Omnívoros de la cultura

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La nueva concepción del término cultura se enreda con el negocio del entretenimiento y se maneja con criterios del mercado: promoción y marketing, amplia oferta, libertad para elegir… Como suele suceder, ofrece notables ventajas y desventajas. Resumimos algunas ideas del reciente libro de Zygmunt Bauman, La cultura en el mundo de la modernidad líquida (FCE, México, 2013), que hace un certero análisis de la idea de cultura su historia y transformación.
Las llamadas élites culturales, junto con su esnobismo y desdén ante las manifestaciones de cultura baja o popular van en retroceso o casi han desparecido. Pasaron de moda esos personajes o grupos que se consideraban a sí mismos superiores en la escala social, verdaderos amantes del arte, capaces de discernir y juzgar qué es arte y qué no.
Lo moderno, lo actual es ser omnívoro. Es decir, disfrutar hoy de la ópera o de una obra de teatro clásico y mañana de un concierto de heavy metal, una serie de televisión, o de un espectáculo netamente popular. Fuera distingos entre gustos refinados o vulgares.
Entre las muchas razones de este cambio es que prácticamente ya no existe la frontera entre cultura y entretenimiento. Hay que ser incluyentes, cool y apreciar ¿o debemos decir consumir? las muchas y variadas opciones que ofrece nuestra época. Las normas o reglamentos que fijaban límites ya no operan, ahora predomina la idea amplia de cultura, según la cual, todo modo de ser, pensar o actuar, puede entenderse como cultura; hay que respetarlo o… ignorarlo, pero no atacarlo, sería políticamente incorrecto.
Estamos en la era de la tolerancia, de la libertad y además, en el mercado globalizado, del tiempo, de las ideas y del entretenimiento. Quien promueva con mejor marketing su producto, sea pintura, cine, concierto de música pop o libro, llevará la clientela a su molino.
 
SALVEMOS AL PUEBLO DE LA IGNORANCIA
Cuando surgió el concepto de cultura, en la época de la Ilustración, hacía referencia a la agricultura: la tierra se cultiva para que genere mejores frutos y la cultura debía ser igualmente un agente de cambio. Al rozarse los individuos con las mejores ideas y creaciones de la humanidad, su vida se iluminaba y superaba los prejuicios y supersticiones pueblerinas.
Esa idea de cultura tenía tres características: optimismo (el potencial para el cambio en la naturaleza humana es ilimitado), universalismo (todas las personas, en todos los lugares y tiempos tienen el potencial de alcanzarla) y eurocentrismo (por la convicción de que ese ideal se había generado en Europa). Se identificaba con la europeización, cualquiera que fuera el significado de ese concepto, se asociaba, y en muchos casos todavía se asocia, a una misión proselitista: las personas cultas, las naciones cultas, debían educar a las masas y refinar sus costumbres.
Al principio los mecenas tenían en sus manos la promoción de la cultura y las artes, después la adoptaron los gobernantes para fomentar la unidad y crear el concepto de nación. Entender así la cultura resultó sumamente útil a los estados europeos, primero para forjar su concepto de nación y después, en la conquista de territorios de otros continentes.
Partía de dos suposiciones: una división entre los educadores y las masas que habían de ser cultivadas y que la cultura ayudaría a suprimir las clases sociales. La «clase instruida» reivindicaba su derecho a moldear el nuevo y mejor orden, su obligación era salvar al pueblo de la ignorancia. Es una teoría evolucionista que no ha desparecido del todo y que adjudica a la sociedad desarrollada la función de convertir a todos los habitantes del planeta, «salvar al salvaje de su barbarie». La misión del hombre blanco era elevar al resto.
Con el paso de los años, la cultura dejó de ser un estimulante y se convirtió en un conservador del estatus quo. En el cambio de la sociedad moderna a posmoderna perdió las dos atribuciones asignadas por sus creadores, el rol misional y unificador.
 
