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@HugoCuestaL

El reto más difícil y a la vez el más fructífero de tu vida es encontrar tu misión, lo que te apasiona y mueve. Aquí algunas reflexiones para alcanzarlo.

 

Según cuenta la leyenda, cuando los dioses del Olimpo se reunieron para crear al hombre y la mujer, vieron que eran como ellos; casi perfectos. Para evitar una rebelión y marcar una diferencia, decidieron esconder la felicidad para que el hombre nunca la pudiera encontrar. «Serán bellos como nosotros, pero nunca felices». Después de debatir entre esconderla en el pico más alto del mundo, o en lo más profundo del océano, Zeus, el rey de los dioses, propuso esconder la felicidad en el mejor escondite de todos, en uno en donde nunca buscarían: dentro del hombre mismo.

 

LA DIFICULTAD DE ELEGIR
El mundo está lleno de cosas interesantes y todas lucen atractivas. A menos que nos dejemos vencer por la apatía, siempre estamos en la búsqueda de algo, o tenemos algún proyecto que perseguir. Dinero, casas, viajes, negocios, carrera, salud, autos, fundar, crear, cambiar, mejorar, salvar y un largo etcétera que ocupa nuestra mente y muchas veces nuestro corazón.

Nobles, mundanos, superficiales o trascendentales, los proyectos y planes desfilan seductores ante nuestra mirada, vendiendo satisfactores o resultados que muchas veces son incapaces de cumplir. Se nos presentan como la respuesta a la incómoda pregunta que subyace en las cámaras íntimas de nuestro corazón. ¿Para qué estoy aquí?

Partiendo de la base que la respuesta innata a esa incómoda interrogación es: para ser feliz, es necesario hacer nuestro el concepto de que es imposible acceder a la felicidad si no damos a nuestra vida un sentido trascendente. Y que sería ingenuo aspirar a descubrir nuestra misión (detrás de la que se esconde la plenitud) sin identificar primero aquello que nos apasiona. La vida sin pasión es insulsa y aburrida; incolora e insípida. Por lo tanto, la pasión es un ingrediente indispensable en la búsqueda de nuestra misión, en la que bien vale comprometer nuestra existencia.

Muchas veces nos embarcamos en esa búsqueda, no solo necesariamente detrás de los objetos o proyectos en sí mismos, sino de la dosis de plenitud y felicidad que esperamos de ellos.

Pero, habiendo tantas opciones y oportunidades, ¿cómo saber cuál de ellas nos aportará la cuota de plenitud y felicidad que anhela nuestro corazón? La respuesta a esta pregunta puede convertirse en nuestro proyecto vital.

La realidad es que, en un mundo saturado de alternativas y de información, resulta cada vez más difícil elegir la mejor ruta hacia el éxito. Especialmente si se trata de la elección de temas importantes, como una carrera, una pareja, un negocio o, más aún, de nuestro proyecto de vida. La presión por decidir bien nos agobia, ya que intuimos lo que está en juego y, sobre todo que las consecuencias de equivocarnos implican probablemente una carrera mediocre y una vida de frustraciones. Caemos en una «parálisis por análisis», sin entender que la única forma de no equivocarse es no hacer nada, y que ese es el mayor error.

 

APRENDER A DECIR QUE NO
Si partimos de la base de que a más alternativas, más confusión, caemos en cuenta de la importancia de limitar nuestras opciones. Pero la pregunta es ¿cuáles dejar fuera?

Un buen punto de partida es empezar por conocernos mejor, e identificar nuestras pasiones y talentos. Para iniciar esta búsqueda, es necesario plantarnos ante aquello que nos gusta hacer y para lo que somos buenos.

Por más fácil que parezca, es probable que la vida nos haya llevado por derroteros que no necesariamente coincidan con nuestros gustos, y que hayamos transitado durante años alejados de nuestras pasiones y talentos. Nunca es tarde para cuestionarnos qué tan lejos estamos de nuestro centro.

El problema es que para identificar nuestro centro, debemos dar respuesta a otra pregunta nada fácil: ¿quién soy? Aquí no me refiero ni a tu nombre ni a tu ocupación, que serían las respuestas que inmediatamente vendrían a tus labios si te hiciera esa pregunta. Me refiero a tu esencia, a eso que te hace ser quien eres y que te define como persona. A ese niño interior que se cuestiona aún cuáles son tus ilusiones y tus sueños, y que sabe lo que te hace vibrar; que conoce tus íntimos temores y sabe dónde escondes tus tesoros.

