Antropología, filosofía… y el mundo de los negocios

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IS341_Carlosllano_5o_principalEn 1996, la Clínica Universitaria de la Universidad de Navarra recibió al doctor Carlos Llano, quien durante una amena charla desarrolló conceptos nítidos en su pensamiento y vida, tales como la empresa, el humanismo, la familia y la felicidad individual. De la mano de dichos puntos analizó el horizonte de la sociedad mexicana de finales del siglo XX.
Por Elica Brajnovic*
* Entonces directora de Servicio de Medios Audiovisuales de la Universidad de Navarra (Pamplona, marzo de 1996).
 
Doctor Llano, ¿qué lo trae a Pamplona?
Los visito porque se celebra el 10º aniversario de la fundación del Instituto «Empresa y Humanismo» de la Universidad de Navarra, que surgió con una idea muy ambiciosa: analizar las dimensiones verdaderamente antropológicas de la empresa. Hoy, después de 10 años, nos reunimos para ver lo que se ha hecho y conocer las posibilidades de que el humanismo efectivamente influya en algo aparentemente contradictorio al aspecto antropológico y filosófico: el mundo de los negocios.
 
¿Usted nació en España o en México?
Nací en México en 1932. Soy hijo de un inmigrante, que a su vez también era hijo de emigrantes. Soy, por así decirlo, «migrante por tercera generación». Estudié en España el bachillerato y parte de la carrera. Me doctoré en la Universidad Pontificia Angelicum, en Roma, y después fui a México donde el Opus Dei, al cual pertenezco, comenzaba su labor. También cambié de residencia para atender los negocios de mi padre, mismos que inició mi abuelo.
 
¿Cómo es la empresa mexicana y cuáles son los condicionamientos de los empresarios en tal región?
En México tenemos una gran ventaja y un gran inconveniente. Ventaja porque contamos con una extensa frontera con un país muy poderoso económicamente. Eso hace que haya una corriente de comunicación con las empresas norteamericanas que exige, de alguna manera, la propia elevación de las nuestras, de hecho la empresa mexicana tiene modos de operar similares a los de la norteamericana. Muchos empresarios estudian en escuelas de Estados Unidos y las escuelas de México se fusionan con las academias de Estados Unidos.  En este sentido podemos decir que el empresario mexicano está bien preparado.
Por otro lado, existen muchas empresas de carácter familiar con tendencia a institucionalizarse, sobre todo cuando se asocian con capital extranjero, en especial norteamericano. En este punto la situación política en México no es la óptima, hay un poco de desconfianza por parte de inversionistas extranjeros, pero quizá las cosas pueden resolverse, como lo estuvieron en el pasado. Esto será en beneficio de los trabajadores que contarán con más puestos de trabajo.
 
¿Quién es culpable de los «espaldas-mojadas»: Estados Unidos o México?
Hablar de culpa siempre es un poco policíaco. Evidentemente el responsable es México, porque no ha sabido otorgar a la población mexicana, desde el punto de vista político y social, el número de puestos de trabajo necesarios para que no tengan que ser «succionados» por una economía de carácter superior. Sin embargo, hay una responsabilidad de los Estados Unidos. Existen escritos que manifiestan cómo es beneficiosa la emigración mexicana, latina en general, a Estados Unidos; no sólo porque ellos hacen trabajos que los propios norteamericanos no desean, sino porque traen un aire nuevo de deseo de superación, de fecundidad, muy provechosos en determinados aspectos del país, incluso desde el aspecto moral. En este sentido, me parece que las medidas que se toman por parte del gobierno de los Estados Unidos en contra de los emigrantes son desproporcionadas. Una cosa es que el emigrante entre ilegal al país, lo cual está mal, y otra es que al ilegal se le trate igual que un criminal.
 
 
 
¿Usted considera que hay que ser feliz para trabajar bien o trabajando bien se es feliz?
En mi opinión el buen trabajo sólo puede realizarse si uno se satisface en el trabajo mismo, no desde el punto de vista sentimental, sino antropológico. Dicho de otra manera, la felicidad es inasequible sin el buen trabajo.
Sin embargo, no basta trabajar bien para ser feliz. El trabajo, por muy importante que sea, está inserto en una variedad más rica de las facetas del hombre. Uno, además de trabajar bien, debe tener familia, amistades, un hobby… Todo ello también constituye la felicidad. Buscarla sólo por una de las fibras del hombre es reducirlo.
Debemos buscar la felicidad en un radio omniabarcante. Los múltiples aspectos que tiene la riqueza humana constituyen las distintas partes que integran la felicidad en el nivel intramundano. Hay que recordar que nadie puede ser feliz si no desarrolla la dimensión religiosa del hombre.
 
En una época previa a la tecnológica, el trabajo incluía diversas relaciones entre personas. Hoy en día nos sentamos frente a una pantalla y no sabemos el nombre de quien está junto a nosotros. En la empresa moderna ¿cómo se puede re-humanizar el trabajo?
Por razones empíricas y no de carácter espiritual, actualmente la empresa ha tomado conciencia de que no se puede dejar a la persona humana al lado de los sistemas. Estos, si están bien pensados, sirven para que las personas aunque sean individualistas trabajen juntas y logren más de lo que obtendrían en un trabajo conjunto de individualismos. Sólo al desarrollar la dimensión verdaderamente espiritual de la persona, con todo lo que eso conlleva, se puede llegar a una capacidad de acción en equipo.
El verdadero trabajo en conjunto no se logra por la vía de los sistemas de trabajo, de ordenadores y de estrategias; sino por la ruta de la comunidad entre personas.
 