SIN PROHIBICIONES, SÓLO PROPUESTAS
Vivimos una nueva era en la historia de la cultura. En esta época de cambio constante y de «modernidad líquida»,1 la cultura y más aún el desarrollo de las artes, son decisión de cada individuo. La humanidad hizo a un lado la idea de que el Dios creador vela por sus creaturas y designó a cada hombre «gerente general y único ejecutor de su política de vida».2 Cada uno es responsable de lo que elige.
Otra característica destacada de la actualidad es que la cultura va contra todos los paradigmas posibles. Es una batalla constante y a muerte contra cualquier tipo de normas o cánones que imponen monotonía y la hacen predecible.
A diferencia de la época anterior, la cultura actual no consiste en prohibiciones sino en ofertas; nada de normas, sólo propuestas. Se trata de ofrecer tentaciones y atraer con seducción, marketing y relaciones públicas. No impone ningún deber, mejor produce y siembra deseos y necesidades. Ya no sirve para homogenizar a la sociedad, como en su primera época, ni tampoco para estratificarla como en la segunda. Sirve al mercado de consumo orientado a renovar las existencias.
Aunque caigan muchos paradigmas, hay uno que gana terreno y se impone: divertirse y pasarla bien. Puede ser consumiendo bienes culturales, practicando deportes extremos, interactuando en las redes sociales o como cada quien desee en cada momento. Al carecer de normas y de fines externos al individuo, la cultura se mezcla y se enreda con la industria del entretenimiento, se trata de satisfacer y tener contento al yo.
Como la oferta es tan amplia, se va imponiendo la estrategia de elegir actividades transitorias e inconsecuentes. Gran parte de la oferta cultural, no toda, son bienes ideados para el consumo que compiten por la atención fugaz y distraída de los clientes potenciales.
Hay un nuevo esnobismo cultural, que consiste en negar ostentosamente el esnobismo: máxima tolerancia, mínima exigencia. El omnívoro se siente a gusto en todo entorno cultural, no considera ninguno como propio y menos único propio. En esos escenarios uno puede entrar y salir, conectarse y desconectarse, interesarse y desinteresarse, se reemplazan la fidelidad y la permanencia.
 
COMO EN UNA MEGATIENDA
Las fuerzas que impulsan la transformación del concepto de cultura son las mismas que mueven a la economía de la modernidad líquida orientada al consumo: excedente y rápido envejecimiento de sus ofertas, cuyos poderes de seducción se marchitan de forma prematura.
La cultura se asemeja a una sección más de una megatienda de departamentos en la que se ha transformado el mundo. Los estantes rebosan de atracciones que cambian a diario y promociones que aparecen y desaparecen para despertar antojos irreprimibles.
Ya no tiene un populacho que ilustrar sino clientes que seducir. La seducción no termina, se prolonga de forma indefinida. Su objetivo principal es evitar el sentimiento de satisfacción de sus clientes, porque una completa y definitiva gratificación no dejaría espacio para nuevos antojos y necesidades que satisfacer.
 
MODA, UN «PROGRESO» IMPUESTO
La cultura sigue a la moda que es como un péndulo entre diferentes anhelos y deseos: obtener sentido de pertenencia en el seno de un grupo, aparejado al deseo de distinguirse de las masas, de adquirir individualidad y originalidad: el sueño de pertenecer y el sueño de la independencia; la necesidad de respaldo social y la búsqueda de la autonomía, el deseo de ser como los demás y la búsqueda de la singularidad.
Contradicciones que se resumen en el conflicto entre la necesidad de darse la mano por un anhelo de seguridad y la necesidad de soltarse por un anhelo de libertad. O, el temor a ser diferente y el temor a perder individualidad. La seguridad y la libertad no existen una sin la otra, dependen entre sí y al mismo tiempo se excluyen mutuamente. Nunca se logra un verdadero equilibrio y ello es fuente de energía creativa y cambio obsesivo, perpetuo.
La moda procura una solución de compromiso entre la tendencia a la igualdad social y a la singularidad individual, solución que no puede permanecer quieta, estable, exige negociación continua. La moda transforma rápidamente las marcas y tendencias actuales de la distinción en rasgos comunes, vulgares y triviales. Es preciso adquirir rápido las señales que hoy indican que se es «de avanzada» y desechar las de ayer con celeridad.
La moda es uno de los principales impulsores del «progreso», del cambio, porque denigra y menosprecia todo lo que deja atrás para reemplazarlo por algo nuevo. Por progreso hoy se entiende un proceso que avanza de modo incesante sin tomar en cuenta nuestros deseos o sentimientos. De acuerdo a esta idea que emana de los mercados de consumo, el progreso es una amenaza mortal para los perezosos, imprudentes y flojos. Es indispensable sumarse al progreso si queremos escapar al fantasma de la catástrofe personal.
Al hablar de progreso, en la mente de muchos ya no está mejorar la vida de todos, sino sobrevivir cada quien. Progreso es lo que hace uno para no descarrilarse y ser excluidos de la carrera, para evitar el fracaso. Pero, dice Slawomir Mroek que antes atribuíamos nuestra infelicidad a la gerencia de entonces: Dios. «Lo echamos y nos designamos gerentes, pero no mejoró, porque cuando nuestras esperanzas y sueños se concentran en el propio ego, en reparar nuestro propio cuerpo o alma, no hay límite. Se me dijo: invéntate, concibe tu propia vida, acomódala como te plazca…».3
Pero, dice Bauman, ¿hacer eso nos traerá la felicidad? ¿No será ésta una versión «desregulada», «individualizada» del viejo sueño de una «sociedad buena» en un entorno acogedor del que la propia humanidad es garante?
 
___________________
1 Así llama Bauman a esta sociedad en que todo se ha vuelto fluido e inestable.
2 Bauman cita a Slawomir Mrożek en Male Listy. P. 21.
3 Ibidem.
 
 

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