Al adentrarnos en esta búsqueda nos damos cuenta que no tenemos tan claro –como pensábamos–, quiénes somos, ni para qué estamos aquí. Las respuestas a estas incómodas interrogantes son el punto de partida más fidedigno para emprender esa búsqueda vital en pos de la plenitud y felicidad que inicia en nuestro corazón y que, intuimos, es la que definirá no solo el rumbo de nuestra vida, sino que dará respuesta a una pregunta aún más incómoda: ¿soy feliz?

Sobra decir que esa búsqueda debe ocurrir en nuestro interior, en esas cámaras íntimas de nuestro corazón donde hacen morada nuestros más íntimos anhelos, y a las que solo se accede por las puertas del silencio y la soledad. Según San Agustín de Hipona, no hay mejor forma de conocerse que a través de la interiorización, y nos invita a «no buscar fuera la verdad y volvernos hacia nosotros mismos porque es en nuestro interior donde ésta reside».

Ya nos lo decía Heidegger: «Ninguna época ha acumulado sobre el hombre conocimientos tan numerosos y tan diversos como la nuestra, pero también ninguna época ha sabido menos lo que es el hombre que la nuestra».

A esto me refiero en un artículo previo: Mi medio tiempo: la crisis de la mitad de la vida. Sin conocernos, y sin tener un plan de vida que nos oriente, vivimos a la deriva, posponiendo nuestra toma de consciencia y entregándonos sin proponérnoslo a las circunstancias o al modelo de éxito y felicidad que la opinión pública ha creado para nosotros.

Esto nos hace vivir en un estado de aturdimiento en el que, ante tantos estímulos externos, nuestra alma no vibra ya, ni se ilusiona por nada, y de tener tanto y tantas opciones corremos el riesgo de perder la pasión y el enfoque y que todo nos resulte indiferente. No creo que nadie lo pudo haber dicho mejor que Séneca. «Para un barco sin rumbo, ningún viento es favorable».

Una herramienta útil en esta búsqueda es hacer un FODA personal. Si, uno igual al que hemos hecho tantas veces para nuestras empresas: saber cuáles son nuestras fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas en el plano personal, nos ayudará a diseñar nuestro plan de acción.

Este ejercicio te permitirá también identificar tus pasiones y talentos y sobre todo hacer un maridaje entre ellos. Es en este maridaje donde se encuentra tu espacio de desarrollo exponencial que Ken Robinson llama «el elemento» y al que yo llamo «tu misión». No todos tus talentos son parte de tu misión; hay cosas que seguramente haces bien que quizá no formen parte de tu proyecto central, o que seas talentoso en cosas que no te apasionen de verdad.

 

ADECUAR NUESTRAS EXPECTATIVAS A LA REALIDAD
En su libro La búsqueda de la felicidad, Tal Ben-Shahar nos presenta un postulado fuerte y claro de que no podremos ser felices hasta que dejemos de buscar la perfección. Nos comparte también su experiencia personal de que «al intentar hacerlo todo, parte de la frustración que sentía se debía a mi incapacidad de concentrarme en una sola actividad… Era una especie de polígamo, ya que me sentía insatisfecho en todas las áreas de mi vida, y vivía intentando dedicarme a más de una actividad al mismo tiempo… y así me sorprendía contestando correos durante la cena familiar, leyendo al andar en bicicleta estática, teniendo llamadas de trabajo al hacer jogging».

»Al descubrir el concepto del Optimalismo más bien me convertí en un ‘monógamo en serie’, dedicándome a las actividades que había seleccionado y que podía hacer a buen nivel, pero de manera exclusiva y separadamente. Pasé de ser un polígamo insatisfecho a un monógamo en serie mucho más satisfecho. Y al final me di cuenta que logré mucho más.»

Su secreto fue instalarse en el presente con toda su atención y hacer «one thing at a time»: una cosa a la vez. Esto me recuerda la frase de san Josemaría Escrivá que dice  «has lo que debes y está en lo que haces». ¡Que gran consejo para entender la riqueza del tiempo presente y evitar el mutlitasking en que vivimos!

