Carlos Llano. Una vida nutrida de experiencias.

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Carlos Llano supo conciliar sus aspiraciones intelectuales, humanas y de negocios, gracias a ello impulsó iniciativas como istmo, el IPADE o la Universidad Panamericana, y dejó huella en quienes tuvieron la fortuna de conocerlo.
Convencidos de que su legado debe divulgarse y como un pequeño homenaje en su quinto aniversario luctuoso, presentamos esta sección especial para 2015 que surge del esfuerzo en conjunto con la Cátedra Carlos Llano, en ella reproducimos parte de su herencia intelectual.
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Un hombre que supo conciliar conceptos que en principio parecen opuestos: la amistad y los negocios o la filosofía y la empresa. Destacó como profesor, conferencista, escritor y empresario y, aunque pudo serlo, rechazó la figura de académico arquetípico o intelectual de «torre de marfil». Su desarrollo en la empresa y la academia, le permitió tocar la vida de un sinnúmero de personas, una de ellas es Héctor Zagal, autor del libro Carlos Llano, en el que destaca la personalidad de un hombre pluridisciplinar.
 
« Más vale aspirar a la excelencia y no alcanzarla, que aspirar a la mediocridad y conseguirla». La vida de Carlos Llano podría resumirse en esa frase que repetía con enjundia. Mexicano por nacimiento, de padre español, madre cubana y formación hispana, supo conjugar la Filosofía con la investigación empresarial, la docencia con la fundación de instituciones, la amistad con los negocios y la literatura con la publicación de textos sobre los temas que le apasionaban.
Carlos Llano, con sus más de treinta libros publicados, sus miles de horas de clase impartidas y su talante firme e impetuoso, es una personalidad demasiado rica para abarcar en un centenar de páginas. Sin embargo, Héctor Zagal en el libro Carlos Llano de la colección «Para entender…», de Nostra Ediciones, logra proyectar un perfil bastante nítido de su maestro.
Alterna recuerdos, muchos provenientes de sus clases, con reflexiones personales, que entrelaza con sus escritos y datos biográficos. Recuerda algunas de sus abundantes frases predilectas y, con todo ello, va dibujando, capítulo a capítulo, un retrato de cómo era, qué opinaba sobre algunos temas y qué imagen proyectaba Carlos Llano.
La lectura deja en claro muchas cosas, entre ellas, que el doctor Llano encarnaba también esa frase que con frecuencia repetía en sus clases a los participantes del IPADE: «los empresarios debían ser personas de cabeza dura (porque de no ser así, si fueran de cabeza blanda, no habrían concretado sus logros), pero no cerrada, sino abierta a nuevas ideas, nuevos planteamientos o modos de ver y hacer las cosas: firmeza de criterio con apertura de mente». Fue un hombre de principios muy claros, de convicciones firmes, pero abierto hacia quienes opinaban o pensaban diferente. Supo entablar diálogos e inspirar a otros a hacerlo.
Leer a Zagal me permitió a mí, que gracias al trabajo en esta revista lo conocí por muchos años, revivir su carácter, su fuerza expresiva, su gracia al contar una anécdota o analizar una situación.
Por los muchos años de incansable trabajo y porque presidió distintas instituciones, hay cientos o quizá miles de testigos de cómo era Carlos Llano como profesor, colega, amigo, jefe… Se las ingeniaba para hacer realidad un principio nada fácil: «las personas son lo primero en una organización», se preocupaba por la gente, la hacía sentir bien y la impulsaba a trabajar, con palabras, pero sobre todo con su ejemplo, porque era sumamente dedicado y cumplido. Lo que anotaba en su agenda nunca quedaba en el olvido, ya fuera un aspecto importante de algún asunto, una llamada a una persona o conseguir un dato.
Héctor Zagal es un testigo más, que se tomó el tiempo y el empeño para reunir en este libro ameno, ligero, sus recuerdos del maestro con quien tuvo un trato cercano, primero de alumno y después de colega.
 
