Seducción es amor sin brillo

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Amar es una envidia verde y muda,

una sutil y lúcida avaricia.

Xavier Villaurrutia

 
Seamos sinceros, a todos se nos ha antojado que los menjurjes para enamorar que venden en el mercado de Sonora del DF sí sirvieran de algo. Lamentablemente, todas esas lociones y yerbas son una farsa. Pero atenerme a mi físico hubiera sido, en mi remota juventud, tan inútil como confiarme a los encantamientos. «Los poetas aman en secreto», me decía para consolarme.
 
Afortunadamente, la solución vino rápidamente a mis manos. Me topé con un libro que explicaba cómo conquistar a las chicas en un dos por tres. No era un bestseller de cafetería. Se trataba de El arte de amar de Ovidio, uno de los poetas más reconocidos de la antigua Roma. Su lema: «Ten confianza; todas son conquistables».
 
PRIMER PASO: HACERSE EL DIFÍCIL
Más sorprendido quedé cuando averigüé que un amigo, sumamente exitoso en el amor, pero nada culto, tenía El arte de amar como libro de cabecera. Había que concederle que estadísticamente no le faltaba quien lo apapachara. Así que decidí jugármela y leer ese libro tan traído a cuento.
Ovidio, un escritor de hace dos milenios, es maravilloso y vigente. Su más importante recomendación era, como ya dije, la confianza en uno mismo. Luego, había que tomarle cierto gusto a la conquista, ese flirteo indispensable. Mala suerte para mí. Precisamente ésos eran mis dos puntos críticos. No me creía suficientemente interesante. Mucho menos iba a disfrutar los dolores de estómago y el sudor de manos. Pero seguí leyendo.
Antes de desplegar nuestros encantos, dice, debemos frecuentar los lugares donde se pasean las mujeres: los pórticos, el teatro, los desfiles triunfales, el circo, los balnearios. Mentalmente hice la adaptación de Ovidio al siglo XX (sí, mi adolescencia tuvo lugar cuando aún no había celulares). En aquellos tiempos, las chicas estaban en los cines de Plaza Universidad del DF, en el Baby’ O de Acapulco o en el Quetzal de Zona Rosa.
La primera táctica que Ovidio recomendaba era hacer que ellas te suplicaran, y que tú no les rogaras. Anoté al margen del libro: «hacerse el difícil». Decidí no cuestionar, por el momento, el decálogo de Ovidio. Su eficacia sería probada en la práctica.
La segunda recomendación era, al momento de tender las redes, aprovechar toda elocuencia de la que fuéramos capaces al hablar. Hacernos los interesantes, dirigir bien las preguntas, ser graciosos… Eso, creo, todo mundo lo sabe. No está de más cuidar la apariencia física, devolverle las miradas y decirle a la amada una que otra frase de doble sentido, apuntaba Ovidio. En cualquier caso, la iniciativa siempre recae en el varón. Esto no hay que olvidarlo.
Pues bien, una vez establecido un mayor contacto con la amada había que hacerle todo tipo de promesas. Según el poeta, prometer no perjudica. Al contrario, con suficiente crédito, las promesas mantienen las esperanzas en alto. En palabras del poeta, éstas son «una diosa engañosa» que, sin embargo, bien presta sus servicios. Los regalos que sí le entregues, aconseja el libro, se los llevará y se acabó. En cambio, los que le prometas, los ansiará más intensamente. Como ven, Ovidio es todo un maestro de la seducción.
La conquista amorosa, no obstante, eventualmente trae consigo reveses que hay que saber superar. Todo se trata de insistir. La blanda agua horada la piedra de tanto salpicar en ella. Y es que tal vez un día la amada se muestre un poco hostil. Esto no significa que no quiera la compañía del amante. En el complejo lenguaje femenino, el desaire puede significar que no quiere que desistas. Por eso Ovidio escribe: «Persiste y verás cumplidos tus deseos».
Hay, por supuesto, más recursos que éstos. Uno, muy conveniente con las mujeres sensibles, es mostrar a veces, pero no constantemente, cierta vulnerabilidad. En otras palabras, conviene hacerse el sufrido: estoy enfermo, mi familia no me quiere, estoy cansado… Nada como darle la oportunidad de que nos cuide y proteja.
Ausentarse por un breve tiempo no es ningún desperdicio, mientras se tenga la precaución de no ofender a la amada con nuestras ausencias. Ovidio advertía que una madre se preocupa más por el hijo que se fue a la guerra, que por el que aún vive con ella. Viene bien darse a desear: este fin no te puedo ver, me voy un mes a un viaje de estudios, tretas así.
Dicho todo esto, no hay que olvidar la amabilidad, porque ésa es la llave de los corazones. Pero, sobre todo, no hay que olvidar el halago. El poeta latino decía que no hay mujer, por fea que sea, que no se considere digna de ser amada. En el fondo, ninguna se avergüenza de su propio aspecto. Lo que más quiere es sentirse deseada. ¿Cómo ven?
¿Qué hay de la infidelidad? Ovidio no tenía empacho en aceptarla, siempre y cuando la amada no se enterara. Y si lo hacía, había que aprovechar la situación, con la debida prudencia, para incitar en ella los celos, que son la llama del deseo.
Ovidio es, sin duda, machista. No obstante, debe decirse en su defensa, que la tercera parte de El arte de amar está dirigida a las mujeres. El poeta les explica cómo conquistar a los varones y, la verdad, es que somos presas muy fáciles de cazar. En opinión de Ovidio, somos medio tontos.
 
UN JUEGO DE DOMINIO
Acabé la lectura estupefacto. Revisé una vez más la portada del libro. En efecto, decía El arte de amar. ¿Ovidio nos enseña a amar? La obra, aunque de deliciosa lectura, resultó ser un manual. El poeta entiende amar como cazar una presa en el bosque. Nos enseña a tender tantas trampas tan eficaces, que hasta el animal más imponente cae derrotado. Amar, por la impresión que me dejó el libro, parecía ser un juego de dominio, una lucha de poder.
Digamos que mi amigo, el que siguió tan a pecho el libro, era exitoso estadísticamente. Es decir, en cantidad le iba muy bien. Tenía hasta cuatro amantes al mismo tiempo. ¿En calidad? Ahí estaba el problema. Eso que tenía no era amor. Táchenme de cursi, pero el amor se da entre personas, no entre una persona y un objeto. El amor es una convergencia de voluntades, un encuentro de libertad, no es la apropiación de un cuerpo.
Y, para colmo, a pesar de la parte dedicada a la conquista del varón, la perspectiva de Ovidio es la típica de una sociedad machista; el amor hacia la mujer no pasa de ser un mero divertimento. En este contexto, la mujer es una «loba», como alardean los mirrreyes de nuestra época. Así que, después de todo, El arte de amar no era el libro que había estado buscando.
Y es que no explora el amor tal cual es. Más bien, lo domestica. Amar, como lo indica el poema de Villaurrutia que cité al principio, es una angustia. Pretendemos que el otro nos ame libremente. ¿Alguien ve la contradicción? Si el otro te ama libremente, entonces es posible que te deje de amar en cualquier momento. En cambio, si te «ama» por obligación, o manipulación (en el caso de Ovidio), no es amor. Y tú lo sabes. Amar de verdad es, por naturaleza, temer perder a ese otro que nos obsesiona y que nos preocupa. La inestabilidad, yo creo, está implícita en un sentimiento que pretendemos que dure para siempre. En fin, el libro de Ovidio no era para mí, porque ni siquiera trataba del amor. En todo caso, lo desnaturalizaba.
 
 

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