí la servidumbre en México. ¿Quién se acordará de ello? Nadie. Absolutamente nadie, ni siquiera mis partida­rios. Pero no importa, México será parte del pasado (…)
¿Por dónde debo entrar a Europa? Barcelona será lo más adecuado. Una escala breve. ¿Italia? Me la saltaré. Quisie­ra, en cualquier caso, escribirle a Garibaldi para agradecer su carta, donde rogó por mí ante Juárez. Pero estoy hasta las narices de obispos y cardenales, así que no pisaré un palmo de Italia.
Mi llegada a Trieste mezclará alegría y tristeza. ¿Esta­rá Carla en condiciones de recibirme personalmente? Posi­blemente, pues la noticia de mi salvación le habrá devuelto el juicio. Estoy seguro; el doctor Jilek se sorprenderá de la mejoría.
Francisco José enviará a alguno de sus ministros segun­dones a recibirme. Ojalá Carlos Luis esté ahí para darme la bienvenida, pero no dudo que nuestro hermano se lo pro­híba. ¿Por qué me odia?
¡Me encontraré con Charlie! En cuanto desembarque, se acercará a abrazarme olvidando el ceremonial. Al fin y al cabo ya no seré el Emperador de México, ni siquiera un ar­chiduque de Austria; simplemente seré un Habsburgo que re­gresa a casa.
Nada más llegar a Miramar pediré a Bilimek que exa­mine concienzudamente los jardines. Revisaré con especial atención las especies mexicanas. ¿Se habrán aclimatado? Se­ría tan feliz si me encontrase una vainilla floreando en el in­vernadero; su aroma es extraordinariamente fino, gustoso, elegante.
Carlota habrá puesto en orden el castillo. Nunca se pue­de confiar a los sirvientes el cuidado de un palacio. Hará ca­lor, porque llegaremos a finales de agosto. Ofreceré una cena de gala para presentar a mis amigos mexicanos. Luego, tras los banquetes de rigor, dormiré a pierna suelta durante una semana. Para entonces Carla se encontrará perfectamente sana; elegante y señorial como cuando la conocí en Bélgica.
¿Y mi madre? Le diré que necesito unos días más para aclimatarme antes de viajar a Viena. Iré con mis amigos a La­croma. El Ondina será insuficiente; rentaré un segundo yate para transportarlos. Lo haré con gusto, aunque deba de ven­der algún diamante. Deseo que los mexicanos visiten mi isla antes del final del verano. El palacio es inhabitable a partir de octubre y los vientos invernales del Adriático hielan sus jar­dines. El verano de Lacroma es, en cambio, extraordinario. ¿Qué cara pondrán cuando la conozcan? Pobre Juárez, vi­viendo entre escombros, con gesto amargamente estoico, en perpetua deuda con Washington.
No podremos quedarnos mucho tiempo en Lacroma. La visita a Viena será impostergable. Francisco José se empeña­rá en restregarme mi derrota. «Te lo advertí», me sermoneará a la menor provocación. Y yo, Maximiliano de Habsburgo-Lorena, asentiré humildemente. Aprendí la lección. Intenté cambiar a México: fracasé. No soy un héroe ni un caudillo, ni el dedo de Dios en la Tierra. Soy un hombre que quiere ser feliz.
 

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