HOMENAJE, NO PANEGÍRICO
Al inicio del libro, tras un acertado prólogo de Arturo Picos, filósofo y profesor del IPADE, Zagal se pregunta, poniéndose en los zapatos de quienes no lo conocieron, quién fue Carlos Llano, si realmente merece un libro, si su obra es tan importante como para pasar a la historia. Preguntas políticamente incorrectas para algunos, pero válidas para quienes no tienen por qué saber de él, de su legado o de su pensamiento.
Y a continuación aclara que su intención es rendir homenaje a su maestro e introducir a los lectores a su obra, mas no hacer un panegírico, ya que el reconocimiento sin crítica es un elogio necio y bobo. Se propone pues, entablar un diálogo con un maestro que lo enseñó a preguntar.
Recuerda las cuatro pasiones de Llano: enseñar, divulgar, escribir y emprender, que practicó y conjugó como pocas personas sabrían hacerlo y habla de cómo, en las instituciones en que trabajó, intentó poner en práctica la doctrina social de la Iglesia (lo consultaban empresarios y obispos) para demostrar que esas ideas no eran una colección de buenos deseos. En México fue una figura importante entre los intelectuales católicos de la segunda mitad del siglo XX, donde no destacan teólogos ni polemistas.
Comparte con Gabriel Zaid la versatilidad, que los hace interesantes y admirables. Llano «desconfiaba de las personalidades unidimensionales, cuya capacidad especulativa atrofia la práctica y viceversa, para él la inteligencia era multifuncional o no era inteligencia verdadera». Decía que lo típicamente humano es la capacidad de desplegar la inteligencia en diversos ámbitos de la vida.
No generó discípulos, aunque fue sumamente constante en sus clases, dirigió solamente una tesis y tardíamente se insertó en el Sistema Nacional de Investigadores. Le gustaba mucho leer y escribir, pero no se dedicó exclusivamente a ello porque sus múltiples obligaciones se lo impedían y porque temía convertirse en un intelectual de torre de marfil, recomendaba combinar el trabajo intelectual con algo práctico para no perder piso.
 
LA FILOSOFÍA AYUDA A PROFUNDIZAR EN LA EMPRESA
Al hilo de su biografía, Zagal va hilvanando sus capacidades y tendencias. Narra cómo, a raíz de una enfermedad cuando estudiaba el bachillerato, se interesa por la Filosofía, que no sólo se vuelve su profesión, sino que años después le permite conjugar sus conocimientos filosóficos con los empresariales y desarrollar una serie de teorías sobre la empresa y la tarea de dirigir.
También le permite hablar «a los empresarios de Filosofía y a los filósofos de empresa», en lo que con gracia y sencillez afirma que se basa su éxito como conferencista. La realidad es que además de muchas otras tácticas, una aportación esencial es que supo traducir y aplicar muchos conceptos filosóficos a las diversas formas de organización y a las tareas de dirección.
De igual modo, en su seminario de Metafísica, sorprendía a los estudiantes de Filosofía, por las «referencias prácticas, aterrizadas, terrenales, de sus planteamientos». Y seguía a Aristóteles en su advertencia contra el riesgo de disecar, al señalar que lo importante de la ética no es definir la virtud sino vivirla.
En su vida y en su obra reconocía y analizaba los chispazos de la intuición y el «enigmático sentido de la oportunidad». Sus múltiples lecturas de literatura y poesía lo proveían de ejemplos para el aula y para sus textos.
Al terminar un doctorado en Filosofía en Roma, regresa a México a ocuparse de algunos negocios familiares y llega a ser director general de la fábrica de chocolates La Suiza. Su padre lo introduce con lecturas y consejos en el ambiente y la idiosincrasia mexicana y le recomienda que no se relacione con la colonia española, para no enemistarse ni con los franquistas ni con los republicanos.
En 1959, con apenas 25 años, funda con amigos y colegas la revista istmo que dirigió hasta 1984 y de la que se mantuvo como consejero y colaborador hasta su muerte. Dejó su impronta en esta publicación que conjuga los saberes y la formación empresarial, con los temas humanistas que van marcando el curso de las ideas.
Acude a los cursos de doctorado en la UNAM para revalidar en México su título de doctor y se relaciona con maestros y condiscípulos, algunos que ya entones destacaban, como José Gaos, y otros lo hicieron un poco después, como Adolfo Sánchez Vásquez, sin que las hondas diferencias de pensamiento fueran obstáculo.
 
PERFECCIONAMIENTO DE DIRECTIVOS, FORMACIÓN DE ESTUDIANTES
Con un grupo de empresarios funda en 1967 el IPADE, Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresa, con el deseo de influir en el ambiente empresarial del país para que la empresa no sea solamente una organización que genere riqueza, sino también un lugar donde todos sus miembros alcancen un desarrollo personal. A partir de allí, empieza a estudiar y a escribir sobre la dirección de empresas y a enseñar, a través del método del caso, que lo habitual es que no existan respuestas únicas para los problemas, sino que usualmente pueden tener varias soluciones.
Apenas dos años después, empieza a trabajar, también con un grupo, en la fundación de la Universidad Panamericana, con la finalidad de dar educación integral a los alumnos. Frase muy trillada ahora, pero que él resume con sencillez en un acertado juego de palabras: «preparar al hombre para un oficio profesional y, al mismo tiempo, para el oficio de ser hombre». Para ello acude a un doble binomio de praxis-teoría y persona-objeto y establece cuatro dimensiones para la educación universitaria:
 

