Cuando Cortés regresó a Tenochtitlan después de haberse ocupado de las tropas enviadas por Diego de Velázquez para apresarlo, se encontró con la ciudad rebelada. Había dejado a cargo a Pedro de Alvarado, quien ordenó matar a traición a los mexicas reunidos en el Templo Mayor durante la fiesta de Tóxcatl. Tras la masacre, los españoles estaban virtualmente sitiados en el palacio de Axayácatl.

Después de la muerte de Moctezuma (por una pedrada mexica o por la espada española), la situación empeoró. Tenían pocos alimentos y el asedio era intenso. En compañía de sus aliados indígenas, Cortés decidió huir la noche del 30 de junio de 1520 por lo que hoy conocemos como calzada de México-Tacuba. Fueron descubiertos. Durante la fuga, perdieron hombres, caballos y artillería, y los tesoros que habían saqueado. Según la leyenda, cuando alcanzaron tierra firme, Cortés se tomó un respiro allá por el rumbo de Popotla. El soldado lloró su derrota al pie de un ahuehuete. ¿Conocen el supuesto árbol?
Esta derrota sería conocida como la Noche Triste (claro que lo de «triste» depende de quien cuente la historia). En cualquier caso, sin la ayuda de los tlaxcaltecas, los españoles seguramente hubiesen sido derrotados por los mexicas.

Cuando Cortés entró a Tenochtitlan en 1519, no tenía planeado huir y su retirada improvisada le salió muy mal. No hubiera estado mal tener un plan de emergencia en caso de que todo saliera mal; es lo que Carlos Llano llamaba, entre veras y bromas, un «Plan Popotla». A nadie le gusta pensar «¿qué pasa si perdemos?», pero tener en cuenta esta posibilidad podría evitarnos que una derrota se convierta en una catástrofe. Improvisar requiere de talento, pero también de mucha suerte. Ésta no estaba del lado de los españoles esa noche.

EL MERENGUERO CON SUERTE
¿Qué es la improvisación? ¿Improvisamos cuando actuamos sin ningún plan previo ni preparación? ¿Conocen el Eton Mess? Es un postre muy aristocrático, inventado por el cocinero del colegio inglés Eton. Es bastante simple: crema batida, trozos de fresa o plátano y trozos de merengue. ¿Saben cómo se inventó? En la cocina se preparaba un pastel de merengue con fresas y crema. En el último momento, se le cayó al cocinero. Angustiado porque no podía dejar a profesores y estudiantes sin postre, decidió recoger lo que pudo del pastel, colocarlos en copas y servirlo así, como mess, un revoltijo. El cocinero, ciertamente, no partió de cero. Con antelación, había preparado un delicioso pastel de merenge de tamaño adecuado para satisfacer a los comensales. El pastel, si damos crédito a la historia, debió haber sido lo suficientemente sabroso como para que despedazado supiese bien.

Por lo general, nuestro día a día es rutinario. Nos despertamos, nos vestimos, desayunamos y salimos al trabajo o a la escuela. Es cierto que en esta pequeña rutina podrían surgir algunos imprevistos, como que nos encontremos con el metro o las calles congestionadas o que nos llueva a la mitad del camino. O algo tan simple como no haber escuchado la alarma y habernos despertado una hora más tarde. En estos casos necesitaríamos pensar rápido para salir bien librados. Pero no actuamos sin ningún tipo de plan. Estos imprevistos son bastante previsibles, valga el juego de problemas. Existe waze, el pronóstico de clima y podemos programar tres alarmas consecutivas en el celular. Muchos problemas son previsibles y, por tanto, controlables.

IMPROVISAR E IMAGINAR EL FUTURO
La ética aristotélica reconoce el carácter imprevisto de la vida. Aunque nosotros elegimos cómo actuar, según nuestros objetivos personales, deseos y creencias, hay que reconocer que es muy poco lo que está en nuestras manos. No elegimos dónde nacimos, nuestro estado de salud, en qué época ni en qué condiciones económicas. Sin embargo, hay que vivir con eso y sacarle el mayor provecho; realizar la mejor improvisación de nuestra vida. Ya he escrito del tema en varias ocasiones.

El ser humano no sólo sobrevive, sino que se preocupa por llevar una vida buena, feliz, digna. Por ello actuamos pensando en el futuro. Tenemos la capacidad de imaginar cómo queremos que se sea nuestra vida y qué tenemos que hacer para conseguirlo. Somos seres de proyectos y planeación. La vida está llena de accidentes, afortunados o desafortunados, pero podemos responder a ellos de la mejor manera.

