¿Quién es Gabriel Zaid?

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Cumplió 80 años el 24 de enero y, como hace diez y veinte años, se le organizó un homenaje; muchos medios hablaron de él y revisaron su obra. Lo llaman «despertador de conciencias», «admirable pensador socrático», «intelectual católico y moderno, crítico y creyente», «clásico vivo»… Sin embargo es poco conocido para un amplio público y no deja de escucharse la pregunta que titula este artículo.
¿Qué más se puede decir de Gabriel Zaid? Al cumplir 80 años, intelectuales, escritores, periodistas y poetas, entonaron con acierto y buena prosa un coro de alabanzas a ese personaje misterioso, sorprendente y agudo, sin el cual no se entendería la vida cultural contemporánea de México.
Tras leer tantos textos de firmas reconocidas, parece superfluo agregar algo más; sin embargo, para muchos, la pregunta sigue vigente ¿quién es Gabriel Zaid? A pesar de la indudable influencia que ha ejercido en distintos ámbitos, no es tan conocido como debiera, en parte, sin duda, por su obstinado empeño en mantenerse apartado de entrevistas, focos, micrófonos y de la fama. Desea ser conocido sólo a través de su obra, no asiste a las presentaciones de sus libros ni a los diversos homenajes que se le han hecho.
Empiezo con una pequeña trampa: tomo prestadas algunas atinadas frases de quienes lo enaltecieron en este reciente aniversario o en otros momentos.
Zaid «es poeta, es ensayista literario, es antólogo (que es una forma de hacer crítica literaria), es un divulgador y un promotor de la lectura como pocos, pero lo que más me importa de Zaid (en donde confluye quizá todo lo anterior) es su pensamiento despierto y su capacidad de hacer pensar a los lectores» (Juan Domingo Argüelles). Sin duda un «clásico vivo» (Enrique Krauze).
«Nunca lleva su presencia a una actividad literaria (mucho menos a algún homenaje que se haga a iniciativa de sus admiradores y amigos) porque él sabe, y lo ha escrito, que en una actividad literaria lo que importa es la actividad, no la literatura» (Juan Domingo Argüelles).
Además de escritor y poeta, siempre ha publicado con regularidad en periódicos y revistas; actualmente lo leemos en Letras Libres, Contenido y Reforma. Es autor de más de veinte libros, fue miembro del El Colegio Nacional y de la Academia Mexicana de la Lengua, aunque renunció a ambas. Compila antologías, impulsa obras culturales y ha encabezado batallas por temas como los derechos de autor o la ley del libro. Asesora financiera y literariamente revistas y editoriales; rescata poemas de Carlos Pellicer o las tradicionales canciones de Cri-Crí, para presentarlas en cuidadas ediciones. Además, dirige una empresa propia y asesora otras, lo que le ha permitido mayor libertad de opinión.
 
CRÍTICO FEROZ Y EXACTO
Su prosa y su poesía son como una jugosa carnada; lanza el anzuelo y casi todos los lectores que lo muerden, quedan atrapados en su conversación. ¿Por qué? Porque «Sus artículos y ensayos sorprenden, hacen pensar, intrigan y, a veces, irritan. Zaid es un escritor que no quiere seducir al lector sino convencerlo, que jamás lo adula y que no teme contradecirlo» (Octavio Paz). 1
Ve y se explica la realidad siempre con un enfoque novedoso y aporta argumentos armados con «las pinzas agudísimas de la lógica» (Víctor Hugo Piña Williams) «La constante sorpresa en lo que Gabriel dice, el ángulo que no se me había ocurrido, el vislumbre de una nueva forma de ver algo ya conocido, clasificado y así urgido de reclasificar» (Luis González de Alba). «Piensa distinto (…) en cualquier tema que aborda: la historia, la filosofía, la literatura, la poesía, la lectura, la educación, el poder, la cultura, el progreso de los pobres, la izquierda, la conversación, los libros, los títulos profesionales, la economía» (Teodoro González de León).
Como ensayista, «Zaid ha conquistado merecidamente una legión de lectores» (Enrique Serna). Atrae por «su generalidad, su amplitud, su dominio de una amplísima variedad de temas, siempre vistos en forma objetiva y con perspicacia. Nos habla de cultura, de educación, de economía, de política, de sociología, de literatura, de moral, y de muchos otros temas, siempre con la misma claridad, precisión y puntería» (Ruy Pérez Tamayo).
«Descubrí a Gabriel Zaid en la década de los ochenta a través de libros y artículos de naturaleza muy disímbola. Se trata de Ómnibus de la poesía mexicana, Cómo leer en bicicleta, El progreso improductivo, Colegas enemigos, una lectura de la tragedia salvadoreña. Ya fuera en el terreno de la economía o de la crítica política, su escritura se caracterizaba por una mezcla de precisión erudita y de ironía tranquila» (Gilles Bataillon).
«Gabriel Zaid nos enseñó (entre otros importantes ejercicios) a leer en bicicleta… un ensayista y crítico original con sus pares. Y feroz (y exacto) con la vida cultural y también con la política en la que estamos inmersos y que no nos merecemos» (Vicente Rojo)
 
