Antes de las «Manías»

0
2853

La revista Istmo y yo tenemos casi la misma edad. La diferencia es que el paso del tiempo fortalece a las instituciones; mientras que a las personas nos envejece. Para una revista los años de existencia se suman; para los hombres, se restan.
Pero no es de mí de quien quiero hablar, sino de Istmo. Conocí la revista cuando estudiaba la prepa en la Universidad Panamericana, allá por los años 70. Un profesor de lógica o de ética nos puso a leer algún artículo. Les confesaré algo. Me pareció una revista muy conservadora.
Durante la secundaria, yo había devorado la literatura de Rius, el monero. ¿Lo han leído? Marx para principiantes es una de sus obras. Y no sólo eso, sino que a mis 15 años me zampé el Manifiesto del partido comunista de Marx. Obviamente no lo entendí, pero a esa edad uno se cree el superhombre. También había leído con mucho gusto algo de literatura socialista, La madre, de Máximo Gorki, y Así se templó el acero de Nikolai Ostrovski. Me gustaba la música de protesta, Violeta Parra, Soledad Bravo, Mercedes Sosa. Como pueden observar, mi formación era todo lo contrario al estilo istmeño.
A muchos de ustedes, estos nombres no les dicen nada. Es como si les estuviese hablando de la dinastía arqueménida. Pero en aquellos tiempos, esta formación era poco convencional para un estudiante de la prepa de la UP.
Y, además, como siempre he sido medio fanfarrón, me encantaba contrariar a mis profesores. En una de ésas, el capellán de la prepa me mandó llamar para averiguar qué tipo de bicho era yo. Para mi sorpresa, el hombre volvió a recomendarme Istmo. «Ahí encontrará artículos muy buenos sobre el comunismo».
Aquí quedaría muy bien contar que la lectura de Istmo me convirtió. Pero no fue así.
Desconfíen ustedes de las anécdotas grandilocuentes. La verdad es vulgar, gris y aburrida. En mi opinión, la revista hablaba demasiado de temas cristianos y arremetía, a la menor provocación, contra el socialismo. Estábamos a mediados de los años setenta y el comunismo soviético ya se encontraba herido de muerte.
Sin embargo, por curiosidad, revisé los números viejos de Istmo. A diferencia de los números de los años 70, los ejemplares de los 60 me interesaron más. Disfruté su diseño sobrio, con dibujos elegantes y de cierta pretensión artística.1 Encontré que en aquellos artículos de los años 60, había un guiño hacia la cultura francesa. Aunque los autores reprobaban el existencialismo de Sartre, Istmo me remitía a los cafés de Saint Michel y Saint Germain, que yo había visto en el canal Once.
A finales de los años 70, conocí a Carlos Llano en una conferencia que dio en el IPADE como parte de un curso de orientación vocacional. El curso remató con una comida en la que se sirvió vino. Los compañeros de mi mesa, por cierto, consiguieron que el mesero nos trajera una segunda botella. A partir de esa conferencia, comencé a leer a Carlos Llano en Istmo. Como orador, era mucho más ameno que como escritor; no obstante, me interesaron sus colaboraciones.
 