Es una buena noticia que entre el perfeccionismo que nos lleva a aspirar que todo encuadre a la perfección en nuestra vida, y la mediocridad que se conforma con cualquier cosa, surja el Optimalismo como una alternativa mucho más sana. Es la postura que privilegia el concepto de «lo mejor posible» o lo «suficientemente bueno» de acuerdo a nuestra realidad y circunstancias.

Ya Voltaire nos decía: «Lo perfecto es enemigo de lo bueno» y a pesar de saberlo, seguimos en espera de la persona perfecta, el amigo perfecto, el viaje perfecto, el proyecto perfecto, el trabajo perfecto y la carrera perfecta. De no cambiar nuestra expectativa y centrarnos más bien en buscar «lo mejor posible» seguramente se nos irá la vida sin encontrarlo, simplemente porque no existe. Nuestra naturaleza humana es imperfecta y casi todos los planes, carreras, personas o proyectos son también perfectibles.

Hacer vida el concepto del Optimalismo nos llevará a hacer las paces con las imperfecciones, los errores, los retrasos y reveses y entender que estos son parte de la vida.

Si –como a mí– esta postura te hace ruido con la frase de Jesús de «Sed perfectos como mi Padre Celestial es perfecto», tranquilizará tu consciencia la interpretación de que una cosa es aspirar a la perfección y otra, como decía Ortega y Gasset, entender que la vida se conjuga considerando también nuestro entorno. Así lo expresa en su famoso «yo soy yo y mis circunstancias». Seguramente entre estas dos frases (salva sea la enorme distancia entre los personajes a que me refiero) se encuentra el Optimalismo del que hablo.

 

BUCEANDO EN TU INTERIOR
Para que esta búsqueda funcione, debe ser seria y profunda y es necesario invertir tiempo en conocernos de verdad, interiorizar en el fondo del corazón y hacer una búsqueda genuina de nuestras virtudes y defectos, de nuestros verdaderos talentos y tesoros, esos que se esconden en el fondo de nuestro corazón y solo nosotros seremos capaces de descubrir.

Dedicamos poco tiempo a conocernos y a saber qué es lo que realmente nos gusta, para qué somos buenos y para establecer prioridades de vida. Vivimos volcados hacia fuera sin darnos tiempo para la introspección. Hoy más que nunca el «Conócete a ti mismo» resulta imprescindible para orientar nuestra vida hacia la plenitud.

El conocernos también implica revisar nuestro concepto de éxito, para confirmar que éste se encuentra alineado a nuestros principios y valores, y sobre todo que englobe todos los aspectos de la persona. Si el éxito que has venido persiguiendo se centra en el éxito profesional, empresarial y económico, te tengo una mala noticia: estás dejando de lado aspectos del éxito que son mucho más trascendentes y sin los cuales no podrás aspirar a la plenitud.

Me refiero al éxito familiar, ese que se mide conforme a la calidad de las relaciones personales con los tuyos; al éxito espiritual, cuyo indicador es la profundidad de tu relación con Dios; al éxito social, que mide la afectividad y cercanía de tus amigos verdaderos; al éxito personal, que tiene que ver con el nivel de afecto y cariño que tienes por ti mismo. Quien no se quiere a sí mismo, no es capaz de querer a los demás.

Los dioses del Olimpo escondieron la felicidad en nuestro corazón y miles de años después… seguimos buscando. Coincide San Agustín al decirnos: «El Dios feliz, que nos hace felices, habita en nuestro corazón».

Tristemente el mito se ha hecho realidad y hoy vemos a los hombres buscar la felicidad en muchos lugares, actividades, proyectos, posesiones (todos externos) pero casi nunca donde ésta se encuentra, que es en el fondo de nuestro corazón.

Para adentrarnos en esta búsqueda interior, habremos de rodearnos de un ambiente de silencio y soledad; bajar el volumen de la cantidad de ruidos externos que nos aturden, y así poder escuchar la voz de la consciencia –que es la voz de Dios–, que es una guía segura en nuestra búsqueda de felicidad y trascendencia.

 

LA BÚSQUEDA DE TU PASIÓN: UN RETO ESTRESANTE
Creo que todos estamos de acuerdo en la importancia de encontrar nuestra pasión. El problema es que no sabemos dónde ni cómo buscarla. Esta búsqueda puede generar mucha tensión, ya que intuimos que de equivocarnos en este proceso, nos jugamos la plenitud y felicidad que tanto anhelamos.