VALENTÍA, PRECISIÓN Y HUMOR
En un reciente homenaje en el Colegio Nacional se subrayó la valentía de Zaid a quien nunca le ha preocupado ir contra corriente. Especialmente en los años en que la libertad de expresión escaseaba en México, Zaid criticó con dureza y muchas veces con sorna, los abusos del poder, mostrando cuán fácilmente se cae en contradicciones y disparates.
Disfruta plantearse a sí mismo desafíos: «Si algo no se puede, significa que Zaid va a poder. (…) Sus versos son desesperadamente perfectos y breves» y para ello, qué mejor ejemplo que ese poema suyo «Alba de proa», en que rima todos los verbos en infinitivo, lo que augura un rotundo fracaso para cualquiera, excepto para él. «No hay para él prohibiciones temáticas. Duro y transparente, con una musicalidad que recrea la musicalidad de la inteligencia cuando aprende a pensar» (Julio Hubard).
No todo lo que escribe es crítica y ensayo sesudo, aplicando ese esquema de originalidad y su continua ironía, juega y se divierte, «incluso con el riesgo dice él mismo de acabar excomulgado de los círculos serios y quizá del país».
En las primeras páginas de su libro Cómo leer en bicicleta, explica cómo se propuso la originalidad como tarea, y llegó a diversos logros por vía negativa, poniendo obstáculos a su propio razonamiento: «Cuando empecé a escribir estos artículos, mis propósitos eran exploratorios: ensayar con el ensayo mismo, como género de creación. Estaba harto de leer ensayos sobre literatura escritos sin la menor conciencia de la propia literatura. Empecé por hacerme una lista negativa, de las diecisiete o no sé cuántas cosas que me fastidiaban».
Después se pregunta si será posible escribir evitando todas esas cosas y agrega que resultó un gran estímulo inventivo. «No sólo se descubre que es posible: se descubren muchas otras cosas, inesperadas e interesantísimas, que quizá de otro modo nunca se hubieran descubierto. (…) Quería hacer como los artesanos orgullosos que crean un molde y lo rompen para no volver a usarlo. Huelga decir que la exigencia fue superior a mis fuerzas: por ejemplo, repetí la fórmula del proceso mental detectivesco».
Más tarde se burla de sí mismo al comprobar que sus lectores nunca descubrieron eso y recuerda la frase de Cervantes: «Siempre queda el recurso desesperado de hacer más inteligible el dibujo de un gato poniéndole un letrero que diga: éste es un gato».
Con sorna plantea las bases para inventar una máquina que facilite la «industria del elogio» y sugiere los pasos para crear un programa de computadora capaz de producir elogios rimbombantes, únicos y adecuados a cada ocasión.
Con el mismo ingenio burlón con que ataca siempre el manejo de la cultura desde el poder propone una nueva disciplina: la demografía literaria. «Hoy que la ciencia y la cultura se han vuelto administración, la demografía literaria tiene un gran futuro como disciplina de apoyo a la planeación cultural. Los porcentajes de la tabla, por lo pronto, facilitan los trabajos de proyección presupuestal para los homenajes de los años futuros. Permiten prepararse para los altibajos».
 
