Al personal de salud, que se juega la vida salvando vidas.

 

«Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, sino que puede permanecer durante decenios dormidos en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa», dice la novela La peste de Camus. ¿Será que nunca más podamos vivir tranquilamente? ¿Será que dentro de 10 años sigamos temiendo un rebrote de COVID-19 de la misma manera que nuestros antepasados temían la peste y el cólera?

Tal y como están las cosas al día de hoy, el virus nos va ganando la partida. Algunos piensan que llegó para quedarse y que debemos resignarnos a convivir con él, de la misma manera que los europeos del siglo XIV aprendieron a convivir con la amenaza de la peste bubónica, que cobró la vida de un tercio de los europeos.

Los muchos relatos, videojuegos, novelas y películas sobre epidemias hablan del terror que nos inspiran los virus y bacterias. Desde la Historia de la Guerra del Peloponeso de Tucídides hasta Resident Evil, la peste es un tema recurrente.

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Por lo pronto, me viene a la mente Muerte en Venecia de Thomas Mann. La novela nos habla, entre otros asuntos, de las autoridades que ocultan el brote de cólera en Venecia para no ahuyentar a los turistas. Las autoridades prefieren quitar importancia a la epidemia antes que perder visitantes. El Decamerón de Bocaccio, por su parte, retrata el modo como un grupo de jóvenes privilegiados huyen de la peste negra en Florencia para refugiarse en una villa campestre, donde intentan pasarla lo mejor posible. Es la evasión, el intento de no pensar en la enfermedad que ronda las casas de Florencia.

La devastadora novela Ensayo sobre la ceguera de José Saramago nos pinta a un Estado que recluye brutalmente a los infectados. Pero la crueldad humana va más allá. Dentro de esos campos de concentración, los propios enfermos terminan violentándose y oprimiéndose entre sí. Los infectados hacen más duro el infierno en el que están encerrados. Pero no les cuento el resto de la historia para que se animen a leerla.

La magnífica novela Némesis de Philip Roth gira en torno a una epidemia de poliomelitis en una pequeña ciudad de Estados Unidos en tiempos de la segunda guerra mundial. Némesis explora las muchas aristas de una epidemia, pero yo me quedo con una. Quienes sobreviven, quienes se recuperan, también tienen que enfrentar sus propios demonios, entre ellos, los sentimientos de culpa, que no por infundados son más llevaderos. El protagonista, el joven Cantor, no sólo tiene que vivir con las secuelas de la poliomelitis en su cuerpo, sino también con un devastador e irracional remordimiento, como si él hubiese sido el causante de la enfermedad.

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La novela El húsar en el tejado de Jean Giono, es la historia de un joven aristócrata, Angelo Pardi, quien durante un viaje por una comarca azotada por el cólera, es acusado de envenenar las fuentes de agua. En efecto, durante las grandes epidemias, los humanos buscan culpables, chivos expiatorios. Los seres humanos no nos resignamos a que las fuerzas impersonales de la naturaleza sean las que nos inflijan dolores; siempre hemos de hallar personas a quien culpar. Encontrar un culpable, aunque sea ficticio, es un mecanismo de defensa para enfrentarnos ante el dolor. Incluso hoy, en pleno siglo XXI, algunos pretenden que la pandemia fue provocada por un virus fabricado por los chinos.

También les recomiendo La peste escarlata de Jack London, publicada en 1912. En el 2073, setenta años despúes de la pandemia que asoló el mundo, un abuelo les platica a sus nietos cómo era la vida antes de la peste escarlata. Es un relato escalofriante que nos recuerda que las pandemias no sólo nos arrebatan a nuestros seres queridos, sino que también transforman nuestro estilo de vida. ¿Será la «nueva normalidad» un estadio permanente? ¿Nunca más volveremos a ver el mundo como era en septiembre de 2019?

Seguramente London se inspiró en Edgar Allan Poe para hablar de una enfermedad que enrojece el rostro antes de matar a la víctima. La máscara de la muerte roja de Poe nos amenaza: nunca podremos escapar de la epidemia. Quienes se refugian en un palacete para divertirse y huir de la enfermedad se encuentran con que «las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo».

Imagino que muchos escritores ahora mismo estarán preparando una novela sobre la COVID-19. Yo no me encuentro entre ellos. La verdad es que carezco de ánimo para escribir del tema.

 

¿Será la «nueva normalidad»
un estadio permanente?
¿Nunca más volveremos a
ver el mundo como era en
septiembre de 2019?

 

Les confieso, además, que la pandemia me tomó desprevenido. Siempre pensé que la ciencia detendría la enfermedad antes de que se convirtiese en una catástrofe mundial. ¿No ha sucedido así con otras enfermedades? ¿No hemos derrotado el cólera y el tifo, que en otro tiempo fueron consideradas plagas mortales?

Y, sin embargo, la pandemia nos está ganando la primera partida. Aquí estamos, intentando sobrevivir. La economía está dañada; nuestra vida social, reducida a su mínima expresión. Algunos lidian con el miedo, más que fundado, de que la enfermedad irrumpa en su familia. Otros tienen tanto miedo que intentan no pensar en el tema; como si el virus no existiera.