Escuchamos por todos lados que debemos encontrar nuestra pasión en la vida, pero enfrentar esa búsqueda puede ser un proceso estresante. Intuimos lo que hay en juego, podemos llegar a sentirnos avergonzados de no tener una pasión. En este entorno parece un pecado capital no tener idea de cuál es nuestra pasión y es cierto, queremos buscarla, pero parece que lo más difícil es saber por dónde empezar.

Una forma amigable de iniciar esta importante búsqueda es poniendo atención en aquellas cosas que despiertan nuestra curiosidad. La curiosidad es más fácil de identificar y nos topamos con ella a diario. La curiosidad muchas veces se presenta como un «cosquilleo» que nos dice. ¡Ey, esto parece interesante!

Este puede ser un punto de partida muy práctico y cercano y sin duda nos puede dar buenas pistas de por dónde se encuentran nuestras pasiones. En otras palabras: tenemos que pavimentar el camino hacia nuestras pasiones, y entender que no nos vamos a topar con ellas desde el primer día de la búsqueda.

La curiosidad no requiere de un compromiso muy grande. No puedes fracasar cuando en algo solamente tienes curiosidad, al final, si el proyecto no va más allá, no pasa nada. De hecho, la curiosidad no es algo blanco o negro, no exige (como la pasión) un todo o nada. La curiosidad es un pequeño paso hacia delante, no tiene que ser una sola, es incluso recomendable invertir en tres o cuatro cosas que despiertan nuestra curiosidad para ver cómo evolucionan e identificar si tienen «madera» para evolucionar y convertirse en una de nuestras pasiones.

Lo importante es entender que si la búsqueda de la felicidad se reflejara en un libro, me parece que el prólogo sería la curiosidad, los primeros capítulos se dedicarían a la búsqueda de la pasión, los siguientes a hacer un maridaje entre pasiones y talentos hasta encontrar tu misión; el final sería la plenitud y el epilogo la felicidad. He aquí una ruta concreta del proceso que debe darse en tu interior para asegurarse que tu búsqueda de felicidad pueda llegar a buen puerto.

Una vez que nos hayamos enganchado con una pasión que tenga perfil de convertirse en nuestro proyecto de vida, la única forma de llevarlo adelante es mediante un compromiso total. O sea, cerrando la puerta a muchas de las otras alternativas que nos parecían atractivas y que no se alinean con nuestro proyecto vital. En otras palabras, «quemar las naves» tal como lo hizo Cortés al llegar a México. Así eliminó toda tentación de su armada de regresar a España y solo les quedó una opción en la mesa: la conquista. Al sepultar todas las otras opciones entre las que podíamos elegir, se da un cambio de paradigma muy importante, ya que se instala en nuestra mente la única alternativa, que es seguir adelante hasta lograr nuestro objetivo.

La razón por la que muchas personas no «queman las naves» es porque temen equivocarse en su decisión. Prefieren mantener un pie en cada barco y así los barcos no pueden navegar ni llegar a buen puerto.

Benjamin Hardy escribió al respecto: «Muchas personas crean planes B en caso de que sus sueños no funcionen, e irónicamente invierten la mayoría de su talento, concentración y energía en esos planes B y estos se convierten en su vida, sin haberse atrevido nunca a ir por su sueño».

No estoy en contra de los planes B e incluso me parece que tenerlos puede ser parte de un plan realista e incluso optimalista. Esto, siempre y cuando la concentración, energía, dedicación y compromiso que invirtamos en ellos no sea en detrimento de nuestro plan A.

En pocas palabras, aunque hayamos escuchado muchas veces que tener varias opciones es deseable, tal vez ese no sea el caso. Hasta cierto punto, entre menos opciones tengas serás capaz de enfocarte mejor en los proyectos verdaderamente importantes e invertir todos tus talentos en ellos. Si tienes miedo de haberte equivocado en tu decisión, no te preocupes, ya que al no haber andado los demás caminos, nunca sabrás si la que tomaste era tu mejor opción.

Como toda búsqueda que vale la pena, el camino no será fácil ni estará desprovisto de obstáculos, pero será de gran utilidad entender que el inicio de la búsqueda de nuestras pasiones y, en última instancia, de nuestra misión, comienza por abordar seriamente las dudas existenciales que creíamos tener resueltas ¿Quién soy? ¿Para qué estoy aquí?

Y sobre todo ¿soy feliz?