SE ESMERA PARA NOMBRAR CADA COSA
Experimenta con las ideas, se divierte con las palabras e ironiza con ambas. Su continua lectura de autores clásicos, contemporáneos y de todo tipo de publicaciones, dan alas a su lenguaje dinámico y renovador. Acuña expresiones nuevas y crea palabras, descubre y describe en qué consiste el progreso improductivo, la dexiología (ciencia de la ‘mordida’), la atención de plástico (atención personal con prisa y deshumanizada), el delito de lesa modernidad, la venta de tiempo obediente (trabajo asalariado), las mordidas fraternales, las incertidumbres sexenales (renovación de mandos en cada administración) y la santa alianza tripartita (las pirámides del poder: gubernamental-sindical, académica y empresarial).
Continuamente corrige, se autocorrige y sugiere mejoras. Señala –como si no hiciera otra cosa que perseguirlos– errores, plagios o curiosas coincidencias en palabras y textos de escritores que admira o desdeña.2  Analiza los vocablos en su origen semántico, histórico y literario y los compara con los de otras lenguas citando docenas de diccionarios. Es capaz, por ejemplo, de llenar dos apretadas páginas impresas con el análisis detallado, sistemático del vocablo «inclusive». Define sus matices, usos y carga emotiva y precisa las diferencias de esa palabra con otros adjetivos: «más latina, más técnica, más coqueta que incluso».3
Se burla de los críticos que hacen refritos de sus propias frases y cuyos textos, como piezas intercambiables, utilizan en diversas ocasiones o referidos a distintos autores: «hay quien cobra dos y tres veces, habiendo trabajado una sola, muestra los yacimientos de talento en bruto que hay en el país para industrializar la crítica. Sólo falta refinar.»4 Disfruta también inventando con los juegos de palabras. En 1992 dijo de la revista Nexos: «actúa como una especie de CTM cultural, mediadora del apoyo cultural a la presidencia y del apoyo presidencial a la cultura».5 Criticó a la Secretaría de Educación Pública porque «En vez de pensar en términos de lectura, sigue pensando en términos de impresión: de impresionar a quien se deje, imprimiendo muchísimo».6
Poco común entre los hombres de letras, aunque lógico en un ingeniero, Gabriel Zaid comparte su pasión por los libros con un genuino amor por los números. Quizá por su afición por lo breve y contundente que se refleja también en su prosa. Le atrae la exactitud, la posibilidad de representar en fórmulas realidades demostrables, el comparar cifras… y en especial, aplicar herramientas propias de unas disciplinas en otras aparentemente ajenas.
Aplica fórmulas y ecuaciones, a la sociología, a la poesía, a la literatura o a la crítica y logra dar nuevo enfoque antropológico al colocarse en una atalaya diferente. Cambia el sistema común de categorías para encontrar una visión más realista y explica su nueva lógica e incluso el camino, sus rutas de conexión para ese nuevo orden.
Se sirve de imágenes gráficas y significativas para ejemplificar realidades e ideas. Compara, por ejemplo, a la sociedad mexicana con un triángulo del que las dos terceras partes están sumergidas en el agua. «Nosotros (los universitarios) vivimos en la parte superior, a flote, que permite respirar. Lo cual no quiere decir que ignoremos el resto por completo: aunque se nos olvida, sabemos vagamente que está ahí, y hasta hacemos o sabemos de excursiones de buceo turístico, de investigación, de piratería (…). Desde esa panorámica, es muy difícil pensar en soluciones vistas desde el fondo sumergido».7
 
INTELECTUAL INDEPENDIENTE Y LECTOR IRREDENTO
Mucho se habla de la proverbial libertad intelectual de Gabriel Zaid, cualidad que reconocen amigos y detractores y él trae a colación con frecuencia refiriéndose a sí mismo o a otros.
Su libertad, primero que nada, es de pensamiento, y el deseo de conservarla y ser coherente con sus ideas, lo ha llevado a buscar independencia en todos los aspectos. En lo económico no vive de ningún presupuesto gubernamental o académico, no se considera especialista en algo concreto, no pertenece ni defiende ningún partido político ni se sujeta a verdades oficiales, académicas, económicas o sociológicas. Todo esto, más su empeño por no casarse con ideas preconcebidas, le dan una autonomía poco común para mirar, analizar y opinar.
Reconocen esta característica otros intelectuales mexicanos. Al recibirlo como miembro de El Colegio Nacional en 1984, Ramón Xirau mencionó: «Muchas veces se ha dicho que carecemos de escritores críticos y, en general, de espíritu crítico. (…) Zaid lo es (…) y con independencia. Lo reitero: con independencia, y si en este punto insisto es porque hay pocos pensadores independientes».
Esta independencia y falta de ligas de Zaid, no implica imparcialidad antiséptica, el rehusarse a tomar partido o plantear sus preferencias políticas, es fruto del deseo de poner las ideas en práctica, en igualdad de oportunidades, de tal forma que ni él ni sus lectores se vean aislados del resto de los puntos de vista, de manera caprichosa y arbitraria.
Se proclama a sí mismo lector irredento y compara, como Borges, la lectura ininterrumpida con el paraíso, del que sólo concibe la expulsión como un castigo. Su pasión por los libros lo llevó a lo que él llama grafomanía y sus muchos artículos sobre el tema, han dado origen, hasta ahora, a cuatro libros cuyo principal protagonista es, justamente, el libro: Los demasiados libros, Cómo leer en bicicleta, De los libros al poder y Leer. Dice que el libro «es una plaza pública igual que Hyde Park»8  y que un buen libro puesto en el lugar y momento adecuados puede animar una buena conversación.
 