Yo soy uno de los pocos afortunados que aún puede quedarse en casa. Desde el viernes 13 de marzo, no he salido sino lo mínimo indispensable; para conseguir medicinas, comprar alimentos o realizar algún trámite esencial. Como profesor universitario, puedo dar clases en línea; como escritor, puedo trabajar en mi estudio y como conductor de radio, puedo atender mi programa desde el teléfono, al menos por ahora.

Mi pequeño despacho se ha convertido en el centro de mi vida; es mi cuartel general, mi centro de operaciones. Desde el primer momento, me impuse un pequeño horario: hora fija para levantarme y acostarme, para el aseo personal, para comer, para la sobremesa con mi familia, para hacer bicicleta estática, para ver Netflix, para chatear con mis amigos, para leer novelas. Por paradójico que parezca, un plan de vida, un horario, es un buen recurso contra el hastío.

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Pero mentiría si les dijera que el encierro no me cuesta. A veces me siento cansado, aburrido, ansioso. Siento unas ganas locas de salir a pasear, a cenar con mis amigos, ir de compras. Sé que hay egoísmo de mi parte. Mientras otros sufren y se juegan la vida, atendiendo enfermos, por ejemplo, yo me quejo de mi encierro. Me siento un poco como los jóvenes del Decamerón.

¿Por qué tememos el encierro? Me parece que, en primer lugar, porque nos obliga a toparnos con una persona a la que conocemos poco: nosotros mismos. La falta de actividad exterior nos enfrenta con nuestro yo. ¿Nos sentimos a gusto con lo que somos? ¿Por qué nos molesta la introspección y el monólogo interior? ¿De verdad nuestra vida interior es tan vacía que nos aburrimos de nuestra soledad? El encierro nos obliga a hablar con nosotros y, lo que es más duro, el encierro nos coloca frente a la muerte. La pandemia nos ha recordado una realidad incómoda: la vida humana es frágil. La muerte ha dejado de ser una posibilidad abstracta y remota. En la soledad del encierro, difícilmente podemos evadir esta penosa realidad: somos mortales.

En segundo lugar, el encierro nos obliga a convivir de una manera intensa y presencial con pocas personas. A veces tengo la impresión de que las redes sociales han atrofiado nuestra capacidad de convivir en un espacio real con nuestros semejantes. A pesar de que tengamos el celular a la mano y un sinúmero de amigos en las redes, el encierrro nos pone cara a cara con personas de carne y hueso. No podemos evadirnos todo el día y, tarde o temprano, tenemos que mantener una conversación. El encierro es una ocasión para recuperar la habilidad de platicar, de «hacer sobremesa», de charlar.

Esto nos lleva al tercer reto del encierro: la empatía, la paciencia y la comprensión. La convivencia intensa en un espacio pequeño durante un tiempo indeterminado exige que minimicemos los roces personales.

 

¿Por qué tememos el encierro?
Me parece que, en primer lugar,
porque nos obliga a toparnos
con una persona a la que
conocemos poco: nosotros mismos.

 

Comencé este texto citando La peste de Camus. Les cuento un poco de ella. La ciudad argelina de Orán es azotada por la peste. El Dr. Rieux y otros médicos combaten la enfermedad con heroismo. La peste es absurda, sin sentido. Rieux no cree en Dios, pero intenta darle sentido al absurdo sufrimiento a través de la solidaridad. El Dr. Rieux no abandona a los enfermos, como los personajes de Bocaccio y de Poe. El médico arriesga su vida, porque la vida tiene sentido cuando se ayuda a los demás.

Hay también otra novela que les recomiendo. El Diario de la peste publicada por Daniel Defoe en 1722, y que describe la gran plaga que azotó Londres en 1665. La peste mató a la cuarta parte de los londinenses. Defoe no se tienta el corazón y retrata las bajezas humanas, el egoísmo, la cobardía, la rapiña durante la epidemia. Pero Defoe es cristiano y su protagonista también. Al final, la esperanza ilumina el relato. El Dios cristiano da sentido a la muerte, a los dolores, pero también a la sobrevivencia. Defoe cree que Dios es señor de la historia y, por ende, también la gran plaga juega un papel en la historia sobrenatural de la humanidad.

¿Leyeron el libro Sopa de Wuhan? Es una colección de artículos en torno a la pandemia, escritos por algunos de los intelectuales más influyentes de nuestro tiempo. Estoy de acuerdo con algunos de sus puntos de vista y con otros no. Es un escrito plural. No obstante, su lectura me deja un amargo sabor de boca. ¿El motivo? Creo que hay dos virtudes ausentes entre sus páginas. La fortaleza, que nos permite resisitir, tolerar y enfrentar el miedo; y la esperanza, una virtud sobrenatural que permite al cristiano creer que el dolor y la injusticia no tendrán la última palabra.

Por momentos, parece que hemos enfrentado la pandemia con la actitud de los personajes de La máscara de la muerte roja: escapar, huír, refugiarnos en internet. Y no es para menos, la pandemia nos enfrenta al mayor de nuestros miedos: saber que vamos a morir y que la muerte siempre es un acto solitario. La pandemia de COVID azota una sociedad escasa de esperanza religiosa y de fortaleza humana.

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