En un momento de sueño nace el primer regalo y la primer sorpresa. Adán y Eva se encuentran –en ese paraíso donde todo puede suceder– y nace la primera fiesta, el primer instante valioso para ser celebrado.
La generosidad tradicional del mexicano nunca alcanza su mayor nivel que en las fiestas, símbolo de gratitud y de poder, de carácter y suficiencia, de gran corazón y muchas lágrimas. ¿Qué buena fiesta no termina en llanto?
La capacidad festiva no se reduce al olvido o evasión de la realidad; por el contrario, enfrenta al hombre con la más suprema realidad, que nos recuerda nuestro origen y felicidad futura.
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