Para resolver problemas, solemos echar mano de la memoria y la imaginación. Por ejemplo, René Laënnec creó el primer estetoscopio gracias a la improvisación. En 1816 realizó una visita médica a una joven que padecía del corazón. La cantidad de grasa en el pecho, la edad de la chica y el comprenzible pudor de ésta por el contacto directo entre oreja y pecho, hicieron que Laënnec decidiera no realizar la auscultación habitual. Entonces recordó que ese mismo día había visto a un grupo de niños jugando con un trozo largo de madera, dándole golpecitos a un extremo y escuchando por el otro. Inspirado por esta imagen, enrolló su cuaderno de notas para formar un tubo. Problema resuelto. Podía escuchar con claridad los sonidos del pecho de la muchacha sin tocarla.

¿Podríamos vivir improvisadamente? Dicen que si un mexicano no sabe algo, se lo inventa. Somos buenos improvisando, esquivando preguntas incómodas y escapando de responsabilidades. El carácter pícaro y alburero del mexicano parece indicar que algo de ingenio tenemos. Y está bien, cada quien puede hacer con su vida personal lo que quiera, ¿qué pasa cuando de nuestras improvisaciones depende el bienestar de otros? Improvisar un ensayo una hora antes de la entrega para no reprobar una materia es un asunto; pero cuando se trata del trazado de una ciudad, de una ley, de una estrategia económica, la improvisación puede tener consecuencias mortales. Es verdad que hay situaciones que no pueden preverse, como un sismo, una explosión volcánica o una lluvia torrencial. Lo que sí se puede es tener un protocolo de emergencia, un seguro, un albergue. Seguramente algo de creatividad irá involucrada, pero no de improvisación.

Si se improvisa al momento de intentar resolver un problema que pudo haberse previsto, más que de creatividad, habría que hablar de negligencia. Si se quiere dejar para mañana algo que debe resolverse hoy, no es que seamos genios esperando el soplo de inspiración, sino unos irresponsables.

Uno de los ejercicios teatrales más difíciles es la improvisación. Actuar sin pautas, sin dirección, sin guión y sin ningún tipo de ensayo previo. Sin embargo, los ejercicios de improvisación son elementales para el teatro. Ser capaz de enfrentar lo imprevisto, ya sea adverso o benéfico, es todo un arte. En la vida cotidiana, no es fácil predecir lo que otros piensan o sienten. En el teatro o en el cine, los movimientos están planeados y los diálogos religiosamente estudiados. Sin embargo, siempre hay lugar para las sorpresas. Como el estornudo de Woody Allen sobre unos gramos de cocaína en la película Annie Hall (1977), la carcajada de Julia Roberts en Mujer bonita (1990) después de que Richard Gere le cerrara una caja de diamantes de golpe, o la violenta escena de Malcolm McDowell cantando Singing in the Rain en La Naranja Mecánica (1971).

¿Por qué practicar para lo impracticable? ¿Podemos aprender a ser mejores improvisando? Me parece que sí. Los ejercicios de improvisación enseñan a actuar bajo presión (la presión del público, de una fecha límite, de la urgencia). Las emociones suelen nublar el juicio, aunque también pueden inspirarlo si sabemos controlarlas. Y este control es una cuestión de experiencia constante y deliberada. En cambio, qué improvisar es algo que no podría aprenderse, sino sólo hacerse de acuerdo con el lugar, el momento y la situación concreta. Aristóteles pensaba que la estrategia para desplegar una vida plena no podía basarse en reglas rígidas y minuciosas. Para vivir plenamente, pensaba Aristóteles, era necesario sacar el mejor partido posible a cada momento específico. Y eso tiene mucho de improvisar. La prudencia y la improvisación son primos hermanos.

Pero regresemos a los ejemplos del arte. Yo no sé nada de piano, pero si me sentara frente a uno y comenzara a tocar las teclas a mi gusto, podríamos decir que estoy improvisando. Quizás alguna secuencia de notas no suene tan mal, pero lo más probable es que nada de lo que toque suene coherente, armónico. Y no porque en la música no haya lugar para la improvisación, sino porque no sabría qué estoy haciendo. En cambio, un músico experimentado es capaz de crear de manera improvisada una melodía. Pienso en el solo de guitarra Jimi Hendrix durante el festival de Woodstock (1969), en las bandas de jazz o el barroco. Hacer arte sobre la marcha es un ejemplo de buena improvisación. No obstante, tales improvisaciones han estado precedidas de horas de práctica técnica. Al final, creo que es mala idea dirigir una empresa o un país de manera improvisada.


* Agradezco a Karla Aguilar por su apoyo.

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