  1. La formación personal y teórica (humanidades)
  2. La formación personal y práctica (ética)
  3. La formación objetiva y teórica (ciencia)
  4. La formación objetiva y práctica (técnica)

 
En 1979 publica el primero de sus múltiples libros: Análisis de la acción directiva, que resume sus ideas sobre la tarea de dirigir y esboza muchas inquietudes que aborda más adelante en otros textos. «Quienes escuchaban sus brillantes sesiones y conferencias, con frecuencia se decepcionaban al toparse con el Llano escritor», afirma Héctor Zagal. No porque fuese mal escritor, sino porque su estilo era poco accesible, un tanto culterano y perdía el vigor y la frescura de la oralidad.
 
LIBERTAD NO ES REBELDÍA
En varios capítulos Zagal analiza algunas ideas esenciales en la obra de Carlos Llano y cómo a lo largo de los años las fue conformando y redondeando, lo que deduce a través de los muchos artículos publicados en istmo y en otras publicaciones, que después integraban capítulos de sus libros. Una de esas ideas es concretar los cuatro objetivos de la empresa: 1) la necesidad de servir a la comunidad, 2) de generar valor económico suficiente, 3) de desplegar las capacidades de las personas que participan en ella y 4) de garantizar su continuidad gracias a su propia fuerza.
Analiza la naturaleza humana y su comportamiento en la empresa y resume los componentes de la acción directiva: diagnóstico, decisión y mando y sus dimensiones internas y externas, es decir, las cualidades que el director debe practicar para un mejor desempeño en cada etapa de ese proceso.
El propio Llano en Las formas actuales de la libertad (1983), su primer libro filosófico, responde en cierto modo a los planteamientos libertarios del movimiento de 1968. Distingue entre libertad de y libertad para, y entiende la libertad no como liberación sino como compromiso.
Para él, la libertad no es rebeldía (falsa vía de crecimiento), no es eliminar los límites, sino ensanchar las posibilidades. La libertad crece cuando uno se decide en tres esferas: 1) la superficial y periférica, 2) la del tener, y 3) la del hacer y la del ser, uno debe decidirse a ser.
Llano contemplaba el mundo con sus propias herramientas, los utensilios que formó a lo largo de la vida, con sus lecturas y reflexión; producto de su experiencia, del éxito y del error y también de la curiosidad intelectual.
 
EL INEVITABLE INSTANTE
El libro revisa brevemente otras facetas del doctor Llano: participa en la fundación del ICAMI y del IMI en Monterrey, primeros centros para formar a los mandos intermedios (gerentes, jefes y supervisores), que en buena medida, siguen sus teorías del management. Afirma que la acción directiva no compete exclusivamente a los directores, pues todo el personal la ejerce a su modo. Cuando la dirección se centra en el hombre, todos somos directores de nuestra propia tarea, de nuestra propia vida, por ello, es lógico que busquemos perfeccionar las habilidades directivas en todos los niveles de la organización.
Participó, a partir de 1983, en el Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC), impulsado por Lorenzo Servitje, con quien mantuvo una larga amistad. Fue miembro honorario de la Unión Social de Empresarios de México. Creía firmemente en los principios de solidaridad y subsidiariedad que iluminan la doctrina social cristiana y que pueden ser la respuesta a la inequidad mexicana.
A partir de 1997, presidió el Patronato de Montepío Luz Saviñón, institución que otorga crédito prendario. La llevó de cuatro sucursales a 150 y deseaba transformar ese crédito prendario en un tipo de microcrédito que convirtiera al necesitado en protagonista de su propio desarrollo.
De 1993 a 2000 formó parte de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal, organismo plural, integrado por personas de tendencias diversas y hasta antagónicas, donde hubo de defender sus puntos de vista con sutileza en un entorno poco afín a sus convicciones filosóficas y morales.
El 5 de mayo de 2010 en un viaje de trabajo a Miami, murió repentinamente de un paro cardiaco. Trabajó hasta el último día de su vida. Héctor Zagal afirma en la última página de su libro que tras conocerse la noticia, recibió mensajes de muchas personas que narraban pequeñas historias de cómo los había ayudado en algún momento de su vida, lo que dejó más evidente, si cabe, que Carlos Llano no sólo se ocupó de sus asuntos, vivía la magnificencia, se preocupaba por ayudar a todos los que se lo pedían y ponía su tiempo y sus relaciones al servicio de otros.
 
Libros
IS338_Carlosllano_5o_imagen01Carlos Llano
Héctor Zagal
Nostra ediciones
México, 2014
108 págs

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