HUMANISTA CATÓLICO EN BUSCA DE LA VERDAD
En sus textos, Zaid centra su diálogo en el descubrimiento y la búsqueda de la verdad. Escribe con claridad y sencillez sin aprovechar la retórica para lucir sus hallazgos o invenciones.
Su objetivo, más que exponer sus teorías, es explorar con sus lectores respuestas a cuestiones que a él le interesan, «cosas que me han dado qué pensar; preguntas con qué leer, contemplar o escuchar; motivo de reflexión o diálogo con amigos; asunto de notas escritas de improviso»,9 «y sobre todo, encontrar verdades».10
Para ello, aunque es católico, no adopta una postura confesional; se ha movido y ganado el respeto en ambientes liberales y de izquierda. En el ensayo «Muerte y resurrección de la cultura católica»11 habla de la dificultad de los artistas o intelectuales cristianos para hacerse oír, con una precisión no falta de ironía y de cómo, por criticar algunas veces la actuación de católicos, lo llaman heterodoxo.
Muchos intelectuales coinciden en que su obra ayuda a iluminar, a llevar una luz que implica fe en la humanidad y, junto con la dura crítica, plantea innumerables veces, posibles salidas y mejoras, propuestas que en muchos campos se han hecho realidad.
Termino con una frase de Julio Hubard: «Repito lo que me dijo una vez Hugo Hiriart: nunca he leído a Zaid sin aprender algo nuevo».
 
 
Notas finales
1          «Respuestas a Cuestionario −y algo más». Revista Vuelta, 1977, 4. pp. 43-46.
2          «A propósito de berenjenas». Vuelta 31 México, 19 79 p. 47; «¿De quién es ‘La casita’?» Vuelta 207. México, 1994 p.77
3          «Cuatro maneras de no decir inclusive». Vuelta 35. México, 1979 p. 45-47
4          Cómo leer en bicicleta. “La muñeca de papel” p. 69-71
5          «Resumen». Vuelta, 181. México, 1992  p. 52
6          «Tirar millones». Vuelta 9. México, 1977 p. 50
7          «Carta a un lector inquieto por El progreso improductivo». Vuelta 33. México, 1979. p. 45
8          «La efectividad poética». Obras 2. El Colegio Nacional. México, 1993. p. 41
9          Obras. 2 El Colegio Nacional. p.18
10       Leer poesía. Joaquín Mortiz. México, 1972 p.14
11       Vuelta, núm. 156, noviembre de 1989, p. 19
 
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AFORISMOS ZAIDIANOS
El aforismo es un género diminuto y certero que día con día se posiciona en las redes sociales. Para Gabriel Zaid «Es el encanto de la brevedad desmesurada, de la pequeña afirmación contundente como una ley universal».
 
Sergio González Rodríguez, publicó una selección de aforismos zaidianos sobre la cultura y el poder. (Reforma. Suplemento cultural El Ángel 13/XI/94) He aquí una decena que dicen algo sobre su autor.
 
•          Ahora hay más gente preparada que nunca, con más poder que nunca, pero el país no está mejor que nunca. ¿De qué ha servido tanta preparación?
 
•          Muchos universitarios siguieron los pasos del Che Guevara como una especie de Imitación de Cristo. Se creyeron la fábula de que es posible purificar por la matazón: la misma fábula que creen otros guerreros consagrados a la defensa de Occidente.
 
•          El progreso consiste en ser monárquico (hasta que se vuelve obsoleto), liberal (hasta que se vuelve obsoleto), marxista (hasta que se vuelve obsoleto).
 
•          Ojalá un día todos los mexicanos lleguen a tener un título. Sólo así llegará a estar claro que, para efectos de saber, un título y nada es lo mismo.
•          No es lo mismo tener como cliente al público, que tener como cliente a un superior. La producción intelectual dependiente es una mercancía distinta, para un cliente distinto, que la producción intelectual independiente. Hasta los precios son distintos y no por casualidad. El mercado de la obediencia paga mejor.
 
•          Aunque sería muy bueno que la gente de ideas opuestas se leyera entre sí, no suele haber mucho público para eso.
 
•          No todo progreso es improductivo. El progreso que introduce la bicicleta, por ejemplo, es sumamente productivo: consiste en moverse cuatro veces más a prisa que a pie, con un trabajo calórico cinco veces menor.
 
•          Lo peor de todo es que la gente favorecida con los subsidios, no los aprecia en todo lo que cuestan: únicamente en lo que valen, que siempre es mucho menos.
 
•          El progreso moral de las sociedades modernas no consiste en que hayan suprimido la flaqueza humana, o estén constituidas por personas valiosas. Consiste en que acepten con sentido crítico las ambigüedades del poder, lo sometan a la luz pública y lo aprueben o revoquen pacíficamente.
 
•          La mentira oficial no es consecuencia de la corrupción (para ocultarla): es su condición de origen.
 

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