Pero, ¿los empresarios tienen tiempo para preocuparse de esas cosas? ¿No van más en los resultados y sus beneficios?
Con frecuencia los empresarios no piensan en esto, sin embargo para eso estamos otros con la misión de hacerlos reflexionar al respecto hablando de la profundidad antropológica de la empresa. En mi opinión la Universidad de Navarra ha hecho una gran labor al dar origen al seminario de Humanismo y Empresa cuya función es precisamente despertar esta necesidad en los empresarios, misma que los llevará a institucionalizar a la empresa de una mejor manera que sólo aplicando sistemas.
 
 ¿Usted considera que la familia, hasta cierto punto, es una empresa?
No sé si se pueda emplear la palabra empresa, porque tiene resonancias de eficacia que la familia no posee. Ésta tiene un sentido de fecundidad, no sólo desde el punto de vista de la vida material sino desde la vida espiritual. Yo diría que la familia, más que una empresa, es el núcleo básico, es la masa crítica de todo sentido de comunidad, en ella hay una serie de valores que deben tener vigencia en cualquier ámbito humano: empresa, hospital, gobierno, etcétera.
 
Usted forma parte de un comité de derechos humanos en México. ¿Cuáles son los derechos humanos más avasallados en tal país?
Yo puedo hablar de la circunscripción que me corresponde como miembro del Consejo que preside la Comisión de Derechos Humanos, una entidad parecida a la que ustedes llaman la Defensoría del Pueblo. El Consejo de Derechos Humanos se acota a la ciudad de México, una de las más grandes del mundo y que por ello tiene problemas de muchas estaturas, pero sin ninguna duda el más grave es la impartición de justicia. Es irónico que el problema se origine allí donde los derechos humanos se deberían defender con mayor cuidado, una muestra es que la policía judicial, es decir la que está al servicio de la judicatura, está corrompida. La cuestión es muy grave porque los defectos de la policía no se pueden corregir con policía.
La labor de la Comisión de Derechos Humanos, a la que yo pertenezco, es meritoria pues hace recomendaciones al Procurador General, encargado de la justicia de la ciudad de México, cuando aparecen quejas de policías que no cumplen con su deber, que maltratan a las personas que son aprehendidas por un supuesto delito o porque no los persiguen debido a connivencia con los propios delincuentes. Esa tarea, que constituye un gran retraso para la ciudad, durará mucho tiempo, sin embargo se van dando grandes avances.
 
En una ciudad de grandes dimensiones, como la de México, ¿quiénes son los más débiles: niños, mujeres, indígenas…?
Sin ninguna duda, la mujer. En México ella tiene un significado muy alto porque conserva, incluso más que el hombre, el núcleo familiar. Ella mantiene a sus hijos y protege la vértebra familiar porque a veces el padre no es responsable. Así el apoyo de la mujer es una tarea insustituible que salva al país.
Por otro lado, el problema de México no es tanto la diferencia de clases sociales, sino la dispersión de la población que impide que los beneficios lleguen a todos. La gente huye de los lugares propios a ciudades de mayor entidad, donde goza de mayores servicios, sin embargo está poco preparada para integrarse a un empleo. No vive de la mendicidad, pero sí de trabajos marginales, tales como el ambulantaje.
En mi opinión la empresa o los empresarios actuales son más conscientes de que la generación de empleos y la capacitación de los empleados es lo que realmente puede solucionar de manera estructural los problemas del país.
 
¿Considera que el pueblo mexicano es sumamente religioso? Si es así, ¿su religiosidad es profunda o folclórica?
En México la sociedad es constitutivamente religiosa, no sólo porque ya lo era antes del descubrimiento de América y de la conquista, sino porque los misioneros españoles hallaron esa dimensión religiosa en los precolombinos.
Yo diría que la religiosidad del pueblo mexicano es profunda pero no es doctrinal. Aunque la catequesis de los primeros misioneros tuvo un gran arraigo y profundidad, México ha vivido durante muchos años una drástica separación entre la Iglesia y el Estado, y no sólo eso, también un desconocimiento de la propia existencia de la Iglesia por parte del Estado.
Tal situación ha provocado una dicotomía entre la enseñanza pública y la conservación de las costumbres cristianas familiares, pero esto deja mucho que desear desde el punto de vista de la doctrina. El conocimiento doctrinal de la Iglesia está desbalanceado por la profunda fe que el pueblo mexicano tiene de aquello que en cierto modo desconoce.
 
Se dice que en México hay muchas diferencias entre pobres y ricos y que por ello hay personas que sufren grandes necesidades. ¿El catolicismo ha hecho algo para remediar este panorama?
El catolicismo en México aún no tiene la suficiente profundidad para vivir una justicia social adecuada. Las diferencias socioeconómicas claman al cielo. Cohabitan en el país dos grupos opuestos: uno muy poderoso desde el punto de vista monetario y otro en la miseria más radical.
El espíritu cristiano en México hizo mucho: convirtió a los indios en los tiempos de la conquista española; sin embargo desde un punto de vista tal labor es insuficiente, pues hasta ahora el cristianismo no ha hecho lo necesario para penetrar en las clases pudientes y hacerlos ver que su vida cristiana no es compatible con una diferencia tan grande. Que quede claro que con ello no quiero decir que en las clases pudientes no hay personas que sean fieles y devotas.
Por otro lado, también hay que advertir que toda la pobreza que existe en México no depende sólo de los ricos. Como decía el fundador del Opus Dei, el beato Josemaría Escrivá, sería un error tratar de echar abajo a los que están arriba, lo que hace falta es tirar para arriba a los están abajo. Ahí está la batalla de México, una cruzada de capacitación y promoción social para que la gente de menos recursos adquiera la capacidad suficiente y se coloque en una situación vital más digna.

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