AL PRINCIPIO NO ME PUBLICARON… MENOS MAL
Cuando comencé a estudiar Filosofía, en la UP había un optimismo desbordante. Juan Pablo II se encontraba en la plenitud de su pontificado y el sindicalismo polaco tenía en jaque al Kremlin. Fue en aquella época cuando le pedí a mi papá que me regalara de Navidad una suscripción a Istmo. La mantuve un año. Después me di cuenta de que había sido un error, porque hallé la manera de agenciarme ejemplares gratis. Llano era mi profesor y su secretaria, Josefina, me facilitaba los ejemplares.
A la mitad de la carrera, redacté un trabajo sobre los héroes griegos para una materia. Al profesor le gustó y le propuso su publicación a Patricia Montelongo. Salté de alegría; me imaginaba ya recibiendo el Nobel en Estocolmo. Afortunadamente, el texto nunca se publicó. Menos mal. Ahora estaría sobornando a los directivos de Istmo para borrarlo de los anales de la revista.
Publiqué mis primeros dos artículos en Istmo, cuando era un joven profesor. Uno trataba sobre Nieztsche (número 164), el otro sobre el arte barroco mexicano (número 163) que, como ustedes saben, es una de mis aficiones. No sé cuál de ellos fue el primero; revisaré en mis archivos. Lo importante es que llevé mi manuscrito y se lo entregué a alguien de la redacción. Transcurrieron algunas semanas de silencio. Finalmente, tras pedirme pequeñas correcciones, aceptaron mis textos. Me pondré un poco cursi, pero ese hecho sí que marcó mi vida. Descubrí que me gustaba escribir.
En 1989, se me ocurrió proponer a Istmo un número especial sobre el Bicentenario de Revolución Francesa (número 182). Invité a algunos colegas a colaborar y, no es por nada, pero la edición salió muy bonita, gracias al trabajo de los editores y redactores, con decirles que la Embajada me puso en su lista de invitados para los cocteles de ese año. Yo creo que por esa época comencé a descubrir el encanto de la provocación. Recibí una carta muy airada de un lector, reclamándome por promover la celebración de una revolución masónica, que había perseguido sacerdotes.
¿Me han censurado en Istmo? No que yo recuerde. Aunque sí hubo un artículo que me rechazaron; trataba del Islam; pero el argumento fue contundente: no sabes de ese tema. Sentí ganas de convocar a un boicot internacional contra la revista, pero antes le mostré el texto a un experto en el tema. Y me dijo lo mismo: no sabes del tema. Así que suspendí la toma de las oficinas de Istmo.
Me acuerdo de otro detalle. Comenzaba el sexenio de Salinas de Gortari, y yo, como otros estúpidos, me creí el cuento de que gracias a las reformas salinistas, México se convertiría en un país desarrollado y justo. Embelesado por el salinismo, comenté de paso en un texto que el gabinete de Salinas era uno de los mejor preparados de la historia de México. (Y conste que nunca recibí de Salinas ni una tarjeta de felicitación.) La redactora me sugirió omitir ese elogio, porque «siempre reciben muchos». En mala hora no le hice caso. El artículo apareció publicado con ese guiño al salinismo. Me arrepiento.
No recuerdo cuándo me invitaron a formar parte del consejo de Dirección de Istmo. Supongo que Carlos Llano y la querida Patricia lo hicieron para que viera las tripas del animal. No es lo mismo criticar desde fuera que ver la maquinaria desde dentro. Ingresé al consejo hecho un analfabeto financiero, pues ni siquiera sabía leer el estado de cuenta de mi tarjeta de crédito.
Tampoco recuerdo bien a bien cuándo comencé con esta sección. Olvidé a quién se le ocurrió el nombre de «Manías». Imagino que fue a Patricia Montelongo. El nombre me encantó. Desde entonces, intento expresar en este texto mis obsesiones y preocupaciones. A veces, los editores me dicen que soy demasiado pesimista y crítico; mi trabajo es, entonces, convencerlos de que no lo soy. Al contrario, soy un optimista beligerante, porque creo que hoy estaremos mejor que mañana. Sonrío hoy porque mañana no habrá motivo alguno.
Como se darán cuenta, me divierto mucho escribiendo aquí. Y ésa ha sido una lección muy importante que me deja Istmo: debemos divertirnos al trabajar, de lo contrario, vamos a gastar un dineral en gastroenterólogos y psiquiatras.
Mi vocación de escritor se la debo, en buena medida, a la revista.
Por estos motivos, y muchos otros, estoy agradecido con Istmo. Y muchas gracias a todos ustedes que contribuyen a elevar el promedio de lectura de México.
 
 
Notas finales
1          Nota de la redacción. Don Jorge Chapa ilustró Istmo en sus primeros años con dibujos, efectivamente bastante artísticos.
 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí